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La rebelión que pone a prueba el poder de Infantino

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La crisis que sacude a la FIFA no nació con la convocatoria de urgencia en Rabat. La reunión anunciada por Gianni Infantino para este miércoles es, más bien, la consecuencia visible de una acumulación de tensiones que durante meses permanecieron contenidas por la autoridad presidencial, los programas de desarrollo y la capacidad de distribuir recursos entre las federaciones. El fracaso del proyecto FFE, presentado como una iniciativa de expansión y privatización de determinados activos de la Copa Mundial, abrió una grieta política que ahora atraviesa a las confederaciones y alcanza a la propia estructura ejecutiva de la organización.

La dimensión del conflicto excede la suerte de un plan empresarial. En juego está el modelo de gobierno del fútbol mundial: quién define las grandes operaciones comerciales, qué controles deben aplicarse a los proyectos estratégicos y hasta dónde puede llegar el poder de un presidente elegido por una mayoría de asociaciones nacionales. La retirada del proyecto, calificada por el secretario general Mattias Grafstrom como el desenlace de una serie de acontecimientos “tristes y reprochables”, no cerró la disputa. Por el contrario, dejó expuestas las diferencias entre quienes consideraban la iniciativa una vía de crecimiento y quienes la veían como una concentración excesiva de poder.

De una victoria electoral a una autoridad cuestionada

Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en 2016, después de imponerse en una elección marcada por la necesidad de reconstruir la legitimidad institucional tras los escándalos que habían derrumbado la gestión de Joseph Blatter. Su promesa combinaba una administración más moderna, mayores ingresos para las asociaciones y una distribución más amplia de los beneficios del fútbol global. El aumento de los fondos destinados a federaciones pequeñas fue uno de los pilares de esa estrategia: para muchas asociaciones, especialmente en África, Asia y el Caribe, la FIFA pasó a representar una fuente esencial de financiación para estadios, campos de entrenamiento, viajes y competiciones juveniles.

Ese mecanismo generó una relación política evidente. Las federaciones no solo evaluaban la transparencia de la presidencia; también medían qué administración podía garantizar recursos en países donde los presupuestos públicos son insuficientes. La declaración del dirigente de Comoras Saïd Ali Athouman resume esa lógica: mientras Europa discute gobernanza y autonomía, buena parte de África enfrenta problemas básicos de infraestructura. La dependencia financiera no implica necesariamente respaldo incondicional, pero sí explica por qué Infantino conserva aliados sólidos allí donde sus opositores denuncian prácticas de presión.

El príncipe jordano Ali Bin Al Hussein, rival de Infantino en 2016, introdujo un elemento particularmente delicado al acusar a sectores vinculados con la FIFA de condicionar la ayuda a su federación al respaldo político al presidente. Su denuncia, difundida en X, debe ser investigada y contrastada formalmente, pero tiene una importancia que supera el caso jordano. Si una asociación pequeña percibe que la asistencia deportiva está vinculada a su voto, la relación deja de ser un programa de desarrollo y se transforma, potencialmente, en un instrumento de disciplina electoral.

El proyecto FFE y la fractura del círculo interno

La retirada del proyecto FFE funciona como detonante porque afecta simultáneamente a tres ámbitos: la estrategia comercial, la confianza de los empleados y el equilibrio entre órganos de decisión. Una operación de gran alcance vinculada a la Copa Mundial requiere previsibilidad financiera, controles jurídicos y respaldo de las confederaciones. Cuando ese respaldo desaparece, el problema ya no es solo la viabilidad del negocio, sino la forma en que fue diseñado y comunicado.

La reacción de Arsène Wenger resulta significativa por su posición dentro del sistema. El exentrenador del Arsenal y actual responsable de desarrollo futbolístico afirmó que no participó en el plan y que conoció su existencia a través de los medios. Su crítica a favor de una FIFA “independiente y transparente” sugiere que el malestar no se limita a dirigentes externos que buscan desplazar a Infantino. También alcanza a figuras con responsabilidades internas, capaces de cuestionar la circulación de información y el proceso de aprobación de decisiones estratégicas.

A Wenger y Grafstrom se sumaron, según el reporte, el asesor estadounidense Carlos Cordeiro y el jefe de operaciones Kevin Lamour. La importancia de estas deserciones no reside únicamente en sus nombres. En cualquier organización internacional, la pérdida de confianza de altos ejecutivos reduce la capacidad del presidente para coordinar la burocracia, anticipar conflictos y asegurar que las decisiones se ejecuten con disciplina. El mensaje de Grafstrom a los empleados, centrado en el éxito operativo del Mundial de 2026, intenta separar la gestión cotidiana de la disputa política, aunque esa separación se vuelve difícil cuando la dirección misma está dividida.

Europa transforma el descontento en mecanismo institucional

La UEFA es el bloque más organizado contra Infantino. Inglaterra, Gales, Serbia y Suecia ya comunicaron que no lo respaldarán en las elecciones del próximo año, y la posibilidad de que esa postura se extienda a buena parte de las 55 asociaciones europeas altera el cálculo presidencial. Europa no representa por sí sola la mayoría de los 211 miembros de la FIFA, pero concentra influencia económica, deportiva y mediática. Sus federaciones sostienen algunas de las ligas más valiosas del mundo, aportan una parte central de los jugadores de élite y tienen capacidad para convertir una disputa administrativa en una crisis de legitimidad pública.

El estatuto de la FIFA establece que un Congreso Extraordinario puede ser convocado si se reúne la firma de una quinta parte de los miembros: 43 asociaciones. La cifra no es inalcanzable si la oposición consigue articular a la UEFA con sectores de Concacaf, Asia y otras regiones. El Consejo podría convertirse entonces en el terreno decisivo. Allí la lucha no sería solamente por una votación presidencial, sino por controlar el calendario, la agenda y las condiciones de una eventual elección anticipada.

La oposición parece contemplar dos caminos: presionar para activar el Congreso o presentar un candidato alternativo antes del 18 de noviembre. Los nombres de Víctor Montagliani, presidente de Concacaf, y Lise Klaveness, dirigente noruega, reflejan dos perfiles distintos. Montagliani aporta experiencia ejecutiva y una base regional relevante; Klaveness encarna una agenda más asociada a la transparencia, los derechos laborales y la reforma institucional. La elección de un candidato será crucial: una coalición construida únicamente contra Infantino podría quebrarse después de su salida si no existe un programa común de gobernanza.

La geografía del poder ya no es previsible

La emergencia de Concacaf como posible bloque disidente modifica la ecuación. Según fuentes citadas por The Guardian, varias federaciones habrían decidido retirar en privado su apoyo a Infantino y acercarse a la posición de la UEFA. La prudencia de esas asociaciones es comprensible: mientras la presidencia conserve capacidad de asignar recursos y nombramientos, un cambio prematuro de bando puede tener consecuencias. Sin embargo, los retiros confidenciales indican que el respaldo formal puede ser mayor que el respaldo real.

Sudamérica, por su parte, intenta evitar que la crisis destruya su peso específico. Alejandro Domínguez convocó una reunión virtual de la Conmebol para coordinar una posición común entre sus diez miembros. El objetivo no parece ser una adhesión automática a la oposición europea ni una defensa irrestricta de Infantino, sino preservar capacidad de negociación. La experiencia demuestra que las confederaciones medianas pueden perder influencia cuando se dividen durante una transición: cada federación negocia por separado y los bloques más grandes fijan las condiciones.

África constituye el principal sostén político de Infantino, aunque esa lealtad también tiene límites. Los programas de desarrollo han producido beneficios concretos, pero una federación que recibe financiación para un estadio sigue necesitando garantías de continuidad, transparencia en los desembolsos y protección frente a condicionamientos políticos. Si las acusaciones de presión se extendieran o aparecieran pruebas documentales, el argumento de la ayuda como herramienta de fidelización podría convertirse en un problema reputacional para la FIFA y en un riesgo para los propios proyectos de infraestructura.

El fútbol mundial ante una crisis de confianza

La parálisis institucional tendría efectos inmediatos. Los comités pueden ralentizar sus trabajos, las reformas comerciales quedar suspendidas y las confederaciones retrasar decisiones que dependen de la aprobación de Zúrich. Después del éxito organizativo del Mundial de 2026 en Canadá, México y Estados Unidos, la FIFA enfrenta una paradoja: el torneo puede haber sido un éxito operativo y, al mismo tiempo, dejar al descubierto una crisis política. La capacidad de organizar un espectáculo global no garantiza la legitimidad del órgano que lo administra.

También existe un impacto sobre la relación con patrocinadores y socios comerciales. Las empresas que invierten en la Copa Mundial buscan previsibilidad, pero igualmente necesitan evitar quedar asociadas a denuncias de chantaje, opacidad o conflictos internos. Si el caso se prolonga, podrían exigir auditorías independientes, mayor divulgación de contratos y límites más claros entre la presidencia, la administración profesional y las decisiones comerciales. La presión empresarial no sustituirá a la reforma política, pero puede acelerar cambios que las federaciones no logren acordar.

Para las asociaciones pequeñas, el desenlace tendrá una consecuencia práctica: podría redefinir el sistema de financiación del fútbol internacional. Si los programas de desarrollo continúan vinculados a la discrecionalidad presidencial, cualquier transición será vista como una amenaza. Si, en cambio, los fondos se administran mediante criterios públicos, auditorías y órganos independientes, la ayuda podría conservarse sin depender de lealtades electorales. Esa transformación sería más importante que la permanencia o salida de una sola persona, porque afectaría la relación entre las 211 federaciones durante años.

Infantino todavía conserva herramientas: el respaldo africano, relaciones en varias regiones y la capacidad de convocar reuniones para recuperar iniciativa. Pero la convocatoria en Marruecos también revela una pérdida de control: un presidente fuerte no necesita normalmente refugiarse en una reunión de emergencia para contener a sus aliados. La pregunta decisiva ya no es cuántos votos mantiene en este momento, sino si puede reconstruir una mayoría creíble antes de que la oposición reúna las 43 firmas necesarias. Si no lo logra, la FIFA entrará en una transición abierta, con consecuencias que alcanzarán mucho más allá de su actual presidente: estarán en discusión la distribución del dinero, la autonomía de las confederaciones y la arquitectura de poder del fútbol mundial.

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