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La UNAM pone a prueba su modelo de admisión

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El Palacio de los Deportes volvió a convertirse este lunes en un punto de concentración masiva para aspirantes universitarios. Desde temprano, cientos de jóvenes llegaron acompañados por familiares a la sede de Iztacalco para presentar el Examen de Control Presencial de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), una evaluación extraordinaria que no estaba contemplada en el recorrido habitual del concurso de ingreso a licenciatura 2026-2027/1.

La prueba representa una respuesta institucional a una crisis de confianza surgida durante el primer proceso de admisión completamente en línea, aplicado en mayo y junio. La UNAM informó que detectó un comportamiento atípico en los resultados, además de indicios relacionados con el uso de herramientas externas y posibles casos de suplantación de identidad. Por ello, la universidad decidió volver a examinar a una parte de los participantes, aun cuando algunos ya habían obtenido un lugar o alcanzado un puntaje que, de acuerdo con referencias de años anteriores, podía ser suficiente para ingresar.

El examen se aplicará en el Palacio de los Deportes hasta el miércoles 19 de agosto, con tres turnos diarios: de 9:00 a 12:00, de 13:00 a 16:00 y de 17:00 a 20:00 horas. La sede concentra a 53,568 aspirantes, mientras que el universo considerado para la evaluación de control ronda las 58,000 personas. La magnitud de la operación explica la presencia de familiares en los alrededores, los desplazamientos desde distintos puntos de la capital y la necesidad de organizar accesos escalonados.

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El origen de una prueba extraordinaria

La decisión de la UNAM debe entenderse dentro de una transformación acelerada de los exámenes de admisión. La migración al formato digital ofrecía ventajas evidentes: reducía el uso de papel, permitía ampliar la capacidad operativa y facilitaba la gestión de miles de registros. Sin embargo, también trasladaba una parte esencial de la seguridad del proceso al entorno doméstico, donde la universidad no podía controlar plenamente quién respondía, qué dispositivos utilizaba cada persona ni qué apoyos externos tenía a su alcance.

El problema no consiste únicamente en que algunos aspirantes hayan podido obtener ayuda indebida. Cuando una institución observa un aumento atípico en los resultados, se altera la relación entre tres elementos decisivos: el desempeño individual, la oferta limitada de lugares y la confianza en la clasificación final. En un sistema de alta demanda, una calificación irregular no solo beneficia a quien la obtiene; también puede desplazar a otra persona que respondió sin asistencia y que queda fuera por una diferencia mínima.

La UNAM colocó la revisión en manos de una Comisión Técnica de Personas Expertas. La recomendación derivada de ese análisis fue corroborar los resultados mediante una evaluación presencial, digital y supervisada. La prueba conserva 120 reactivos y un tiempo de tres horas, pero se responde en una tableta sin conexión a internet y bajo vigilancia permanente. El diseño busca equilibrar dos objetivos que en el proceso anterior quedaron en tensión: mantener la eficiencia tecnológica y recuperar condiciones verificables de igualdad.

La geografía también forma parte del examen

La concentración en la capital no fue la única alternativa. La universidad distribuyó parte del proceso en otras entidades para reducir los traslados y evitar que todos los convocados tuvieran que acudir a la Ciudad de México. En León, Guanajuato, fueron considerados 2,777 aspirantes y participaron 1,717 durante dos jornadas. En Oaxaca, Oaxaca, el universo fue de 1,920 personas y acudieron 894. En Tijuana, Baja California, se registraron 518 convocados y 69 participaron en el primer turno.

Estas cifras muestran que la presencialidad tiene costos desiguales. Para quien vive en la capital, acudir al Palacio de los Deportes puede implicar transporte, alimentación y horas de espera. Para una persona de Oaxaca, Guanajuato o Baja California, el examen puede requerir un viaje interestatal, hospedaje y la ausencia de familiares de sus actividades laborales. La descentralización, por tanto, no es solo una cuestión logística: incide en las posibilidades reales de participación.

La baja asistencia registrada en algunas sedes también obliga a leer con cuidado la relación entre convocatoria y presencia efectiva. No acudir puede responder a gastos inesperados, dificultades de traslado, confusión sobre el carácter obligatorio de la prueba o la decisión de desistir ante un proceso que volvió a modificar sus reglas. Cada ausencia reduce la presión operativa, pero puede abrir nuevas preguntas sobre quiénes quedaron fuera y si la evaluación logró medir a la población que la universidad pretendía revisar.

En ese sentido, la sede no es un detalle administrativo. La seguridad del examen debe estar acompañada por accesibilidad territorial. Si la respuesta a un problema digital produce barreras económicas o geográficas mayores, la institución puede corregir la integridad técnica del proceso y, al mismo tiempo, introducir una desigualdad distinta.

El costo social de corregir la confianza

Para los aspirantes, el examen de control implica una incertidumbre adicional. Quienes ya habían sido considerados para ocupar un lugar deben demostrar nuevamente sus conocimientos, mientras que quienes esperaban ser favorecidos por su puntaje enfrentan la posibilidad de que el resultado inicial sea invalidado. La medida puede ser necesaria para proteger la legitimidad del concurso, pero no deja de modificar las expectativas personales construidas durante semanas.

La tensión es especialmente fuerte porque el calendario académico es inmediato. Los resultados de esta evaluación definirán los ingresos correspondientes al concurso 2026-2027/1, y el inicio del ciclo para quienes sean seleccionados está previsto para el 31 de agosto. Entre la presentación, la calificación, la publicación de resultados y la inscripción existe un margen reducido. Cualquier retraso puede afectar la organización familiar, la búsqueda de vivienda, la compra de materiales y la planeación de quienes deben trasladarse a otra entidad.

La experiencia también puede influir en la percepción pública de los exámenes en línea. La educación superior ha incorporado plataformas digitales para trámites, evaluaciones y cursos, pero la confianza en esas herramientas depende de que los participantes perciban reglas claras y controles proporcionales. Si la comunidad interpreta que una prueba remota permite ventajas indebidas, podría aumentar la presión para regresar a esquemas presenciales incluso cuando estos sean más costosos y menos flexibles.

El desafío comunicativo de la UNAM es considerable. Explicar que hubo anomalías sin criminalizar a todos los aspirantes, precisar quiénes deben presentar la prueba y detallar cómo se protegerán los datos son tareas centrales. Una comunicación ambigua puede alimentar rumores; una comunicación excesivamente punitiva puede tratar como sospechosas a personas que simplemente participaron en un formato vulnerable. La legitimidad no se recupera solo con vigilancia: también requiere información verificable sobre los criterios de selección y los mecanismos de inconformidad.

Una historia de grandes recintos y nuevas reglas

La utilización del Palacio de los Deportes no carece de antecedentes. Durante las décadas de 1970 y 1980, el Estadio Azteca fue empleado para exámenes de admisión de la UNAM, y otros espacios de gran capacidad, como la Sala de Armas de la Magdalena Mixiuhca, también llegaron a funcionar como sedes educativas. La imagen de miles de jóvenes resolviendo una prueba en instalaciones deportivas pertenece a la memoria de la expansión universitaria y de la enorme demanda por acceder a la educación pública.

La diferencia actual está en la naturaleza del control. Antes, el reto principal era reunir a una cantidad extraordinaria de personas, distribuir materiales y mantener el orden en un espacio amplio. Ahora, además de la logística, la universidad debe garantizar la identidad del sustentante, la integridad del dispositivo, la protección de la información y la trazabilidad de cada sesión. La tecnología no elimina el examen masivo; cambia los puntos vulnerables.

El caso puede convertirse en una referencia para otras instituciones públicas que estén migrando sus procesos de admisión a internet. La lección más clara es que digitalizar una prueba no equivale a modernizarla por completo. Es necesario diseñar sistemas de autenticación, monitoreo y auditoría desde el inicio, pero también establecer protocolos para actuar cuando los datos muestran patrones que no coinciden con el comportamiento histórico.

El futuro entre la eficiencia y la verificabilidad

La UNAM tendrá que decidir qué elementos del modelo en línea conserva y cuáles modifica después de esta experiencia. Una salida probable es un esquema híbrido: registro, preparación y parte de la evaluación mediante plataformas digitales, seguido de controles presenciales para los puntajes que determinen el ingreso. Esa fórmula podría reducir la carga de organizar una prueba completamente masiva, aunque añadiría etapas y costos para los aspirantes.

También será necesario transparentar cómo se identificaron las anomalías. La universidad no tendría que revelar información que facilite vulnerar futuros exámenes, pero sí debería comunicar criterios generales: qué variaciones estadísticas se observaron, cómo se seleccionó a las personas convocadas y qué garantías existen para quienes consideran injusta la revisión. Sin esa explicación, la prueba presencial corre el riesgo de ser vista como una corrección improvisada y no como una política de integridad académica.

El resultado de los próximos días afectará mucho más que la asignación de lugares para un ciclo escolar. Definirá el estándar con el que la universidad evaluará sus procesos digitales y la manera en que responderá cuando la innovación tecnológica choque con la igualdad de condiciones. La confianza de los aspirantes, la credibilidad de las calificaciones y la legitimidad de la selección dependerán de que la UNAM pueda demostrar que esta segunda evaluación no solo fue presencial, sino también consistente, accesible y comprensible para toda la comunidad.

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