Leonel Flores no apareció de repente. La imagen del extremo celebrando su irrupción en la Primera de Boca puede dar la impresión de que el club encontró una solución inmediata, pero detrás de sus actuaciones recientes hay doce años de formación, sacrificios familiares, retrocesos deportivos y una competencia interna que todavía no terminó. El futbolista nacido el 6 de febrero de 2007 llegó al club en 2014, cuando apenas tenía siete años, y atravesó casi todas las etapas de un modelo que exige paciencia, resistencia y capacidad para adaptarse a entrenadores con ideas diferentes.
Su frase, registrada cuando todavía jugaba en la Novena División, resume una cultura que suele aparecer en el discurso de las divisiones inferiores de Boca: la camiseta no garantiza un lugar y cada partido debe ser tratado como una prueba. “Cuando me pongo esta camiseta, tengo que dejar todo adentro de la cancha”, decía entonces. A los 13 años ya hablaba de levantarse a las cinco y media de la mañana para viajar al predio, mientras sus padres afrontaban los costos de traslados, equipamiento y alimentación. Ese esfuerzo familiar es una parte invisible de muchas carreras juveniles y explica por qué el debut de un jugador no puede medirse únicamente por los minutos que acumula.
Una trayectoria construida entre oportunidades y retrocesos
Flores fue campeón en Séptima División bajo la conducción de Antonio “Chipi” Barijho y en ese mismo período comenzó a integrarse a la Reserva dirigida por Mariano Herrón. El 10 de septiembre de 2024 firmó su primer contrato profesional y, en mayo de 2025, extendió su vínculo hasta 2029, con una cláusula de salida cercana a los 15 millones de dólares. Esos datos muestran que Boca lo consideraba un activo de alto potencial antes de su aparición en la máxima categoría, aunque la planificación contractual no equivale a una titularidad asegurada.
La evolución tampoco fue lineal. Durante el comienzo de 2026, Claudio Úbeda priorizó a Iker Zufiaurre y Gonzalo Gelini, y en abril Flores incluso bajó a la Cuarta División. El descenso de categoría pudo interpretarse como un retroceso, pero también funcionó como una instancia para recuperar continuidad y confianza. En mayo regresó a Reserva, convirtió frente a River y se ganó un lugar en la formación principal. La secuencia ofrece una lectura relevante sobre el desarrollo juvenil: el talento no siempre progresa de manera ascendente; a menudo necesita competir en un nivel donde pueda tomar decisiones, asumir responsabilidades y corregir deficiencias sin quedar expuesto a la presión de la Primera.
Su rendimiento en Reserva terminó de cambiar la percepción interna. Fue el máximo goleador del Torneo Apertura, con ocho tantos, recibió el reconocimiento al Jugador de Mayor Proyección del Torneo Clausura y marcó goles decisivos en los playoffs y en la final. Esa producción no solo aportó estadísticas. También demostró que podía sostener influencia en partidos de exigencia, una condición distinta de la que se necesita para destacarse en encuentros juveniles de menor tensión.

El salto que Arruabarrena convirtió en una apuesta
Rodolfo Arruabarrena fue quien le abrió la puerta definitiva. El entrenador lo hizo debutar el 16 de julio frente a Sarmiento, por la Copa Argentina, y Flores respondió con un gol que quebró una racha de casi una década: desde 2016, ningún futbolista surgido de la cantera de Boca había debutado en la Primera con un tanto. El último había sido Alexis Messidoro, en la goleada por 4-1 ante Aldosivi.
Ese dato posee un valor simbólico, pero también revela una dificultad estructural. Boca produce jugadores, aunque no siempre logra que el paso entre Reserva y Primera se concrete con continuidad. La presión por ganar títulos, la urgencia de los resultados y la competencia por puestos en un plantel grande suelen favorecer la contratación de futbolistas experimentados. Cada debut exitoso de un juvenil puede modificar esa ecuación, pero solo si el entrenador está dispuesto a sostenerlo después del impacto inicial.
Flores recibió minutos ante Deportivo Riestra, participó en los dos partidos contra O’Higgins y fue titular frente a Newell’s, el encuentro en el que completó los 90 minutos por primera vez. En Rosario se destacó por su velocidad como extremo derecho y por buscar el duelo individual con su perfil más favorable. Además, intervino en la jugada que derivó en el empate de Alan Velasco. No marcó, pero su aporte explicó por qué un atacante joven puede alterar la estructura de un partido incluso cuando todavía debe mejorar su eficacia en el último pase y en la definición.
La posible titularidad ante Estudiantes, en el partido pendiente de la segunda fecha del Torneo Clausura, representa el siguiente examen. El desafío ya no es sorprender durante algunos minutos, sino sostener la intensidad, interpretar cuándo acelerar y cuándo conservar la posesión, y responder cuando los rivales comiencen a estudiar sus movimientos. En el fútbol profesional, la primera aparición genera expectativa; la segunda etapa consiste en confirmar que aquella aparición no fue una excepción.
La cantera como respuesta deportiva y económica
La promoción de Flores se produce en un contexto en el que Boca necesita ampliar sus soluciones internas. La recomendación pública de Leandro Paredes, quien había señalado que en la Reserva había un jugador muy bueno, ayudó a instalar su nombre, aunque el respaldo decisivo llegó desde el cuerpo técnico. Paredes también había defendido previamente a otros jóvenes, como Agustín Aranda, cuya titularidad fue impulsada por Úbeda al comienzo de 2026. La influencia de los referentes puede acelerar una oportunidad, pero no reemplaza el rendimiento cotidiano.
Para un club de la dimensión de Boca, la formación de juveniles tiene dos efectos simultáneos. En el plano deportivo, permite incorporar futbolistas que conocen el entorno, la exigencia de la Bombonera y los códigos institucionales. En el económico, reduce la necesidad de invertir en cada posición y puede generar ingresos relevantes mediante futuras transferencias. El contrato de Flores hasta 2029 y su cláusula cercana a los 15 millones de dólares buscan proteger ese valor, aunque la verdadera cotización dependerá de su continuidad, sus estadísticas y su capacidad para consolidarse en competencias de mayor nivel.
La experiencia de otros canteranos demuestra que el potencial financiero puede perderse si la transición se administra mal. Un jugador que alterna permanentemente entre el banco, Reserva y la Primera puede quedar atrapado entre dos ritmos competitivos. Por eso, la decisión de Arruabarrena de darle una secuencia de partidos será tan importante como el debut mismo. La apuesta no consiste solamente en descubrir una joya, sino en construir las condiciones para que esa joya no se desgaste antes de madurar.
El nuevo perfil del extremo xeneize
En el campo, Flores ofrece características que el equipo necesitaba: velocidad, desborde y disposición para atacar desde la derecha. Su mejor recurso aparece cuando recibe abierto y puede encarar al lateral, pero el fútbol actual exige mucho más a un extremo. Debe participar en la presión tras pérdida, retroceder para ayudar al lateral, reconocer los cambios de orientación y elegir con precisión el momento de finalizar. La frase de Arruabarrena —jugar suelto y encarar— le concede libertad, aunque esa libertad funciona dentro de un sistema que debe protegerlo cuando pierda la pelota.
El crecimiento táctico será determinante. Los rivales pueden comenzar a cerrarle el carril, obligarlo a recibir de espaldas o llevarlo hacia su pierna menos dominante. Allí se verá si su repertorio incluye diagonales, asociaciones interiores y movimientos sin pelota. Su actuación ante Newell’s fue importante precisamente porque no se limitó a correr: generó una acción de gol y sostuvo la amenaza ofensiva durante un partido completo. Sin embargo, todavía resulta prematuro convertir una serie breve de actuaciones en una certeza definitiva.
El propio Flores mostró una lectura prudente después del encuentro en Rosario. Se declaró amargado por no haber conseguido los tres puntos, consideró que Boca había generado situaciones para ganar y pidió avanzar “paso a paso”. Esa respuesta puede ser más valiosa que cualquier declaración grandilocuente. La madurez de un juvenil no se observa solo en la capacidad para gambetear, sino también en la forma de procesar un resultado, aceptar una oportunidad incompleta y volver a entrenarse con la misma exigencia.
La presión de ser “la última joya”
El rótulo de nueva joya sirve para construir expectativa, pero también puede convertirse en una carga. En Boca, cada aparición de un juvenil es evaluada bajo una lupa amplificada por la historia del club y por la necesidad constante de encontrar ídolos. El archivo de Flores se volvió viral porque conecta al niño que prometía esfuerzo con el profesional que acaba de marcar su primer gol. Esa narración es poderosa, aunque corre el riesgo de simplificar una carrera que todavía está en sus primeras páginas.
La responsabilidad del club será evitar que el entusiasmo público sustituya al proceso. La administración de sus minutos, el acompañamiento psicológico, la educación contractual y la protección frente a comparaciones prematuras forman parte del desarrollo tanto como el entrenamiento técnico. También será necesario que el plantel profesional le ofrezca referentes y que el entrenador lo evalúe con el mismo criterio con el que juzga a los jugadores experimentados: ni premiarlo automáticamente por ser juvenil ni condenarlo por errores inevitables.
Flores ya consiguió algo que parecía lejano cuando viajaba de madrugada al predio: debutar con gol, ganarse una titularidad y participar en una jugada decisiva de la Primera. Lo que viene tendrá una dificultad distinta. Deberá transformar la energía del descubrimiento en regularidad, competir por el puesto cuando regresen lesionados o incorporados y demostrar que su lugar no depende únicamente de la falta de alternativas. Para Boca, su evolución será una prueba de la capacidad de la institución para convertir una promesa de inferiores en un futbolista confiable, competitivo y eventualmente decisivo. El primer paso fue visible; el verdadero impacto se medirá cuando la novedad deje de protegerlo y cada partido empiece a exigirle una respuesta nueva.
