El Levante afronta la temporada 2026/27 con una meta que trasciende la clasificación: recuperar el lugar que durante años identificó a su proyecto femenino. El descenso a Primera RFEF no ha provocado una retirada estratégica, sino una reconstrucción profunda con el ascenso directo como prioridad. La dirección deportiva ha modificado buena parte de la plantilla, ha cambiado el banquillo y ha decidido combinar juventud, cantera y futbolistas familiarizadas con los procesos de promoción.
La operación se produce en un momento de transformación para el fútbol femenino español. Liga F ha incrementado progresivamente sus exigencias económicas, profesionales y deportivas, mientras los clubes destinan más recursos a plantillas, estructuras médicas, metodología y captación. Descender ya no significa únicamente perder una categoría: implica alejarse del escaparate principal, reducir ingresos potenciales y afrontar una competición de retorno cada vez más exigente. El Levante lo sabe porque su trayectoria reciente muestra cuánto se ha estrechado el margen entre la tradición de un club y su capacidad para sostenerse en la élite.
El descenso como punto de inflexión
La caída del equipo coincidió con el final de la etapa de Andrés París y abrió una revisión completa del proyecto. Ocho salidas alteraron la estructura de un vestuario que necesitaba recuperar estabilidad: Andrea Tarazona se marchó al Deportivo de La Coruña y terminaron contrato Eva Alonso, Teresa Mérida, Ana Franco, Raiderlin Carrasco e Irune Cervera. A ellas se sumaron las cesiones concluidas de Eden Le Guilly y Naolia Traoré, ambas procedentes del Paris Saint-Germain.
La novena salida, la de Érika González al Costa Adeje Tenerife, tuvo una carga emocional distinta. La futbolista había defendido durante cinco años la camiseta granota y se marchó en el mismo periodo en que el equipo descendía y ella se recuperaba de una rotura del ligamento cruzado anterior y del menisco externo de la rodilla derecha. Su caso resume la dimensión humana de una temporada difícil: una lesión grave, la pérdida de categoría y el cierre de un ciclo deportivo que había unido a jugadora y club.
El relevo no se limita a sustituir nombres. El Levante ha elegido a Javier Aguado como responsable de una nueva etapa y le ha entregado una plantilla cerrada el 28 de julio con 23 futbolistas. La cifra más significativa no es el volumen, sino su composición: 17 jugadoras tienen 24 años o menos, más del 70% del grupo. Esa apuesta puede ofrecer energía, crecimiento y una mayor continuidad futura, pero también plantea un riesgo evidente: el ascenso exige competir bajo presión durante muchos meses, y la juventud no siempre dispone de recursos emocionales para gestionar derrotas, lesiones o partidos decisivos.
Una plantilla joven ante una carrera larga
Aguado ha definido su propuesta como un fútbol “vistoso, atrevido y con clara vocación ofensiva”. La declaración encaja con la necesidad de que el Levante no espere únicamente los errores de sus rivales. Para alcanzar el ascenso directo deberá imponer ritmo, dominar numerosos encuentros y convertir la iniciativa en puntos. En Primera RFEF, donde el calendario somete a las plantillas a una sucesión de partidos de alta tensión, la identidad ofensiva solo será sostenible si está acompañada por equilibrio defensivo y una gestión inteligente de los esfuerzos.
La planificación de julio ya muestra esa exigencia. El equipo trabajó de lunes a viernes y aumentó la carga durante la última semana, con sesiones también en las tardes del lunes y del miércoles. No se trata solo de preparar un estreno, sino de construir una base física para una competición en la que la regularidad puede pesar más que una actuación brillante aislada. Una plantilla joven puede beneficiarse de una preparación acumulativa, siempre que el cuerpo técnico controle la fatiga y no confunda intensidad con progreso.
El calendario también puede funcionar como un mecanismo de cohesión. Las futbolistas incorporadas comparten el objetivo de volver a Liga F y muchas llegan con la experiencia concreta de haber ascendido. Lia Muiño participó en el histórico salto del Deportivo Abanca a la máxima categoría en 2017; Dana Benítez y Sara Martínez lograron subir con el filial del Atlético de Madrid a Primera Federación. Paula Arce ascendió a Primera con el Villarreal en la temporada 2020/21 y Marta Sanadri fue decisiva en el regreso del Deportivo Alavés, al proclamarse máxima goleadora de la segunda división con 16 tantos.

Esas trayectorias aportan algo que no aparece en una estadística convencional: conocimiento de los momentos en que una temporada cambia de dirección. Saber competir cuando el ascenso deja de ser una aspiración y se convierte en una obligación puede ayudar a un grupo inexperto. Sanadri, además, cubre una necesidad concreta. El Levante requiere una delantera capaz de transformar el dominio territorial en goles, porque un equipo que acumula posesión sin eficacia puede quedar atrapado en una categoría donde cada empate tiene consecuencias.
La cantera deja de ser promesa
El nuevo proyecto también refuerza una línea que el Levante ya había defendido: la integración de futbolistas formadas en casa. Siete canteranas aparecen en el primer equipo: la delantera Inés Rizo; las centrocampistas Ainhoa Bascuñan, Daniela Luque y Núria Escoms; las defensoras Alma Velasco y María Gabaldón; y la portera Anna Álvarez. Su presencia puede convertirse en un activo deportivo y económico en una temporada de reconstrucción.
La cantera permite reducir la dependencia de fichajes y facilita una identificación más directa con el club, pero su valor no debe medirse solo por el número de jugadoras convocadas. Para que exista una verdadera política formativa, las jóvenes necesitan minutos, responsabilidades progresivas y un entorno que no las convierta en soluciones urgentes cada vez que aparezca una lesión. El reto de Aguado consistirá en protegerlas de la presión sin aislarlas de la competencia. La promoción no puede ser un eslogan: debe formar parte de la planificación semanal y de la toma de decisiones durante los partidos.
El equilibrio entre juventud y experiencia será, por tanto, una cuestión estructural. Un vestuario compuesto mayoritariamente por jugadoras jóvenes puede unirse con rapidez porque comparte hambre e ilusión, pero también puede sufrir cuando los resultados no acompañen. La experiencia de las nuevas incorporaciones debe servir para ordenar esos episodios, no para bloquear el desarrollo de quienes llegan desde las categorías inferiores. Si el Levante consigue esa convivencia, el descenso podría terminar acelerando una renovación que el club necesitaba afrontar tarde o temprano.
El espejo de Valencia y la nueva economía
La situación recuerda, con matices, a la que vivió el Valencia la temporada anterior. El club che tuvo que atravesar Primera RFEF con paso firme antes de afrontar el desafío de la permanencia en Liga F. El paralelismo revela una tendencia: los equipos históricos pueden mantener prestigio y afición, pero eso ya no garantiza estabilidad en la máxima categoría. La profesionalización ha elevado el nivel medio y ha hecho más costoso corregir errores de planificación.
El aumento de la inversión en Liga F tiene efectos contradictorios. Por una parte, mejora las condiciones laborales, amplía los cuerpos técnicos y permite que las jugadoras reciban una atención más especializada. Por otra, eleva la barrera de entrada y convierte la permanencia en una batalla financiera además de deportiva. Un club que asciende debe competir contra entidades con mayores presupuestos, plantillas más profundas y estructuras capaces de absorber lesiones o rachas negativas.
Para el Levante, regresar cuanto antes tiene consecuencias en varios niveles. Deportivamente, permitiría recuperar partidos de máxima exigencia y atraer futbolistas interesadas en un proyecto de élite. Comercialmente, sostendría la visibilidad de la marca y facilitaría la relación con patrocinadores. Institucionalmente, reforzaría el compromiso de la directiva con el fútbol femenino después de una temporada de resultados adversos. Pero precipitar el ascenso sin consolidar las estructuras podría producir un efecto contrario: volver a Liga F para repetir, un año después, los problemas que condujeron al descenso.
La salud como parte del rendimiento
La preparación física será otro de los factores decisivos. El fútbol femenino de alto nivel afronta cargas crecientes y una incidencia relevante de lesiones musculares y articulares. El antecedente de Érika González recuerda el coste individual de una temporada, mientras que la exigencia del ascenso obliga a mantener disponibles a las jugadoras durante un calendario prolongado. La profundidad de la plantilla no debe evaluarse solo por sus posiciones, sino por la capacidad real de responder cuando aparecen bajas.
En ese contexto, el seguimiento del ciclo menstrual empieza a ocupar un lugar más visible dentro de la planificación. Un estudio publicado en diciembre de 2025 en Frontiers in Sports and Active Living analizó 852 ciclos menstruales y registró 80 lesiones, principalmente durante los entrenamientos. La carga de lesiones fue más de tres veces superior durante la menstruación: 684 días perdidos por cada 1.000 horas de exposición, frente a 206 fuera de ese periodo.
Los datos no permiten convertir el ciclo en una explicación automática de cada lesión ni aplicar la misma estrategia a todas las futbolistas. Sí justifican, en cambio, una atención médica individualizada, confidencial y coordinada con la preparación física. Ajustar cargas, mejorar la recuperación y detectar patrones puede evitar que una futbolista entrene por encima de sus posibilidades en un momento de mayor vulnerabilidad. Para clubes que aspiran a competir con presupuestos limitados, prevenir una baja prolongada puede ser tan importante como cerrar un fichaje.
El ascenso medirá algo más que el resultado
El Levante parte con una ventaja simbólica: conserva una estructura reconocible, una cantera activa y una dirección que ha decidido invertir en el proyecto pese al descenso. Sin embargo, la historia reciente de otros equipos demuestra que la tradición no sustituye al rendimiento sostenido. La clave estará en si el club transforma la reconstrucción en un modelo estable, capaz de unir metodología, salud, captación y competitividad.
El objetivo inmediato es regresar a Liga F, pero la temporada 2026/27 también funcionará como una auditoría del futuro granota. Si la juventud se convierte en evolución, la cantera en participación real y las nuevas incorporaciones en liderazgo, el descenso habrá servido para corregir el rumbo. Si la presión por subir impide desarrollar esos elementos, el proyecto quedará expuesto a una nueva dependencia de soluciones cortoplacistas. En una categoría cada vez más profesionalizada, el Levante no solo tendrá que ganar partidos: deberá demostrar que ha aprendido a construir un equipo preparado para permanecer.
