El retiro de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo ya no pertenece a un futuro lejano: comenzó a tomar forma. Con sus propios tiempos y estrategias, los dos futbolistas que definieron una época se acercan al momento en que deberán dejar de ser protagonistas dentro de la cancha. La noticia no consiste únicamente en el final de dos carreras extraordinarias. También anuncia la desaparición progresiva de una referencia que durante casi dos décadas ordenó el fútbol mundial.
Messi ha dado señales concretas de despedida. Después de abandonar Europa rumbo a Estados Unidos y de reducir paulatinamente su presencia en algunas competencias, ahora abrió la puerta a su salida de la selección argentina. “Queda poco y se van cerrando etapas y esta es una que me duele mucho”, escribió en una carta que expuso la dimensión emocional de la decisión. Cristiano, en cambio, todavía se resiste a bajar del tren competitivo. “Este es probablemente mi último año y quiero dejar un legado espectacular”, declaró recientemente a la revista Vogue. La diferencia entre ambos no es menor: revela dos maneras de administrar el final.

Dos formas de abandonar la escena
Ronaldo parece concebir el retiro como una última etapa de competencia y disfrute. Su continuidad en la selección y en sus equipos expresa una voluntad de prolongar la actividad mientras conserve la capacidad de influir. En sus declaraciones también aparece una agenda personal más amplia: viajar, jugar al pádel, divertirse y aprovechar lo construido durante 25 años de sacrificio. No se trata de una renuncia inmediata, sino de una transición en la que el deportista intenta conservar el ritmo, la visibilidad y la sensación de utilidad que ofrece la competencia.
Messi, por el contrario, viene ensayando una separación gradual entre la persona y el jugador. Su desembarco en Estados Unidos estuvo acompañado por una expansión de intereses comerciales: hoteles, participación accionaria vinculada a la MLS, regalías y proyectos empresariales, entre ellos una plataforma de inversión asistida por inteligencia artificial junto con Marcos Galperin. Esa diversificación no elimina el vínculo con el fútbol, pero modifica su naturaleza. Messi deja de depender exclusivamente de lo que ocurre cada fin de semana y empieza a construir activos capaces de sostener su identidad pública cuando ya no pueda sostenerla con goles.
El descenso que nadie puede evitar
La carrera profesional puede compararse con un vuelo. Millones de jóvenes ingresan a las divisiones inferiores con la expectativa de llegar a la cima, pero solo unos cientos alcanzan el fútbol de élite. Quienes lo consiguen atraviesan una fase de ascenso, alcanzan una altura estable y, tarde o temprano, comienzan a descender. Algunos lo hacen lentamente, cambiando de categoría o reduciendo sus objetivos; otros prefieren establecer una fecha límite y retirarse antes de que el deterioro resulte evidente.
La metáfora permite entender por qué el final es tan difícil incluso para quienes tuvieron carreras privilegiadas. La fama y los títulos ofrecen un margen mayor, pero no suspenden el paso del tiempo. El futbolista puede elegir cómo descender, aunque no puede evitar el descenso. El riesgo aparece cuando confunde la permanencia en la cancha con la continuidad de su valor personal: mientras el cuerpo pierde velocidad, resistencia o precisión, también puede tambalear la imagen que construyó de sí mismo.
Cuando desaparece el vestuario
El problema más complejo del retiro no siempre es económico. Para muchos profesionales, la dificultad central es la pérdida de identidad. Durante décadas, la vida queda organizada alrededor de una respuesta sencilla: soy futbolista. El entrenamiento fija la hora de levantarse; el club determina los vínculos; la dieta, los viajes, las concentraciones y los descansos forman una estructura estable. Cuando esa maquinaria se detiene, desaparecen también los llamados, los fanáticos, las obligaciones y la conversación permanente en redes sociales.
Los psicólogos describen ese impacto como el “síndrome del vestuario vacío”. La expresión resume una ausencia concreta: no se pierde solamente un empleo, sino una rutina completa y una comunidad. El tiempo libre, que desde afuera parece un privilegio, puede convertirse en una pregunta difícil de responder. Si ya no es necesario trabajar y el calendario dejó de imponer objetivos, ¿qué organiza el resto de la vida?
El legado empieza después del último partido
La ventaja de Messi y Cristiano no radica solo en sus fortunas. Ambos cuentan con recursos, marcas y una audiencia global que les permiten diseñar la transición con más opciones que la mayoría de los futbolistas. Sin embargo, esa posición no resuelve automáticamente el vacío: disponer de oportunidades no equivale a saber cuál de ellas puede reemplazar la intensidad de una carrera deportiva.
Ronaldo podría prolongar su relación con la competencia en otro deporte o concentrarse en una vida vinculada al entretenimiento y los viajes. El caso de Diego Forlán, que incursionó en disciplinas diferentes, muestra que la necesidad de competir puede sobrevivir al fútbol. Messi parece orientarse hacia una construcción empresarial más amplia, cercana al camino de David Beckham, quien convirtió su imagen en una plataforma con productoras, inversiones, participación en franquicias y negocios relacionados con el deporte.
Sus recorridos sugieren que no existe una manera correcta de retirarse. El desafío consiste en transformar una identidad sin negarla: aceptar que el jugador termina, pero que la persona no tiene por qué hacerlo con él. Messi y Ronaldo no solo están cerrando una carrera; están mostrando, en tiempo real, dos respuestas posibles frente a la misma certeza. Después de haber cumplido el sueño de millones, deberán aprender a vivir cuando el fútbol deje de ser el centro de cada día.
