Boca Juniors se marchó del estadio Ciudad de Vicente López con un empate 1-1 ante Platense, pero el resultado no alcanza para ocultar la dimensión de sus problemas. El equipo dirigido por Rodolfo Arruabarrena volvió a mostrar una estructura vulnerable, dependiente de intervenciones individuales y con dificultades para controlar partidos en los que parte como favorito. La actuación del arquero colombiano Álvaro Montero, autor de siete atajadas, fue decisiva para evitar una derrota que durante varios tramos pareció más probable que la victoria visitante.
El encuentro también dejó una controversia arbitral que puede tener consecuencias más amplias que la discusión sobre un gol anulado. Platense convirtió el 2-0 por medio de Luciano Giménez, pero el árbitro Jorge Baliño, después de consultar al VAR, invalidó la acción por una mano del atacante. La revisión no tomó en cuenta una mano previa de Dylan Gorosito, defensor de Boca, durante el forcejeo. La secuencia volvió a poner bajo presión la consistencia del videoarbitraje y la forma en que sus decisiones son explicadas al público.
Una recuperación que todavía no es estabilidad
El empate debe leerse dentro de una trayectoria reciente irregular. Después de la derrota contra Deportivo Riestra el 26 de julio, Boca consiguió encadenar cuatro partidos sin perder, una respuesta que parecía abrir una etapa de mayor tranquilidad. Entre esos resultados se encontraba el triunfo 3-1 frente a Recoleta, de Paraguay, en la ida de los octavos de final de la Copa Sudamericana. Sin embargo, una racha invicta no equivale necesariamente a una mejora estructural: la presentación frente a Platense reveló que el equipo sigue concediendo demasiadas situaciones y que su funcionamiento depende de resolver emergencias.
La diferencia entre una recuperación coyuntural y una transformación competitiva se observa en la capacidad de un equipo para controlar el ritmo, protegerse cuando pierde la pelota y sostener su plan después de recibir un golpe. Boca dominó menos de lo esperado en Vicente López, sufrió en la salida y permitió que Platense impusiera condiciones durante el primer tiempo. El hecho de que el local encontrara el 1-0 a partir de un saque de su propio arquero, Juan Cozzani, expone una falla de concentración y coordinación, no una simple desgracia aislada.
Leandro Lozano no logró despejar dentro del área y Nicolás Retamar aprovechó el rebote para vencer a Montero en el minuto 53. La jugada resume uno de los riesgos que han acompañado a Boca en esta etapa: errores técnicos en zonas de máxima sensibilidad que convierten ataques relativamente previsibles en ocasiones claras para el adversario. Contra rivales que presionen mejor o que tengan delanteros más eficaces, ese tipo de concesiones puede ser suficiente para decidir una serie internacional.

El arquero como síntoma, no solo como héroe
Montero fue una de las figuras del partido y su actuación merece reconocimiento, pero también funciona como un indicador del desequilibrio colectivo. Siete atajadas significan que Platense consiguió llegar con frecuencia y claridad suficiente para poner en riesgo el arco de Boca. Un portero puede ganar puntos con sus intervenciones; difícilmente puede sostener por sí solo una campaña extensa si el bloque defensivo le entrega demasiadas oportunidades al rival.
La presencia del colombiano adquiere además un valor particular por el contexto competitivo. En partidos de eliminación directa, la confianza en el arquero puede ser una ventaja tangible: una atajada en un momento crítico modifica el ánimo del grupo y conserva vivo un resultado. Pero esa misma dependencia puede convertirse en una señal de alarma. Si la defensa necesita que Montero tenga una noche excepcional para empatar contra Platense, el problema no es la falta de talento bajo los tres palos, sino la distancia entre la calidad individual y el funcionamiento general.
En el largo plazo, esta situación puede influir en las decisiones de mercado y en la planificación del plantel. La dirigencia tendrá que determinar si la prioridad es incorporar defensores, reforzar el mediocampo o buscar un sistema que reduzca la exposición. El debate no debería limitarse a identificar culpables después de cada error. La estadística básica del partido ofrece una pregunta más útil: ¿por qué el rival logró generar tantas acciones que obligaron al arquero a intervenir?
Paredes y la gestión de los referentes
La salida de Leandro Paredes al descanso añadió incertidumbre a una noche ya incómoda. El mediocampista, subcampeón mundial, representa una referencia técnica y simbólica para Boca. Su ausencia en el segundo tiempo alteró la circulación del balón y obligó al cuerpo técnico a modificar el plan en un momento en que el equipo necesitaba mayor control. No se informó en el relato del partido si la sustitución obedeció a una lesión, a una decisión táctica o a una precaución física, y esa falta de claridad puede alimentar interpretaciones innecesarias.
La gestión de Paredes será relevante porque Boca afronta simultáneamente la exigencia del torneo local y la Copa Sudamericana. Un futbolista de su jerarquía puede elevar el nivel de las posesiones y ordenar al equipo, pero también requiere una administración cuidadosa de sus minutos. La experiencia de otros clubes demuestra que la sobrecarga de partidos puede convertir una pieza clave en una ausencia prolongada. Por eso, el impacto de su reemplazo contra Platense no se mide solamente por los 45 minutos que dejó de jugar, sino por la información que el club consiga reunir sobre su estado y su disponibilidad para los próximos compromisos.
Miguel Merentiel, precisamente el jugador que entró por Paredes, terminó salvando el punto. A los 80 minutos, recibió una habilitación de Santiago Ascacíbar, superó a Cozzani y definió con el arco vacío. El gol confirmó la importancia de contar con alternativas capaces de cambiar un partido, pero también mostró que Boca encontró la solución mediante una acción individual y no a través de una superioridad sostenida. El aporte de Merentiel mantiene abierta la competencia interna por la titularidad y puede ofrecerle al entrenador una herramienta para modificar el ataque en los segundos tiempos.
La caída de Villa y el problema de las jerarquías
Sebastián Villa fue reemplazado a 16 minutos del final después de una actuación discreta. La decisión refleja otro asunto sensible: la relación entre el peso de los nombres y el rendimiento efectivo. Boca necesita que sus futbolistas de mayor desequilibrio participen de manera constante, especialmente cuando el equipo pierde el control y debe remontar. Si un extremo no logra ganar duelos, progresar con la pelota o contribuir en la presión, su presencia deja de compensar los riesgos defensivos que puede generar su posición.
Este tipo de evaluación será determinante en la construcción del equipo para la Copa Sudamericana. En series de ida y vuelta, los momentos de inspiración pueden ser decisivos, pero la regularidad suele marcar la diferencia. Un conjunto que alterna buenos pasajes con largos períodos de desorden puede avanzar ante un rival inferior y quedar expuesto cuando enfrenta una plantilla más precisa. La experiencia de Boca en torneos internacionales obliga a medir el rendimiento con un estándar mayor que el de una simple racha de resultados.
El VAR vuelve a enfrentar a la justicia con la interpretación
La anulación del gol de Giménez concentró la discusión pública porque modificó directamente el resultado. La mano del delantero fue considerada suficiente para invalidar la acción, mientras que la presunta mano previa de Gorosito no produjo el mismo efecto. La controversia no demuestra por sí sola que la decisión haya sido incorrecta, pero sí revela un problema de percepción: cuando dos contactos con el balón aparecen dentro de la misma secuencia, los aficionados necesitan conocer con precisión qué criterio se aplicó a cada uno.
El VAR fue incorporado para reducir los errores evidentes, no para eliminar la necesidad de interpretar las reglas. Las manos dentro del área, la intención, la posición del brazo y la intervención de un atacante antes de marcar siguen exigiendo una valoración arbitral. El desafío institucional consiste en que esa valoración sea coherente entre partidos y comunicada de forma comprensible. Sin explicaciones claras, cada revisión alimenta sospechas sobre criterios distintos según el estadio, el equipo o la presión del momento.
Para el fútbol argentino, la discusión tiene consecuencias sobre la credibilidad de la competencia. Platense puede considerar que se le negó una ventaja legítima, mientras Boca puede interpretar que el VAR evitó una derrota. Esa percepción afecta la conversación deportiva, pero también la relación entre clubes, árbitros y organismos de control. Un protocolo más transparente, con comunicación posterior de las decisiones relevantes, permitiría separar el desacuerdo reglamentario de la sospecha de arbitraje selectivo.
Lo que el empate cambia en el calendario de Boca
El punto mantiene a Boca con vida en el partido y extiende su racha sin perder, pero no resuelve las dudas que preceden a la siguiente fase de la temporada. La exigencia aumentará cuando los rivales estudien sus problemas de salida, presionen sobre los defensores y obliguen a Paredes o a otros mediocampistas a jugar bajo presión constante. La respuesta del cuerpo técnico deberá incluir ajustes concretos: mejorar la protección tras pérdida, reducir los errores en el área propia y conseguir que la posesión produzca control, no solo circulación.
La ventaja de Boca sigue siendo la profundidad de su plantel y la capacidad de algunos futbolistas para decidir en momentos límite. Montero, Merentiel y la experiencia de Paredes ofrecen recursos que muchos competidores no tienen. El riesgo es confundir esas virtudes con un modelo de juego consolidado. Las campañas largas suelen castigar a los equipos que viven de rescates individuales: tarde o temprano, una atajada no alcanza, un rebote cae del lado contrario o una revisión arbitral no modifica la jugada.
El 1-1 ante Platense, por eso, debe funcionar como una advertencia de gestión. Boca no perdió, pero tampoco confirmó que la tranquilidad alcanzada después de la derrota contra Riestra sea el inicio de una recuperación duradera. La noche de Vicente López dejó un arquero fortalecido, un delantero decisivo y un resultado útil; también dejó la obligación de transformar esos episodios de resistencia en una estructura capaz de competir sin depender permanentemente de ellos.
