La derrota del Granada en Ipurua dejó una lectura especialmente severa para Pacheta: su equipo no fue reconocido por el nivel competitivo que había mostrado en las jornadas anteriores. El técnico no buscó refugio en decisiones arbitrales ni en circunstancias externas y concentró el diagnóstico en una idea inequívoca: el Eibar impuso el ritmo, ganó los espacios decisivos y mantuvo al conjunto rojiblanco a merced de su propuesta durante buena parte del encuentro.
«Perder así me duele mucho», admitió el entrenador, visiblemente insatisfecho con un partido que calificó de «muy flojo». Su mensaje trasciende el resultado concreto. En una competición larga, una derrota puede asumirse como parte del recorrido, pero Pacheta distinguió entre caer por detalles y hacerlo sin conseguir activar los mecanismos colectivos que sostienen al equipo. Para el Granada, el problema no fue únicamente encajar goles, sino no haber encontrado una forma consistente de discutirle el partido al rival.

El balón dejó de ser una herramienta de control
La raíz táctica de la actuación estuvo, según Pacheta, en el uso del balón. El Granada circuló con lentitud y ofreció pocos desmarques que permitieran romper la presión o progresar con claridad. Cuando un equipo mueve la pelota despacio y sin apoyos profundos, el adversario tiene más tiempo para ordenar sus marcas, recuperar posiciones y convertir cada posesión en una secuencia previsible. Eso fue lo que el Eibar aprovechó para gobernar el encuentro sin necesidad de asumir riesgos excesivos.
El entrenador subrayó también la falta de intuición en las segundas jugadas. No se trata de una cuestión menor ni exclusivamente física: esos balones sueltos suelen medir la atención colectiva, la capacidad para anticipar y la disposición para jugar cerca de donde se decide la acción. El Granada no logró instalarse en esos territorios y, por tanto, tuvo dificultades para encadenar ataques, sostener la presión tras pérdida o impedir que el Eibar saliera con comodidad.
La consecuencia fue una escasa presencia ofensiva. Los rojiblancos llegaron a producir centros, pero no encontraron rematadores ni generaron el desorden necesario dentro del área rival. Pacheta rescató la media hora inicial en la que su equipo tuvo momentos para acercarse al empate, pero precisó que faltaron ritmo de balón y ocupación del área. Esa diferencia explica por qué una aproximación no siempre se convierte en una ocasión: sin sincronía entre quien centra y quien ataca el espacio, el volumen ofensivo puede quedar reducido a una sensación sin verdadero daño.
El segundo gol amplificó un problema ya visible
El segundo tanto armero, firmado por Adu Ares, llegó en un momento especialmente sensible. La jugada estuvo precedida por una posible falta de Anaitz Arbilla sobre Marvel Chinaza, una acción que Pacheta consideró punible desde su posición. Sin embargo, el árbitro le trasladó que desde el VAR entendieron que ambos futbolistas se estaban agarrando. El técnico evitó convertir esa interpretación en el eje de su comparecencia: reconoció que el gol hizo «especial daño», pero insistió en que la derrota se explicaba, ante todo, por el bajo rendimiento de su equipo.
Esa prudencia tiene peso en el análisis. Cargar el foco sobre una acción arbitral habría simplificado un partido más complejo, marcado por una inferioridad sostenida en intensidad de juego, precisión y capacidad para imponerse. El propio Pacheta estableció una jerarquía clara entre el incidente y el rendimiento: la polémica pudo influir en el golpe anímico, pero no explica por sí sola que el Granada llegara a ese tramo sin haber consolidado una respuesta futbolística.
“Espabilar” no equivale solo a correr más
Preguntado por la intensidad, Pacheta rechazó un diagnóstico elemental. No cuestionó el deseo de sus jugadores, pero sí planteó que, cuando el partido se complica, hay que «querer de otra manera». La expresión apunta a una exigencia más amplia: leer antes las situaciones, corregir cuando se llega tarde, cerrar distancias entre líneas y mantener la serenidad para no transformar la urgencia en desorden. La activación que reclama no es solo física; también es mental, posicional y competitiva.
El técnico recordó que el Granada venía de ser competitivo y de ejecutar aspectos «chulos e interesantes». Precisamente por esa referencia reciente, el tropiezo de Ipurua adquiere valor de advertencia y no necesariamente de sentencia. Un equipo en construcción puede alternar avances visibles con actuaciones que revelan carencias aún no resueltas. La clave estará en determinar si la falta de respuesta fue un episodio aislado, condicionado por el escenario y el rival, o si destapa una fragilidad recurrente ante partidos de contacto, presión y ritmo alto.
La respuesta debe construirse desde la protección colectiva
Pacheta señaló una vía concreta para reaccionar: juntarse y saber sufrir «bien armaditos» mientras cambia el viento del partido. Esa idea define una prioridad para el Granada. Cuando no puede dominar con balón, necesita conservar una estructura que le permita resistir, recuperar y volver a competir sin exponerse. No se trata de renunciar a la ambición, sino de evitar que la frustración por no imponer el plan inicial rompa el orden que da opciones de permanecer en el encuentro.
El parte de preocupaciones incluye además a Diego Hormigo. El entrenador mostró cautela ante la posible lesión de rodilla del jugador, aunque reconoció que las imágenes vistas por televisión no le dejaron buenas sensaciones. La espera por las pruebas determinará el alcance de la dolencia, pero Pacheta remarcó su importancia tanto en los partidos como en la vida diaria del vestuario. En un momento que exige reacción y cohesión, una ausencia relevante podría obligar al Granada a reforzar todavía más sus recursos colectivos. El técnico cerró agradeciendo el desplazamiento de la afición, un respaldo que también eleva la responsabilidad de convertir la derrota de Ipurua en una corrección útil y no en una herida persistente.
