La defensa pública que Ricardo Gareca hizo de Manuel Pellegrini vuelve a instalar un debate que en Chile lleva demasiado tiempo abierto: qué tipo de proyecto necesita La Roja para salir de la incertidumbre. Cuando un exseleccionador afirma que el entrenador del Betis “sería el indicado desde hace mucho tiempo”, no solo está respaldando un nombre; está poniendo en evidencia el costo de la demora institucional. Un proceso prolongado sin técnico titular no afecta solo la planificación de partidos, también deteriora la jerarquía de las decisiones, debilita el mensaje deportivo y reduce la capacidad de la selección para construir una identidad reconocible.
En ese sentido, la candidatura de Pellegrini tiene un valor simbólico y práctico. Simbólico, porque representa un perfil asociado a experiencia, orden y prestigio internacional; práctico, porque su trayectoria en clubes de alta exigencia sugiere una metodología capaz de elevar estándares internos. Para una selección que ha vivido cambios de rumbo, esa clase de liderazgo puede ofrecer algo escaso: continuidad con criterio. Un técnico de ese peso no solo mejora la lectura táctica, también puede ordenar la relación entre jugadores, dirigentes y entorno mediático, una zona donde Chile suele desgastarse con rapidez.

Pero convertir a Pellegrini en solución automática sería una simplificación riesgosa. Primero, porque la selección no es un club y exige administrar ventanas de trabajo muy breves, con menor margen para corregir errores. No todo entrenador exitoso en liga traslada su método con la misma eficacia al formato de selecciones, donde el tiempo de entrenamiento es limitado y la influencia del cuerpo técnico depende más de la claridad del diagnóstico que de la repetición cotidiana. Segundo, porque un nombre de alto perfil puede elevar expectativas de manera desproporcionada: si la ANFP no acompaña con respaldo político, logística y una definición de proyecto, el prestigio del técnico termina expuesto al mismo desgaste que ya afectó procesos anteriores.
La advertencia de Gareca sobre la necesidad de “encontrar el técnico que crea conveniente” es especialmente relevante porque apunta a una falla estructural, no solo a una vacante. Chile no arrastra únicamente un problema de selección de entrenador; arrastra una dificultad para sostener una línea futbolística en el tiempo. Cada reemplazo sin consenso, cada interinato extendido y cada mensaje ambiguo desde la dirigencia empujan al equipo hacia una lógica reactiva. En ese escenario, la discusión sobre Pellegrini sirve para medir si la federación busca realmente un proyecto o simplemente una figura que calme la presión pública.
También existe un riesgo político interno que no conviene subestimar. Un técnico del prestigio de Pellegrini suele negociar con un nivel de exigencia alto, y eso puede chocar con estructuras dirigenciales poco preparadas para ceder autonomía. Si la ANFP no define con precisión competencias, objetivos y horizonte temporal, la eventual llegada de un entrenador de ese calibre puede abrir fricciones sobre convocatorias, desarrollo juvenil, prioridades competitivas y comunicación pública. El problema no sería el entrenador, sino la falta de arquitectura institucional para sostenerlo.
La referencia final de Gareca a la ausencia de respaldo público durante su etapa en Chile añade otro dato de fondo: la confianza entre banquillo y dirigencia no es decorativa, es una condición de funcionamiento. En una selección, el entrenador necesita sentir que su discurso no queda expuesto a correcciones constantes desde arriba. Sin ese aval, cualquier idea futbolística se vuelve frágil, y el entorno comienza a leer cada derrota como prueba de desorden general. Para La Roja, esa dinámica puede ser incluso más dañina que una mala elección puntual.
Si Pellegrini llegara a Juan Pinto Durán, el impacto potencial sería alto en varias capas: elevaría la vara profesional, reordenaría el debate público y podría darle a la selección una narrativa de reconstrucción más creíble. Sin embargo, el beneficio solo se materializaría si la decisión viene acompañada de una estructura estable, recursos claros y paciencia competitiva. De lo contrario, el nombre más respetado termina atrapado en el mismo ciclo de urgencia que hoy define al equipo. La verdadera prueba no es si Chile puede anunciar a un técnico conocido; es si puede sostener una idea sin deshacerla al primer tropiezo.
