La confirmación de Agustín Lozano sobre el uso de Cusco y Puno como sedes para las Eliminatorias al Mundial 2030 representa un cambio estructural en la estrategia de la selección peruana. Durante décadas, el Estadio Nacional en Lima funcionó como el único escenario de localía, pero ahora la Federación Peruana de Fútbol decide incorporar la altitud como recurso deportivo explícito. Esta decisión no surgió de forma improvisada: seis meses antes, Jean Ferrari ya había expuesto la misma lógica en una entrevista con El Comercio, comparando la preparación de partidos con una guerra en la que se deben usar todas las armas disponibles.
¿Por qué Lima dejó de ser la única opción?
La elección de Cusco y Puno responde a una lectura concreta del fútbol sudamericano contemporáneo. Selecciones como Chile en Calama, Ecuador en Quito y Colombia en Barranquilla han demostrado que la altitud genera un diferencial físico que los rivales no pueden replicar en sus propios países. Ferrari señaló que Lima se había convertido en el escenario más cómodo para los visitantes, ya que ofrece clima templado, infraestructura moderna y menor desgaste físico. Al trasladar partidos a más de 3.400 metros, Perú invierte esa ecuación y obliga a los equipos contrarios a adaptarse en tiempo real.
Esta estrategia se apoya en datos fisiológicos conocidos: la menor disponibilidad de oxígeno reduce la capacidad de recuperación y aumenta la fatiga acumulada. Equipos que viajan desde el nivel del mar suelen requerir entre 10 y 14 días de aclimatación para rendir cerca de su nivel habitual. Las Eliminatorias sudamericanas, con calendarios comprimidos, raramente permiten esa preparación, lo que convierte la altitud en una variable competitiva real.

El rol de los jugadores y el posible conflicto interno
Uno de los puntos más sensibles es la postura de los futbolistas. Históricamente, muchos jugadores peruanos han expresado reservas frente a partidos en altura por el riesgo de lesiones y el impacto en el rendimiento individual. Ferrari anticipó esta resistencia y propuso resolverla mediante diálogo con el comando técnico, sin imponer decisiones unilaterales. Sin embargo, la experiencia de otras federaciones muestra que los jugadores terminan adaptándose cuando perciben que la medida aumenta las posibilidades de clasificación.
El caso de Colombia en Barranquilla ilustra este punto. Tras el traslado definitivo desde Bogotá, la selección cafetera registró una mejora sostenida en resultados locales, incluso con planteles que inicialmente manifestaron dudas. Perú podría replicar ese patrón, siempre que la FPF garantice condiciones médicas adecuadas y periodos de aclimatación controlados para su propia plantilla.
Tres efectos estructurales que la FPF debe gestionar
El primer efecto es deportivo: la altitud puede elevar el porcentaje de victorias locales en al menos 15 puntos porcentuales, según patrones observados en las últimas tres eliminatorias sudamericanas. El segundo efecto es logístico y económico: Cusco y Puno requieren inversiones en infraestructura, seguridad y transporte que la FPF deberá coordinar con gobiernos regionales. El tercer efecto es político: Conmebol y FIFA evaluarán si las nuevas sedes cumplen con los estándares de seguridad y habitabilidad exigidos para partidos oficiales.
Cada uno de estos efectos contiene tensiones. Las regiones beneficiadas verán un impulso turístico y de inversión, mientras que Lima perderá protagonismo como sede exclusiva. Los clubes peruanos que compiten en torneos internacionales también podrían verse afectados si sus jugadores regresan fatigados de partidos de selección en altura.
El riesgo de una reacción adversa de los rivales
Los seleccionados sudamericanos ya han manifestado en el pasado su incomodidad con las sedes de altitud. Es probable que Argentina, Brasil y Uruguay presionen ante Conmebol para limitar el número de partidos programados en Cusco y Puno. La experiencia de Bolivia en La Paz demuestra que las quejas constantes pueden derivar en inspecciones médicas y, eventualmente, en restricciones. Perú deberá documentar exhaustivamente las condiciones de juego y ofrecer datos médicos que demuestren que no se vulnera el principio de igualdad competitiva.
Otro riesgo radica en la sobreestimación del factor altura. Si los resultados no mejoran de inmediato, la decisión podría ser revertida antes de consolidarse, generando inestabilidad en la planificación a largo plazo. La clave estará en mantener la estrategia durante al menos dos ciclos eliminatorios para que tanto jugadores como rivales internalicen el nuevo escenario.
Perspectivas regionales y el precedente sudamericano
Los gobiernos de Cusco y Puno han recibido la noticia como una oportunidad de desarrollo regional. Autoridades locales ya anunciaron planes para mejorar estadios y vías de acceso, anticipando mayor visibilidad internacional. En contraste, sectores de la prensa limeña han cuestionado si la descentralización responde más a intereses políticos que a criterios deportivos puros.
El ejemplo más cercano sigue siendo Ecuador, que abandonó Guayaquil por Quito y obtuvo un récord local superior al 70 % en las últimas eliminatorias. Chile replicó la lógica en Calama con resultados mixtos pero con un impacto psicológico evidente en los rivales. Perú ahora se suma a esta tendencia regional que prioriza las ventajas geográficas sobre la comodidad tradicional de la capital.
Escenarios futuros y la necesidad de planificación sostenida
Si la estrategia funciona, es razonable esperar que la selección peruana dispute al menos cuatro de los diez partidos de local en altitud durante el ciclo 2030. Esto exigiría un programa permanente de aclimatación para los jugadores que militan en el extranjero y una mayor coordinación con los médicos de clubes europeos. También podría abrir la puerta a que otros países sudamericanos soliciten sedes similares, modificando el mapa de las eliminatorias.
El mayor desafío será evitar que la altitud se convierta en un recurso aislado. Sin una mejora simultánea en la preparación táctica y física, el efecto de la altura se diluirá. La FPF deberá invertir en estudios específicos sobre rendimiento en altitud y compartir esa información con el cuerpo técnico para maximizar su utilidad.
La decisión de jugar en Cusco y Puno marca el final de una era en la que Lima era el único referente de localía peruana. El verdadero éxito de esta apuesta dependerá de la capacidad institucional para sostenerla más allá de un ciclo eliminatorio y de la habilidad para convertir una ventaja geográfica en resultados consistentes sobre el campo.
