La conmemoración conjunta organizada por el Partido Nacionalista Vasco y EH Bildu en Bergara el 19 de julio de 2026 revive un debate histórico sobre el autogobierno vasco en un momento en que España celebra la final del Mundial de fútbol. El acto, que marca los 150 años de la abolición de los fueros de 1876 y los 50 años del Movimiento de Alcaldes, coincide con una jornada de fuerte movilización ciudadana alrededor de la selección española. Esta superposición temporal no es casual y revela tensiones persistentes entre la identidad vasca y el marco estatal.
Raíces históricas del conflicto foral
El régimen foral vasco, consolidado a lo largo de siglos, otorgaba a Álava, Bizkaia y Gipuzkoa una capacidad de autogobierno basada en las Juntas Generales y los ayuntamientos. La Ley Paccionada de 1841 ya había limitado severamente las instituciones navarras, mientras que la Revolución Francesa eliminó los derechos históricos de Iparralde. La abolición definitiva de 1876, impuesta por las Cortes españolas, rompió esa estructura sin consulta popular y marcó el inicio de una centralización que perdura hasta hoy. Los documentos de la época muestran cómo las elites madrileñas justificaron la medida por razones de uniformidad fiscal y militar, sin atender a la voluntad de las instituciones vascas.
La memoria de esa ruptura sigue viva en la narrativa política actual. Tanto el PNV como EH Bildu destacan que los fueros no eran meros privilegios fiscales, sino un sistema que combinaba participación popular, auzolan y solidaridad comunitaria. Esa tradición, aunque imperfecta bajo los parámetros contemporáneos, precedió a muchos procesos igualitarios europeos y sirvió de base para una identidad política diferenciada.
El resurgimiento de 1976 y su eco actual
Cincuenta años atrás, en plena transición tras el franquismo, los alcaldes vascos se reunieron también en Bergara para reclamar que los derechos políticos de Euskal Herria no se habían extinguido. Su manifiesto defendía la tradición municipal y el autogobierno como patrimonio vivo. La declaración conjunta de 2026 retoma ese mismo lenguaje y lo proyecta hacia el futuro: exige que la voluntad ciudadana vasca sea reconocida como fuente de legitimidad democrática y no quede subordinada a límites jurídicos o razones de Estado.

Este paralelismo temporal permite observar cómo la reivindicación de soberanía ha evolucionado desde la clandestinidad hasta convertirse en una propuesta institucional compartida por dos fuerzas que representan mayorías distintas dentro del espectro nacionalista. La coincidencia con la final del Mundial añade un elemento de contraste: mientras miles de vascos apoyan a la selección española en pantallas públicas, los ayuntamientos de PNV y Bildu priorizan un acto político que subraya la diferencia identitaria.
Implicaciones para la relación bilateral con el Estado
La demanda central del acto es la materialización de una relación bilateral entre Euskadi y el Estado español, basada en el reconocimiento mutuo de dos sujetos políticos. Esta fórmula, si prosperara, alteraría el actual marco estatutario y requeriría una reforma constitucional o un nuevo pacto de convivencia. El precedente catalán muestra que cualquier intento de redefinir la soberanía genera resistencia tanto en los tribunales como en la opinión pública española, lo que podría prolongar la negociación durante años.
En el plano económico, un poder político efectivo permitiría a las instituciones vascas diseñar políticas propias sobre transición energética, migración y revitalización lingüística. El Concierto Económico actual ya otorga cierta autonomía fiscal, pero la declaración de Bergara busca ampliar ese margen hacia decisiones estratégicas que hoy dependen de Madrid o Bruselas. Casos como la gestión vasca de la crisis industrial de los años ochenta demuestran que la proximidad institucional puede acelerar respuestas adaptadas a la realidad local.
Efectos en la cohesión social y el panorama europeo
La reivindicación conjunta de PNV y Bildu reduce la fragmentación del nacionalismo vasco y proyecta una imagen de unidad ante la ciudadanía. Sin embargo, también polariza el debate en el resto de España, donde sectores centralistas interpretan cualquier mención a la bilateralidad como un paso hacia la secesión. Esta dinámica puede influir en las próximas elecciones autonómicas y en la estabilidad de posibles pactos de gobierno en Madrid.
A escala europea, el reconocimiento de Euskal Herria como nación con lengua y cultura propias se inscribe en un contexto más amplio de regiones que reclaman mayor visibilidad institucional. El modelo escocés o el debate sobre Córcega ofrecen ejemplos de cómo la Unión Europea gestiona identidades subestatales sin romper la integridad de los Estados miembros. Una resolución satisfactoria en el caso vasco podría servir de referencia para otras minorías, mientras que un bloqueo prolongado reforzaría narrativas de exclusión.
El texto de Bergara insiste en que el autogobierno no es un fin en sí mismo, sino un instrumento para el bienestar y la cohesión social. Esta perspectiva introduce un argumento pragmático: los retos actuales, desde la seguridad geopolítica hasta la integración europea, exigen capacidad de decisión real. Si esta demanda se traduce en reformas concretas, podría consolidar un nuevo estatus que combine lealtad institucional con reconocimiento de la diversidad. De lo contrario, el riesgo de frustración ciudadana y radicalización del discurso nacionalista aumentaría en los próximos años.
El acto de Bergara, por tanto, no se limita a una conmemoración histórica. Representa un intento de actualizar el legado foral en términos contemporáneos y de situar la soberanía vasca en el centro del debate político español y europeo. Su éxito dependerá tanto de la capacidad de negociación de las fuerzas vascas como de la disposición del Estado a revisar un marco que data del siglo XIX.
