La posibilidad de que Perú reciba a Argentina en Puno para las próximas Eliminatorias Sudamericanas abrió una discusión que va mucho más allá de una sede alternativa. Jean Ferrari, director general de fútbol de la Federación Peruana de Fútbol (FPF), confirmó que Puno y Cusco serán inscritos como escenarios de la Bicolor, junto con el Estadio Nacional y el Monumental de Lima. En ese contexto, imaginó una victoria por 3-0 ante la actual potencia sudamericana, aunque reconoció que entre la ilusión y ese resultado existe “mucho trabajo y mucho pan por rebanar”.
La declaración combina una apuesta deportiva, un mensaje político y una estrategia de reconstrucción institucional. Perú viene de una etapa de resultados irregulares y necesita ampliar su margen de maniobra si pretende competir por la clasificación al Mundial de 2030. La discusión sobre dónde jugar no sustituye la necesidad de formar un equipo competitivo, pero sí revela que la federación busca utilizar todos los recursos disponibles: la planificación, la localía, la adaptación geográfica y una preparación internacional más exigente.
La derrota repetida como punto de partida
Ferrari justificó la posibilidad de trasladar el partido a Puno con una pregunta incómoda: ¿cuántos triunfos ha conseguido Perú ante Argentina en el Estadio Nacional durante las últimas Eliminatorias? Su argumento parte de una lógica sencilla: si la sede tradicional no ha producido una ventaja tangible frente a un rival históricamente superior, explorar otro escenario no implicaría, en el peor de los casos, un retroceso sustancial.
El planteamiento, sin embargo, debe ser leído con precisión. Argentina no representa únicamente un adversario difícil por la calidad individual de sus futbolistas; también es una selección habituada a controlar distintos contextos competitivos, administrar ritmos y soportar partidos de alta presión. Por ello, la altura no garantiza una victoria. Puede alterar el esfuerzo físico, la velocidad de recuperación y la planificación del rival, pero solo se convierte en ventaja cuando el equipo local cuenta con una preparación específica y una propuesta táctica capaz de aprovecharla.
Puno se encuentra a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar, mientras Cusco supera los 3.000. En ambos casos, la altura modifica variables que afectan al fútbol profesional: la trayectoria del balón, la oxigenación, la fatiga y la capacidad de sostener intensidades prolongadas. También obliga a estudiar con cuidado los tiempos de llegada, la aclimatación y la recuperación posterior. Una decisión de esta naturaleza no puede reducirse a llevar el partido a un lugar elevado y esperar que el visitante se desgaste.

Una sede no se improvisa
La inscripción de Puno y Cusco como posibles sedes constituye apenas el primer paso. Para que un estadio albergue un partido de Eliminatorias debe cumplir exigencias vinculadas con el terreno de juego, la iluminación, la transmisión televisiva, la seguridad, los accesos, las áreas médicas, los vestuarios y la operación logística de delegaciones y árbitros. Además, la federación necesita demostrar que puede organizar un evento de alcance continental sin que la geografía se transforme en un problema de transporte o atención.
La experiencia internacional ofrece ejemplos en ambos sentidos. Bolivia ha convertido históricamente la altura de La Paz en un componente central de su localía, aunque los resultados no han sido constantes. Ecuador también ha alternado sedes y condiciones geográficas buscando optimizar su rendimiento. En el caso peruano, Cusco posee una tradición futbolística y una infraestructura deportiva reconocible, pero llevar una eliminatoria a Puno exigiría evaluar no solo el estadio, sino también la conectividad aérea, el alojamiento, los entrenamientos previos y la capacidad sanitaria.
El desafío logístico tendría una dimensión adicional: Argentina suele movilizar una delegación con enorme demanda mediática y operativa. La llegada de miles de aficionados, periodistas y personal de seguridad puede generar presión sobre una ciudad que no está acostumbrada a recibir un partido de esa escala. La sede puede producir beneficios económicos para hoteles, restaurantes, transporte y comercio local, pero también riesgos de congestión, incremento de precios y dificultades para garantizar una experiencia segura. La descentralización del fútbol peruano será sostenible únicamente si se acompaña de inversión y planificación, no si se utiliza como una decisión simbólica de corto plazo.
El nuevo ciclo bajo Mano Menezes
La elección de sede se conecta con otro proceso: la construcción de una selección dirigida por el brasileño Mano Menezes. Ferrari señaló que la prioridad es ampliar el universo de futbolistas y conseguir un equipo competitivo. Ese objetivo resulta especialmente relevante después de un periodo en el que Perú dependió durante años de una base relativamente estable de jugadores experimentados, muchos de ellos vinculados a la generación que alcanzó el Mundial de Rusia 2018 y fue subcampeona de la Copa América 2019.
El recambio no consiste simplemente en convocar nombres nuevos. Requiere identificar perfiles compatibles con distintos sistemas, aumentar la competencia interna y ofrecer minutos internacionales a futbolistas que todavía no han enfrentado escenarios de máxima exigencia. La gira confirmada por la FPF puede cumplir precisamente esa función. Perú jugará contra Estados Unidos el 26 de septiembre en Orlando, frente a México el 29 en New Jersey, ante Canadá el 3 de octubre en Montreal y contra Colombia el 6 de octubre en Miami.
Los cuatro rivales tienen experiencia mundialista y representan estilos diferentes. Estados Unidos aporta intensidad, despliegue físico y una generación acostumbrada a competir en contextos de alta velocidad. México suele exigir manejo emocional y capacidad para disputar partidos cerrados. Canadá combina potencia atlética con transiciones rápidas, mientras Colombia plantea una prueba de control técnico, presión y lectura táctica. La secuencia también será exigente por la cercanía entre los encuentros y los desplazamientos dentro de Norteamérica.
El valor de estos amistosos dependerá de cómo se utilicen. Si sirven únicamente para mantener una base fija y evitar riesgos, ofrecerán poca información sobre el recambio. Si el cuerpo técnico los aprovecha para probar estructuras, observar futbolistas en posiciones distintas y medir la respuesta ante rivales de nivel, pueden convertirse en una plataforma de preparación real. La ausencia de puntos oficiales no elimina la presión: una serie de derrotas puede afectar la confianza, pero una serie de buenos resultados tampoco resolverá por sí sola las carencias estructurales.
La incertidumbre del camino hacia 2030
Ferrari afirmó que la información que maneja apunta a un inicio de las Eliminatorias para septiembre del próximo año, aunque admitió que todavía no existe un formato definido. Esa incertidumbre es significativa porque el calendario, el número de plazas y la distribución de partidos condicionan toda la planificación de una selección. La ampliación del Mundial de 2026 modificó el acceso de varios países sudamericanos, pero no permite asumir automáticamente que el proceso hacia 2030 conservará las mismas reglas.
Sin un reglamento oficial, la FPF debe trabajar con escenarios. Un calendario de liga, la disponibilidad de los futbolistas, la preparación física y la elección de sedes necesitan coordinarse con suficiente anticipación. Si la federación espera a que se publique cada detalle para actuar, perderá tiempo frente a selecciones que ya organizan ciclos de entrenamiento, amistosos y observación de jugadores. La incertidumbre, en este caso, no debería ser una excusa para la inacción, sino un argumento para diseñar planes flexibles.
La sede de un partido ante Argentina también puede influir en la negociación institucional con los organismos sudamericanos. La FPF tendrá que demostrar que la elección responde a criterios deportivos y operativos, no a una reacción emocional ante el historial negativo. Una estrategia transparente, basada en informes técnicos sobre altitud, clima, infraestructura y rendimiento, protegería a la federación frente a críticas y permitiría evaluar la experiencia con indicadores concretos.
Entre la ilusión popular y la responsabilidad federativa
La imagen de un triunfo por 3-0 en Puno tiene una fuerza evidente para la afición. El fútbol peruano necesita recuperar entusiasmo después de campañas que redujeron la expectativa alrededor de la selección. Llevar un partido a una región distinta de Lima puede fortalecer la identificación nacional, acercar al equipo a nuevos públicos y distribuir los beneficios de la actividad deportiva. En un país marcado por la concentración de grandes eventos en la capital, la decisión tendría un impacto social importante.
Pero la retórica de la ilusión debe convivir con una gestión responsable. Si el resultado no acompaña, una sede presentada como “arma secreta” puede convertirse rápidamente en objeto de cuestionamiento. El riesgo aumenta cuando se promete un marcador específico antes de conocer el calendario, el formato y la convocatoria definitiva. La expectativa puede movilizar a los hinchas, pero también elevar la frustración si el equipo llega sin preparación suficiente para las condiciones de Puno.
La discusión debería desplazarse del resultado imaginado hacia el proceso que lo haría posible. Perú necesita una metodología de selección más amplia, departamentos técnicos estables, coordinación con los clubes y una política de formación que produzca futbolistas capaces de competir fuera y dentro del país. Las cuatro fechas amistosas ofrecen una oportunidad inmediata para comenzar a medir ese avance; la eventual elección de Puno o Cusco representará una segunda prueba, esta vez de planificación y capacidad organizativa.
Argentina puede ser el rival que concentre los titulares, pero el verdadero examen de la FPF será demostrar que sus decisiones forman parte de un proyecto coherente. La altura puede aportar una condición favorable, la descentralización puede ampliar el vínculo con la afición y los amistosos pueden acelerar el recambio. Ninguno de esos elementos reemplaza el trabajo deportivo. Si la federación logra articularlos con seriedad, el debate sobre Puno dejará de ser una apuesta llamativa y se convertirá en una señal de que Perú intenta construir una localía y una selección pensadas para el largo plazo.
