Durante la celebración del título mundial en Cibeles, la selección española dedicó un momento a María Caamaño, la seguidora salmantina fallecida a los trece años por un sarcoma de Ewing. El gesto, liderado por Rodri y Baena, reflejó cómo la presencia simbólica de la niña acompañó al equipo desde la fase de grupos hasta la final contra Argentina.

La fotografía de María presidió espacios del hotel de concentración y sirvió de impulso emocional. Baena, con vínculo estrecho con la familia, señaló que su lucha actuó como ejemplo para jugadores como Ferran y Pedri. Esta integración de historias personales generó cohesión interna que se tradujo en resultados: España conquistó su segundo Mundial.
Motivación colectiva y legado
El homenaje trasciende el recuerdo individual. Al convertir la resiliencia de una adolescente en referencia compartida, el grupo reforzó su identidad y propósito. La victoria final se presentó como dedicatoria concreta, demostrando que el deporte de élite puede canalizar experiencias ajenas hacia un rendimiento superior sin perder su dimensión humana.
