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Recuperar mejor: claves y riesgos de la nutrición deportiva

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La alimentación posterior al ejercicio está ganando un protagonismo que durante años quedó relegado frente a la planificación del entrenamiento. La experiencia compartida por la nutricionista deportiva Jimena Moreira, que trabaja con corredores de fondo en Iten, Kenia, vuelve a poner el foco en una idea sencilla pero decisiva: después de una sesión exigente, el cuerpo no solo necesita proteínas, sino también recuperar con rapidez el glucógeno utilizado. En atletas que completan 40 kilómetros y vuelven a entrenar al día siguiente, ese margen de recuperación puede condicionar el rendimiento, la salud y la continuidad de toda la temporada.

El ejemplo del té keniano con leche y azúcar, acompañado de plátanos y pan, resulta llamativo porque se aleja de algunas imágenes habituales de la nutrición deportiva moderna, dominadas por batidos, suplementos y productos específicamente diseñados para atletas. Sin embargo, su lógica fisiológica es reconocible: aportar líquidos, carbohidratos de absorción relativamente rápida y una cantidad moderada de proteínas con alimentos accesibles. El valor de esta práctica no reside en convertirla en una receta universal, sino en mostrar que la recuperación puede apoyarse en soluciones culturales y económicas siempre que respondan a las demandas reales del entrenamiento.

El mensaje que puede mejorar el rendimiento cotidiano

La principal aportación de este enfoque es corregir una confusión frecuente entre deportistas aficionados: interpretar la recuperación como una cuestión exclusivamente muscular. Las proteínas participan en la reparación de los tejidos, pero el esfuerzo prolongado también reduce de forma importante las reservas de glucógeno muscular y hepático. Si esas reservas no se reponen, pueden aparecer fatiga persistente, sensación de piernas pesadas, menor capacidad para sostener ritmos altos y una percepción de esfuerzo desproporcionada en sesiones posteriores.

La prioridad de los carbohidratos es especialmente clara cuando hay poco tiempo entre dos entrenamientos. En términos generales, las recomendaciones para deportistas que necesitan una reposición acelerada suelen situar la ingesta de carbohidratos en torno a 1-1,2 gramos por kilogramo de peso corporal por hora durante las primeras horas, aunque la cantidad debe adaptarse a la carga, el tamaño corporal, la tolerancia digestiva y el objetivo deportivo. La relación de dos o tres partes de carbohidratos por una de proteína mencionada por Moreira puede ser útil como orientación práctica, pero no sustituye una evaluación individual.

Esta perspectiva puede beneficiar a los corredores populares, que a menudo terminan una sesión y pasan varias horas sin comer por falta de apetito, prisa o temor a ingerir demasiadas calorías. También puede ayudar a evitar la dependencia innecesaria de suplementos caros. Un bocadillo, fruta, leche o yogur pueden cubrir parte de las necesidades posteriores al ejercicio, siempre que la dieta completa aporte suficiente energía y micronutrientes. La normalización de estas opciones puede reducir barreras económicas y hacer más realista la aplicación de la nutrición deportiva fuera de los centros de alto rendimiento.

Cuando una recomendación eficaz se vuelve simplista

El riesgo aparece cuando una práctica observada en fondistas de élite se presenta como una fórmula válida para cualquier persona que corra. Los atletas que entrenan en Iten acumulan volúmenes, intensidades y frecuencias muy superiores a los de la mayoría de los aficionados. Sus necesidades energéticas pueden justificar una bebida con abundante azúcar inmediatamente después de una sesión de 40 kilómetros, mientras que para alguien que ha corrido media hora a intensidad moderada esa misma cantidad podría ser innecesaria dentro del balance diario.

La diferencia entre ambos escenarios no es menor. Una ingesta elevada de azúcares simples puede facilitar la recuperación rápida del glucógeno, pero también incrementar el consumo calórico total si no existe una demanda energética equivalente. En personas con resistencia a la insulina, diabetes, problemas metabólicos o antecedentes de alteraciones de la conducta alimentaria, la recomendación debe manejarse con especial prudencia y, cuando sea necesario, con asesoramiento profesional. Además, la exposición frecuente a bebidas azucaradas puede contribuir al deterioro dental, un problema que también afecta a deportistas y que suele quedar fuera de las conversaciones sobre rendimiento.

La digestión constituye otro factor de incertidumbre. El té con leche y azúcar puede ser bien tolerado por algunos atletas y provocar molestias gastrointestinales en otros. La lactosa, la temperatura de la bebida, la concentración de azúcar y el volumen ingerido influyen en la respuesta individual. Los plátanos y el pan tampoco son neutros para todas las personas: la madurez de la fruta, el tipo de pan o la presencia de fibra pueden modificar la tolerancia durante una fase en la que el aparato digestivo puede seguir alterado por el esfuerzo.

La recuperación no termina en el plato

Concentrar toda la atención en los carbohidratos también puede ocultar otras necesidades. Tras una carrera larga, la reposición de líquidos y electrolitos es esencial, sobre todo en ambientes cálidos o cuando existe una sudoración abundante. El té aporta líquido, pero su composición no garantiza por sí sola la recuperación de sodio y otros minerales perdidos. Una hidratación excesiva basada únicamente en agua, por otro lado, puede ser problemática en circunstancias extremas. La estrategia adecuada depende de la duración del ejercicio, el clima, la tasa individual de sudoración y la cantidad de sal ingerida durante el día.

La proteína sigue siendo relevante, aunque no deba desplazar a los carbohidratos cuando el siguiente esfuerzo está cerca. Una ingesta aproximada de 20 a 40 gramos después del entrenamiento puede favorecer la síntesis y reparación muscular en muchos adultos, pero el rango depende del peso, la edad, la calidad de la proteína y el conjunto de las comidas. También importan el sueño, los días de descanso, la distribución de la carga y la disponibilidad energética. Ningún alimento puede compensar una programación excesiva o una dieta insuficiente durante semanas.

El mensaje de que el batido de proteínas puede ser un “grave error” si se consume sin carbohidratos tiene una base comprensible, pero necesita matices. El problema no es el batido en sí, sino utilizarlo como única respuesta después de un entrenamiento que ha vaciado de forma importante las reservas de glucógeno. En determinados casos, un suplemento proteico puede ser práctico, especialmente cuando no hay acceso inmediato a alimentos o existen restricciones dietéticas. Presentarlo como enemigo puede llevar a sustituir una simplificación por otra.

La influencia de las redes sobre las decisiones

La difusión de este tipo de contenido puede modificar la manera en que miles de corredores interpretan sus necesidades. La ventaja es que introduce una conversación más fundada sobre el momento posterior al ejercicio y cuestiona la idea de que comer menos siempre equivale a entrenar mejor. También puede favorecer una relación más funcional con los alimentos, en la que los carbohidratos se entiendan como combustible y no como un componente que deba eliminarse indiscriminadamente.

Pero las redes sociales tienden a transformar una explicación contextual en una regla breve y fácil de repetir. “Té con azúcar, plátano y pan” puede convertirse en una receta viral separada de la distancia recorrida, el peso corporal, el gasto energético y la hora del siguiente entrenamiento. La autoridad percibida de trabajar con atletas de alto nivel puede reforzar esa transferencia automática. El riesgo no está solo en una elección alimentaria concreta, sino en la pérdida de contexto: lo que funciona para un grupo sometido a una carga extrema no necesariamente mejora el rendimiento de una persona que entrena tres veces por semana.

Este fenómeno también puede afectar al mercado de la nutrición deportiva. Por un lado, impulsa alternativas sencillas y menos costosas frente a los productos premium. Por otro, puede alimentar una nueva ola de mensajes comerciales que prometan “recuperación keniana” sin demostrar que sus productos aporten una ventaja real. La evidencia debe distinguir entre la utilidad de consumir carbohidratos después de una sesión exigente y la supuesta superioridad de una preparación específica. La etiqueta, la cantidad total y la tolerancia personal importan más que la imagen de autenticidad asociada a un lugar de entrenamiento.

Una pauta útil, pero no una receta universal

La aplicación más segura de estas ideas empieza por clasificar la sesión. Después de un entrenamiento corto o moderado, puede bastar con continuar la alimentación habitual y asegurar una comida equilibrada. Tras una tirada larga, una competición o una sesión seguida de otra en pocas horas, la prioridad pasa a ser reponer carbohidratos pronto, añadir proteína suficiente y recuperar líquidos y sodio. La cantidad debe calcularse según el esfuerzo y el peso, no según la popularidad de una recomendación.

También conviene observar la respuesta del organismo. Hambre extrema, cansancio que dura todo el día, orina persistentemente oscura, mareos, calambres recurrentes, molestias digestivas o una caída sostenida del rendimiento son señales para revisar la estrategia completa. En algunos casos reflejan una recuperación deficiente; en otros, pueden indicar una carga de entrenamiento excesiva, anemia, enfermedad, alteraciones hormonales o un déficit energético más profundo. La nutrición puede ayudar, pero no debe utilizarse para ocultar síntomas que requieren valoración médica.

La experiencia de los corredores de Iten aporta una enseñanza relevante: la recuperación debe diseñarse en función de lo que el cuerpo tendrá que hacer después. Su impacto positivo será mayor si se entiende como parte de un sistema que incluye combustible suficiente antes de entrenar, hidratación, sueño y una progresión razonable de las cargas. La incertidumbre empieza cuando una práctica local y eficaz se convierte en dogma mundial. Entre el rechazo automático a los carbohidratos y la adopción irreflexiva de bebidas azucaradas existe un terreno más exigente, pero también más seguro: ajustar la alimentación a la intensidad, al tiempo disponible y a las características de cada deportista.

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