La derrota por 0-1 ante Tigre en Victoria dejó una postal difícil de discutir para River: tuvo la pelota durante gran parte del partido, pero no logró transformar ese dominio en una sola llegada certera al arco. El equipo de Eduardo Coudet completó 651 pases, manejó el 68% de la posesión y ejecutó cuatro córners, aunque terminó con nueve remates y ninguno entre los tres palos. Del otro lado, Tigre aprovechó una de sus pocas aproximaciones y convirtió a través de Ignacio Russo. La diferencia no estuvo en la tenencia, sino en la eficacia.
Ese desenlace no aparece como un episodio aislado. En el inicio del Clausura, River acumula una tendencia que ya se volvió central en su rendimiento: monopoliza el juego, pero produce poco peligro real. En los primeros cuatro partidos del torneo, la posesión promedio subió del 64,8% al 73,3% respecto del Apertura, aunque la cantidad de remates se mantuvo en 16,4 por encuentro. El dato más delicado es la caída en la precisión ofensiva: el porcentaje de tiros al arco bajó del 33,4% al 26,9%, y los remates a puerta pasaron de 5,6 a 4,5 por partido.

Dominio sin profundidad
La estadística ante Tigre refuerza una lectura que atraviesa el arranque del campeonato: River se instala con frecuencia en campo rival, circula la pelota y suma pases, pero no consigue romper líneas con suficiente claridad. Ante Tigre, apenas generó una ocasión clara, sumó seis toques dentro del área y registró cuatro disparos desde adentro del área penal. El volumen territorial existió, pero no alcanzó para convertirlo en situaciones de gol sostenidas. En términos competitivos, esa distancia entre posesión y producción ofensiva explica buena parte del retroceso.
La preocupación se agrava porque River es, hasta aquí, el único equipo de la Liga Profesional que todavía no marcó en el Clausura. Sí anotó en Copa Argentina, aunque quedó eliminado frente a Aldosivi, pero en el torneo local sigue en cero. Ese dato no solo alimenta la lectura estadística, también impacta en la tabla y en el margen de error de un club que se propuso competir alto en 2026. Cuando un equipo domina tanto la pelota y aun así no convierte, el problema deja de ser circunstancial y empieza a tocar la estructura de su funcionamiento.
Refuerzos para cambiar la tendencia
La dirigencia y el cuerpo técnico intentaron responder a esa carencia con movimientos en el mercado. Thiago Almada, si se concreta su llegada, aportaría desequilibrio y remate; Ángel Correa ofrece una versión más resolutiva, respaldada por sus 15 goles y cuatro asistencias en 27 partidos con Tigres; y Andrada suma velocidad, llegada y juventud, con tres tantos y una asistencia en 36 encuentros con Vélez. A eso se agregan dos retornos importantes para la estructura ofensiva: Rafael Borré y Lucas Beltrán, delanteros con capacidad para atacar el área con continuidad.
El desafío inmediato es que esas piezas no encajan de manera automática. Son futbolistas con perfiles distintos, trayectorias recientes diferentes y tiempos lógicos de adaptación. River necesita que esa renovación ofensiva funcione pronto, porque el problema no admite demasiada espera: mientras el equipo sigue acumulando posesión y pases, los goles no aparecen. Y sin gol, el control del partido pierde valor competitivo.
