Roberto López, montañero lucense de 58 años, vio truncada su segunda tentativa al Makalu, quinto pico más alto del mundo, debido a una afonía total que le impidió continuar a 8.000 metros. Tras una ventana de solo un mes en Nepal, el alpinista llegó al campo base avanzado a 5.700 metros y completó la aclimatación progresiva hasta los campos 3 y 4, pero la pérdida de voz, agravada por la altitud, multiplicó el riesgo y forzó el descenso.

El fracaso no impidió que López cumpliera su objetivo solidario: financió el tratamiento anual de una niña nepalesa con convulsiones a través de la asociación SERC. Esta acción, habitual en sus expediciones, demuestra cómo integra apoyo social en cada ascenso sin alterar su foco principal.
Resiliencia ante la altitud
El caso revela la fragilidad de los planes en el Himalaya: un error logístico en 2025 y ahora una afección respiratoria evidencian que, incluso con supervisión personal y experiencia previa en ochomiles como el Masnalu, el cuerpo impone límites impredecibles. López, que planea otro pico en 2027 sin repetir Makalu, muestra una estrategia adaptativa que prioriza seguridad y continuidad deportiva sobre la obstinación.
