El paddock de Fórmula 1 en Spa-Francorchamps vivió una jornada atípica dominada por la final del Mundial entre España y Argentina. Mientras los monoplazas rodaban en tandas largas, la atención se desplazó hacia la camiseta de la Roja que lució Carlos Sainz y la bandera gigante con Messi y Maradona que portó Franco Colapinto. La sanción de diez posiciones que recibió el madrileño por cambiar piezas de su batería quedó en segundo plano ante el ambiente futbolero que invadió el circuito belga.

El fenómeno cruzó fronteras: Mercedes publicó una foto de George Russell con los pilotos españoles, los británicos animaron a la Roja y un italiano deseó suerte a la selección. Fernando Alonso, Sainz y Colapinto, cada uno con su estilo, convirtieron el hospitality de Williams en un foco de banderas y camisetas que captaron todas las miradas.
Logística alterada por el fútbol
Más allá del espectáculo, la final modificó planes de viaje. Numerosos trabajadores optaron por abandonar Bélgica tras la carrera para no perderse el partido, mientras otros prefirieron quedarse y esquivar el tráfico del bosque de las Ardenas. La coincidencia recordó la última vez que un Mundial y una carrera se solaparon: España conquistó su única estrella. Este cruce evidencia cómo un evento global puede eclipsar incluso la máxima categoría del automovilismo y unificar temporalmente a un paddock habitualmente fragmentado por nacionalidades y equipos.
