Donald Trump buscó insertarse en la ceremonia de entrega de medallas de la final del Mundial en Nueva York, compartiendo el palco con Gianni Infantino y acercándose al césped para cargar el trofeo junto al presidente de la FIFA. La reacción del público fue inmediata: abucheos claros durante la presentación inicial y de nuevo al distribuir las medallas a los jugadores españoles. Rodri intentó apartarlo de la foto oficial del capitán levantando la copa, pero Trump resistió hasta que Infantino lo condujo a un lateral.

El episodio contrasta con las declaraciones de Trump solo once días antes en la cumbre de la OTAN en Ankara, donde tachó a España de “aliado terrible” y exigió al secretario del Tesoro cortar todo comercio y visitas. Esa incoherencia entre el rechazo verbal y la insistencia por aparecer en la victoria española expone una táctica de visibilidad personal que genera rechazo incluso entre públicos ajenos a la política estadounidense. Jugadores como Borja Iglesias cumplieron el protocolo sin entusiasmo, mientras Cuti Romero evitó el saludo por completo. La selección repitió las fotos sin intrusos, dejando claro que el protagonismo forzado de Trump no alteró el resultado deportivo ni la percepción del público presente.
