En la final del Mundial 2026, el apretón de manos entre Donald Trump y Pedro Sánchez disolvió las previsiones de un choque diplomático en el palco del MetLife Stadium. Tras las duras críticas del estadounidense en la cumbre de la OTAN sobre el gasto español en defensa, el gesto evidenció cómo un entorno deportivo neutral puede suavizar fricciones bilaterales sin necesidad de declaraciones formales.

La disposición protocolaria, con Infantino como eje y los líderes repartidos a ambos lados, reforzó la presencia institucional española pese a la menor afluencia de aficionados. Sánchez centró su atención en el resultado sobre el césped más que en el reparto de honores, demostrando que la imagen de unidad proyectada superó las expectativas de confrontación y abrió espacio para futuras distensiones.
