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Van de Zandschulp expone la fragilidad de los favoritos en un US Open cada vez más abierto

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La victoria de Botic Van de Zandschulp sobre Alex de Miñaur, séptimo del mundo, por 6-4, 7-5 y 6-2 en 2 horas y 42 minutos no es únicamente una de las grandes sorpresas del actual US Open. Es también un recordatorio incómodo para la élite del tenis: en los Grand Slams, la distancia entre un jugador instalado entre los diez mejores y un rival situado fuera de los principales focos puede desaparecer cuando se combinan una jornada de inspiración, un contexto sin presión y una preparación irregular del favorito.

El neerlandés, de 30 años y situado en el puesto 70 del ranking, ha construido una reputación singular. No sostiene durante toda la temporada la regularidad necesaria para competir de manera estable con los mejores, pero posee una potencia de saque y una agresividad desde el fondo capaces de alterar cualquier partido cuando encuentra confianza. Ya había derrotado a Rafael Nadal en la Copa Davis de 2024, en el encuentro que cerró la carrera profesional del español, y eliminó a Carlos Alcaraz en la segunda ronda del US Open de ese mismo año. Ahora ha añadido a De Miñaur a una lista que explica por qué su presencia en los cuadros grandes produce cautela incluso entre cabezas de serie consolidados.

Un resultado contundente, no una victoria accidental

La contundencia del marcador importa tanto como el nombre del derrotado. Van de Zandschulp no sobrevivió a un partido errático ni se benefició de un abandono: ganó los tres sets, resolvió el segundo parcial en un momento que podía haber modificado el encuentro y aceleró hasta el 6-2 final. Para un tenista de su perfil, esos detalles son decisivos. Su juego está construido sobre márgenes estrechos: golpes muy profundos, intercambios tomados pronto y una disposición a asumir riesgos que, en días de baja precisión, puede traducirse en dobles faltas y errores no forzados. Contra De Miñaur, esos riesgos produjeron presión sostenida sobre uno de los competidores más rápidos y fiables del circuito.

El australiano llegó a Nueva York con un contexto menos sólido de lo que su ranking sugería. Tras Wimbledon detuvo su actividad para casarse con la tenista británica Katie Boulter y, en la gira norteamericana previa al US Open, obtuvo cinco triunfos en ocho partidos. Alcanzó los cuartos de final de Washington, pero no acumuló resultados que indicaran una progresión clara antes del último Grand Slam de la temporada. Esa secuencia no invalida su categoría, pero sí muestra la diferencia entre estar disponible para competir y llegar con el ritmo competitivo necesario para resistir a un rival que juega liberado.

El ranking ordena la temporada, pero no garantiza un partido

La primera conclusión que deja esta eliminación es que el ranking ATP cumple una función útil, aunque limitada. Resume resultados acumulados durante 52 semanas; no mide de manera exacta la forma de los últimos quince días, el desgaste físico, la adaptación a una superficie o la capacidad de un jugador para elevar su nivel en una noche concreta. De Miñaur era el séptimo cabeza de serie por méritos sostenidos y por una trayectoria que incluía tres cuartos de final en Nueva York, dos de ellos en las dos ediciones anteriores. Van de Zandschulp, en cambio, partía desde una posición mucho más modesta. Sin embargo, el ranking no podía neutralizar la diferencia de iniciativa observada sobre la pista.

Este fenómeno afecta a la lectura pública de los torneos. Cuando un favorito pierde pronto, la explicación rápida suele oscilar entre dos extremos: se presenta al vencedor como una revelación definitiva o al derrotado como un jugador en crisis. Ninguna etiqueta describe por completo este caso. El neerlandés ya había alcanzado los cuartos de final del US Open de 2021 tras superar la fase previa y los octavos de final de Wimbledon en 2022; no es un desconocido sin antecedentes. A la vez, sus resultados posteriores muestran que esas cumbres no se han convertido en continuidad. Su valor competitivo reside precisamente en esa contradicción: tiene tenis para derribar a figuras de primer nivel, pero no siempre para encadenar cuatro o cinco partidos con la misma autoridad.

La presión transforma el rendimiento de los jugadores intermedios

Hay una segunda lectura más profunda: el sistema de presión de los Grand Slams favorece de forma particular a los jugadores que llegan sin una expectativa externa elevada. Van de Zandschulp afrontó el duelo con escasa obligación reputacional. Perder ante el número siete del mundo habría sido un desenlace convencional; ganar le ofrecía una oportunidad de reposicionarse en el circuito. Esa asimetría permite golpear con mayor libertad, atacar segundos servicios y aceptar fallos puntuales sin que el partido quede condicionado por la ansiedad.

Para De Miñaur, el escenario era inverso. Su condición de top 10, sus anteriores cuartos de final y la ausencia de varios recorridos previsibles en la parte alta del cuadro elevaban la expectativa de una semana larga. Cuando un favorito no logra imponer su patrón en los primeros compases, esa obligación puede convertirse en una carga táctica. Un jugador como Van de Zandschulp busca justamente ese momento: si su adversario empieza a jugar con prudencia, gana tiempo para desplegar su potencia; si intenta responder con agresividad, aumenta el riesgo de precipitación. El segundo set, cerrado por 7-5, fue el punto de inflexión de esa dinámica.

El caso también sirve para matizar una idea extendida sobre la experiencia. De Miñaur cuenta con una estructura competitiva estable, un equipo consolidado y una mayor regularidad en las rondas decisivas. Van de Zandschulp posee menos garantías, pero también menos hábitos conservadores cuando entra en una racha positiva. En el tenis de cinco sets, esa volatilidad puede ser un defecto en torneos de larga duración y, al mismo tiempo, un arma letal para destruir la previsibilidad de un favorito en las primeras rondas.

Lo que pierde De Miñaur y lo que gana el torneo

Para De Miñaur, la derrota supone más que la pérdida de una oportunidad inmediata. Nueva York era una plaza especialmente significativa dentro de su calendario: sus tres presencias en cuartos de final, incluidas las dos anteriores, indicaban una relación favorable con el torneo y con la pista dura estadounidense. Quedar eliminado antes de la tercera ronda interrumpe esa tendencia y deja interrogantes sobre la gestión de su calendario posterior a Wimbledon. No se trata de cuestionar una pausa personal legítima, sino de reconocer que la preparación competitiva tiene consecuencias visibles cuando el margen entre los aspirantes se estrecha.

El impacto sobre el ranking dependerá de los puntos que defendía exactamente y de los resultados de sus competidores directos, pero el daño más inmediato es deportivo: pierde una ocasión para convertir consistencia en autoridad de Grand Slam. Para los jugadores situados entre los puestos cinco y diez, cada gran torneo es una ventana para consolidar estatus frente a una generación de aspirantes y frente a los campeones que concentran la mayor atención mediática. Las derrotas tempranas no borran una temporada, pero pueden impedir que esa regularidad se traduzca en la percepción de un candidato real al título.

El US Open, por su parte, gana incertidumbre. Los grandes torneos viven de sus estrellas, pero también de partidos que rompen el guion. Una eliminación como esta abre zonas del cuadro, modifica cargas físicas y obliga a otros cabezas de serie a reconsiderar sus rutas hacia la segunda semana. Para la organización, las televisiones y los patrocinadores, la salida de un top 10 reduce una referencia reconocible; para los aficionados, crea una narrativa competitiva menos previsible. Ambos efectos conviven: la industria necesita nombres estables, pero el producto deportivo conserva valor porque ningún nombre tiene blindada la clasificación.

La oportunidad no equivale todavía a una resurrección

El siguiente compromiso de Van de Zandschulp será ante el belga Zizou Bergs o ante Jesper de Jong, compatriota y compañero suyo de selección. Ese cruce plantea una prueba distinta a la que superó contra De Miñaur. Frente a un favorito, el neerlandés podía construir su partido desde la liberación y la sorpresa. Frente a un rival de rango más cercano, deberá administrar otra clase de exigencia: la expectativa de aprovechar el impulso, la obligación de proponer y el posible desgaste emocional después de una actuación de máxima intensidad.

Esta diferencia permite formular una tercera idea: las grandes victorias no siempre son indicadores fiables de una recuperación sostenida. En el tenis profesional, vencer a una figura de élite otorga puntos, ingresos, visibilidad y confianza, pero la consolidación exige repetir conductas bajo condiciones cambiantes. Van de Zandschulp ha dado previamente “pinceladas” de enorme nivel, como sus cuartos de final neoyorquinos de 2021 y su recorrido en Wimbledon 2022. Lo que ha faltado no es un techo competitivo, sino la frecuencia con la que alcanza ese techo y la capacidad de protegerlo cuando el rival ya no lo subestima.

El mercado del tenis premia la regularidad, aunque necesita irrupciones

Desde una perspectiva de industria, los resultados como este explican una tensión estructural del circuito. Los premios, el ranking y la distribución de atención favorecen al jugador capaz de rendir semana tras semana. Esa lógica protege a figuras como De Miñaur, cuya posición se apoya en la suma de actuaciones consistentes. Pero el interés comercial y narrativo de los Grand Slams también depende de profesionales capaces de desafiar esa jerarquía. El “matagigantes” alimenta audiencias, abre espacio a mercados nacionales menos dominantes y ofrece a patrocinadores una historia de ascenso rápido.

Para los tenistas situados fuera del top 50, la relevancia económica de una victoria así es considerable. Avanzar rondas en un Grand Slam modifica la bolsa de premios, mejora las posibilidades de acceso directo a torneos futuros y puede facilitar acuerdos de patrocinio que no llegan con buenos partidos aislados en circuitos menores. Sin embargo, esa oportunidad contiene un riesgo: convertir una victoria excepcional en una identidad pública puede aumentar las expectativas sin resolver las causas de la irregularidad. El desafío del equipo de Van de Zandschulp será transformar la exposición en planificación, no en una presión añadida.

También hay una cuestión de salud competitiva para el circuito. Los calendarios extensos, los cambios de continente y la intensidad de las pistas duras aumentan la probabilidad de que la forma de los jugadores fluctúe. Los favoritos deben decidir entre competir para acumular ritmo o descansar para proteger el cuerpo; De Miñaur eligió una pausa tras Wimbledon y llegó a Nueva York con actividad limitada. No hay una fórmula universal. Una temporada sobrecargada puede castigar al jugador que compite demasiado, mientras que una interrupción puede dificultar la recuperación de automatismos ante rivales que llegan con más partidos acumulados.

La tercera ronda medirá si la sorpresa altera el cuadro

El resultado contra De Miñaur no convierte automáticamente a Van de Zandschulp en aspirante al título, pero sí obliga a tomarlo en serio como factor de desestabilización. Si supera la tercera ronda, su triunfo dejará de leerse como un episodio aislado y empezará a condicionar la parte del cuadro que ocupaba el australiano. Si cae de inmediato, se confirmará el patrón que ha marcado su carrera: capacidad para alcanzar picos extraordinarios sin continuidad suficiente para pintar el cuadro entero.

La lección más relevante para los próximos días del US Open es menos espectacular que el marcador, pero más útil: ningún cuadro se analiza sólo por la clasificación. La forma reciente, la carga emocional, la adaptación a la pista y la libertad táctica pueden desplazar de golpe la ventaja teórica. De Miñaur tendrá que reconstruir su preparación y defender su condición de élite en los torneos posteriores; Van de Zandschulp deberá demostrar que su victoria puede ser el inicio de una secuencia. Entre ambos caminos se juega una de las verdades centrales del tenis actual: la jerarquía existe, pero en los Grand Slams debe volver a ganarse partido a partido.

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