La trayectoria de Viviana Silva ilustra cómo una formación profesional en contabilidad puede combinarse con una disciplina urbana emergente para abrir espacios en competiciones internacionales. Nacida en Chaupicruz y residente largo tiempo en El Condado, Quito, Silva obtuvo su título en la Universidad Católica antes de dedicarse por completo al parkour. Su participación en mayo pasado en la Copa Mundial de Montpellier, donde finalizó en el puesto 13 entre 19 competidoras en la modalidad speed, marca el primer registro de una ecuatoriana en este circuito organizado por la Federación Internacional de Gimnasia.
El cambio desde la equitación hasta el parkour respondió a limitaciones prácticas de espacio y tiempo en Quito. La necesidad de desplazarse hasta Puembo para entrenar contrastó con la accesibilidad de estructuras urbanas como las de la Universidad Central o la Politécnica Salesiana. Esta transición refleja patrones comunes entre atletas latinoamericanos que adaptan prácticas importadas a entornos con infraestructura limitada.
![]()
Formación académica como base para la movilidad internacional
El título de contadora permitió a Silva acceder a una maestría en gestión de negocios en Rouen en 2021. Esta credencial facilitó su radicación en Francia y la posterior certificación como entrenadora de parkour. En países donde el deporte carece de estructuras profesionales consolidadas, la combinación de estudios superiores y práctica atlética funciona como pasaporte para mercados laborales más amplios. El caso contrasta con trayectorias puramente deportivas que enfrentan mayores barreras migratorias.
Expansión de comunidades femeninas en contextos diferenciados
En Francia la comunidad de traceuses supera en tamaño y recursos a la ecuatoriana. Silva señala que allí existen gimnasios especializados y atletas que viven exclusivamente del parkour como profesores o competidores. En Ecuador los grupos siguen dependiendo de iniciativas individuales, como el colectivo Nuna Warmi que sobrevivió a la interrupción causada por la pandemia. La diferencia de escala afecta directamente las oportunidades de patrocinio y visibilidad mediática para las mujeres que practican la disciplina.
El intento fallido de crear Traceuses de Ecuador durante la crisis sanitaria revela vulnerabilidades organizativas. Sin financiamiento estable ni espacios seguros, los proyectos de inclusión femenina pierden continuidad. Esta situación genera un círculo donde la escasa participación reduce la presión para mejorar infraestructura, perpetuando la brecha con países europeos.
Implicaciones para el desarrollo del parkour en América Latina
La clasificación de Silva en Montpellier ofrece datos concretos sobre el nivel actual: 13 de 19 plazas indica presencia pero también distancia respecto a las líderes en técnica de saltos y aterrizajes. La preferencia por la modalidad speed, que prioriza recorridos cronometrados sobre acrobacias, permite a atletas con estilos más terrestres competir sin enfrentar la exigencia de mortales que domina el freestyle. Esta elección estratégica podría replicarse en otros países donde la tradición de capoeira o movimientos corporales similares ofrece ventajas diferenciadas.
La incorporación de elementos latinos en rutinas, como los pasos de capoeira probados en Besanzón, introduce diversidad estética que los jueces reconocen aunque no siempre premian. El circuito mundial tiende a valorar patrones estandarizados de movimiento, lo que plantea un dilema para traceuses que buscan preservar identidad cultural dentro de formatos competitivos rígidos.
Perspectivas de atletas, familias y federaciones
Para las familias ecuatorianas que priorizan la obtención de un título antes del deporte profesional, la historia de Silva valida esa secuencia. Los padres insistieron en completar estudios, decisión que luego habilitó la maestría y la certificación en Francia. Desde la perspectiva de las federaciones nacionales, la ausencia de programas estructurados de parkour en Ecuador limita el acceso a clasificatorias continentales y reduce el número de atletas capaces de acumular experiencia internacional temprana.
Los propios practicantes en Quito destacan la Universidad Central como espacio óptimo por su variedad de obstáculos. Sin embargo, el acceso intermitente a campus universitarios genera inestabilidad en los horarios de entrenamiento colectivo. Esta dependencia de espacios prestados contrasta con los centros dedicados que operan en Francia y condiciona el ritmo de progreso técnico.
Riesgos de lesiones y sostenibilidad económica
El parkour sobre asfalto implica impactos repetidos que aumentan la probabilidad de lesiones en tobillos y rodillas. En contextos sin seguros médicos específicos para atletas amateurs, una fractura puede interrumpir tanto la práctica como la capacidad de generar ingresos mediante clases. Silva combina su rol de profesora con un empleo como analista de negocios en París, estrategia que mitiga riesgos pero exige compatibilizar dos agendas exigentes.
La aspiración de regresar al circuito mundial en 2027 junto con Ricardo Espinosa requiere financiamiento para viajes y preparación. Sin patrocinadores locales consolidados, los atletas ecuatorianos dependen de recursos personales o familiares, lo que restringe la participación sostenida y eleva el riesgo de abandono prematuro entre quienes carecen de respaldo económico.
Proyecciones hacia 2030
El crecimiento de gimnasios independientes en Ecuador sugiere que en los próximos años podría consolidarse una base de practicantes suficiente para alimentar selecciones nacionales. Si las universidades amplían el acceso permanente a sus instalaciones y se establecen convenios con federaciones, el número de traceuses clasificadas a eventos internacionales podría duplicarse. No obstante, la falta de políticas públicas que reconozcan el parkour como disciplina deportiva oficial sigue siendo el principal obstáculo estructural.
La experiencia de Silva demuestra que la combinación de educación superior, certificación internacional y redes comunitarias puede compensar la ausencia de sistemas nacionales maduros. Este modelo, replicable en otros países de la región, ofrece una ruta alternativa al camino tradicional de becas deportivas que rara vez cubre disciplinas urbanas emergentes.
