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Buitrago y Van Aert convierten el maillot de la montaña en una disputa por la versatilidad

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La declaración de Santiago Buitrago en la meta de Loja no fue una fórmula de cortesía hacia Wout van Aert. Al reconocer que “no es fácil pelear” contra uno de los mejores corredores del mundo por el maillot de la montaña de La Vuelta, el colombiano puso nombre a una transformación que altera tanto la lectura deportiva de la carrera como el valor de sus clasificaciones secundarias. El líder de Bahrain Victorious conserva el jersey de lunares, tradicional emblema del escalador, pero ya no compite solamente contra especialistas de la subida: se enfrenta a ciclistas capaces de puntuar en puertos, sobrevivir en jornadas quebradas y rematar con velocidad.

La etapa con final en Loja, Granada, deja por tanto una realidad abierta. Buitrago llega a ella como referencia de la montaña y con la obligación de administrar energía en una prueba de tres semanas. Van Aert, por su parte, representa un perfil distinto: clasicómano, esprínter resistente, rodador y corredor de escapadas. Esa combinación le permite disputar puntos en terrenos que antes separaban con mayor claridad a los aspirantes al maillot de la montaña de los candidatos a etapas, de la regularidad o de la clasificación por puntos.

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La lucha ya no se decide solo en los grandes puertos

El sistema de puntuación de la montaña premia la posición en las cimas categorizadas, pero su efecto real depende del diseño de cada etapa y de quién consigue entrar en las fugas. En una gran vuelta, un corredor puede acumular puntos no solo imponiéndose en una llegada de alta montaña, sino pasando primero por ascensiones de menor entidad integradas en recorridos de media montaña. Esa diferencia resulta decisiva cuando los favoritos de la clasificación general reservan sus esfuerzos para los finales más selectivos y dejan espacio a las escapadas.

Ahí aparece la ventaja competitiva de un corredor como Van Aert. No necesita dominar una subida larga al ritmo de los mejores escaladores para ser peligroso. Le basta con llegar a los puertos en una escapada bien formada, regular el esfuerzo en terreno ascendente y aprovechar su potencia en repechos, descensos o grupos reducidos. Su capacidad para recuperar velocidad después de una ascensión le da una vía adicional para puntuar y, eventualmente, ganar la etapa. Es una amenaza diferente de la que plantea un escalador puro: no busca únicamente desnivel; busca escenarios donde el desnivel se combine con táctica.

Buitrago, en cambio, parte de una especialización que sigue siendo muy valiosa. El bogotano tiene la eficiencia aeróbica, la ligereza y la experiencia en puertos prolongados que exige una carrera montañosa. Su reto consiste en convertir esa superioridad teórica en puntos concretos. Para ello deberá seleccionar fugas viables, evitar esfuerzos improductivos y decidir cuándo conviene proteger el liderato y cuándo atacar para ampliar una ventaja. Un maillot de la montaña se puede perder tanto por una mala jornada como por una acumulación de pequeñas concesiones en etapas aparentemente secundarias.

El nuevo prestigio de una clasificación históricamente ambigua

La clasificación de la montaña siempre ha vivido una tensión entre dos interpretaciones. Una la concibe como el premio al mejor escalador de la prueba; la otra, como una competición independiente de puntos cuya lógica puede favorecer a corredores de fuga sin aspiraciones a la general. Las dos lecturas tienen fundamento. Un vencedor de la clasificación general suele subir mejor que nadie durante tres semanas, pero su calendario de riesgos, la vigilancia entre equipos y la necesidad de controlar a rivales directos pueden impedirle pelear cada cima. El especialista del maillot, en cambio, puede orientar su carrera entera a ese objetivo.

La irrupción de figuras versátiles añade una tercera lectura: el jersey puede convertirse en el premio al corredor más adaptable al recorrido. Esa mutación no es necesariamente una degradación. En el ciclismo contemporáneo, las fronteras técnicas son menos rígidas. Los esprínteres de élite necesitan superar cotas para llegar a las llegadas masivas; los escaladores trabajan la explosividad para disputar bonificaciones; los clasicómanos se preparan para resistir desniveles que hace una década los habrían descartado. La frase de Buitrago resume ese cambio: “los esprinters suben y los escaladores esprintan”.

El fenómeno se aprecia en las carreras de una semana y en las grandes vueltas. La profesionalización de la nutrición durante el esfuerzo, el análisis de potencia, la especialización de las bicicletas y la planificación del calendario han reducido parte de las barreras entre perfiles. No las han eliminado: un corredor de 70 kilos no afronta igual un puerto de alta montaña que uno de 58, y un escalador puro no posee por norma la aceleración de un velocista. Pero el recorrido moderno ofrece cada vez más zonas grises, especialmente en jornadas con ascensiones cortas, repechos encadenados y finales tras descensos técnicos.

La batalla táctica entre Bahrain Victorious y los equipos de los todoterreno

La pugna no se resolverá únicamente entre las piernas de Buitrago y Van Aert. La composición de las fugas, el interés de los equipos de la general y la disposición de los compañeros tendrán una influencia directa. Bahrain Victorious debe decidir qué valor estratégico concede al maillot. Defenderlo puede aportar exposición, cohesión interna y una recompensa deportiva importante, pero también puede obligar a Buitrago a desgastarse en etapas que quizá le convendría emplear para buscar una victoria parcial o conservar fuerzas.

Para el equipo del colombiano, la ecuación cambia según la situación de la clasificación general. Si no tiene un líder con opciones reales de podio, el maillot de la montaña y las victorias de etapa adquieren mayor peso como balance de la carrera. En ese contexto, enviar a Buitrago a las fugas puede ser una decisión coherente. Si el ciclista está llamado a apoyar otro objetivo o acusa el desgaste de la primera semana, defender cada punto podría convertirse en una carga. La montaña premia la agresividad, pero las grandes vueltas castigan la repetición de esfuerzos máximos.

Van Aert y su estructura tienen una flexibilidad distinta. Un corredor con su perfil puede partir de una fuga, trabajar para un compañero o disputar una llegada según el desarrollo de la etapa. Esa versatilidad ofrece ventajas, aunque también genera conflictos de prioridades. Si su equipo necesita proteger a un candidato a la general, su margen para entrar en aventuras ofensivas se reduce. Si el belga aspira a etapas y a otros maillots, deberá evitar que una ambición excesiva fracture su recuperación. La aparente abundancia de opciones puede convertirse en dispersión.

El desgaste invisible puede inclinar la clasificación

La afirmación de Buitrago sobre la dureza del día siguiente revela el elemento más importante de esta disputa: el tiempo. En una etapa aislada, Van Aert puede igualar o superar a muchos escaladores en una subida determinada. En tres semanas, la repetición de puertos, los traslados, el calor, la alimentación y la recuperación nocturna establecen otra jerarquía. Un maillot de la montaña no se conquista solo con picos de potencia; exige conservar la capacidad de producirlos después de múltiples jornadas de desgaste.

Esta es la primera conclusión relevante: la versatilidad amplía el grupo de candidatos, pero no elimina la ventaja de la especialización en el acumulado. Buitrago puede estar menos capacitado para ganar un sprint de un grupo reducido, pero dispone de una herramienta esencial para la última semana: la capacidad de rendir cuando el desnivel acumulado ha vaciado las reservas de corredores más pesados. Si las etapas decisivas incluyen puertos largos, altitud, calor o sucesiones de ascensiones sin largos valles de recuperación, su perfil vuelve a ganar centralidad.

La segunda conclusión es que la clasificación depende cada vez más del valor relativo de cada punto. En recorridos con abundancia de cotas puntuables de categorías bajas, un corredor explosivo puede construir una renta considerable antes de la alta montaña. Eso obliga al líder a calcular con precisión: ignorar un puerto de tercera categoría puede parecer razonable, pero repetir esa cesión durante varios días transforma una ventaja confortable en una situación de persecución. Los directores deportivos ya no pueden tratar el maillot como un objetivo simbólico; deben modelar los puntos disponibles y anticipar qué etapas favorecen a cada rival.

La tercera es comercial y afecta a la propia carrera. Una clasificación con nombres de perfiles diversos resulta más atractiva para la audiencia porque amplía los momentos competitivos de la jornada. El espectador no tiene que esperar al último puerto para encontrar un conflicto relevante: una fuga temprana, una cota intermedia o un descenso pueden modificar el orden del maillot. Para La Vuelta y sus patrocinadores, esa intensidad distribuida aumenta el interés narrativo. El riesgo es que el sentido histórico del jersey se diluya si los mejores escaladores quedan sistemáticamente fuera de la pelea.

Entre la pureza del escalador y el atractivo del espectáculo

Existe una discusión legítima sobre si el reglamento debe proteger con mayor claridad la identidad de la clasificación de la montaña. Los defensores de una reforma proponen otorgar una diferencia mucho mayor de puntos en los puertos de máxima categoría o en las llegadas en alto. Su argumento es simple: si el maillot debe identificar al mejor escalador, las ascensiones más exigentes deberían pesar de forma desproporcionada. Bajo ese modelo, un corredor fuerte en repechos no podría compensar con facilidad su menor rendimiento en los grandes puertos.

Los partidarios del sistema abierto responden que la clasificación no necesita ser una réplica de la general ni un campeonato reservado a un único biotipo. Señalan que las fugas dan protagonismo a equipos con menos recursos y permiten que corredores fuera de la lucha por el podio tengan un objetivo tangible. Además, una montaña puntuable en distintos tipos de etapas anima la competición desde lejos y recompensa la lectura táctica. La presencia de Van Aert en la pelea ilustra precisamente ese atractivo: la confrontación entre perfiles diferentes obliga a Buitrago a correr, no solo a esperar.

Ambas posiciones contienen una advertencia útil. Una reforma que concentre demasiado la puntuación en las cimas más duras podría reducir la batalla por el maillot a los mismos nombres de la clasificación general. Mantener una distribución excesivamente plana, en cambio, puede convertir el premio en un resultado desconectado de la escalada de élite. La solución más equilibrada no pasa necesariamente por cambiar reglas de inmediato, sino por ajustar la ponderación al diseño de cada edición y hacer más transparente para el público la lógica de los puntos en juego.

Loja abre una semana de decisiones, no una sentencia

La próxima secuencia de etapas determinará si la rivalidad se mantiene como duelo directo o atrae a nuevos aspirantes. Buitrago necesita recuperar, como él mismo señaló, y llegar con piernas frescas a las jornadas de mayor desnivel. No le bastará con marcar a Van Aert: deberá vigilar a corredores de fuga que puedan sumar puntos sin la exposición mediática del belga. Van Aert, a su vez, tendrá que elegir cuidadosamente los días en que atacar. Perseguir todas las oportunidades sería incompatible con la recuperación requerida para sostener una carrera de tres semanas.

También será decisiva la conducta del pelotón de la general. Cuando los equipos de los aspirantes al triunfo final permiten margen a una escapada, la clasificación de la montaña suele cambiar con rapidez. Cuando endurecen la carrera desde lejos, los puntos más valiosos quedan al alcance de los escaladores de primer nivel. Esta dependencia revela que el maillot no vive en una burbuja: es una clasificación autónoma en el reglamento, pero subordinada en la práctica a los intereses de quienes compiten por el trofeo principal.

El mayor riesgo para Buitrago no es únicamente perder un sprint en la cima frente a Van Aert. Es quedar atrapado en una defensa reactiva que consuma sus reservas y le impida aprovechar el terreno donde realmente puede marcar diferencias. El riesgo para Van Aert es inverso: confiar en su amplitud de recursos y pagar en la última semana el coste de demasiadas fugas y demasiados esfuerzos explosivos. La carrera de Loja ha mostrado que el maillot de lunares ya no pertenece por derecho adquirido a un tipo de ciclista; lo conservará quien interprete mejor cuándo escalar, cuándo reservar y cuándo convertir cada punto en una inversión para el final de La Vuelta.

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