El Real Mallorca protagonizó una de las grandes sorpresas de su regreso a Son Moix al imponerse por 3-0 al París Saint-Germain de Luis Enrique. El resultado adquiere mayor valor por el contraste entre ambos equipos: el conjunto francés llegaba como bicampeón de Europa, mientras el Mallorca afrontaba una nueva etapa marcada por el descenso y una profunda renovación.

Un triunfo construido desde la intensidad
El PSG comenzó con iniciativa, especialmente a través de Kvaratskhelia, pero el Mallorca no se dejó intimidar. Su presión, velocidad y determinación por las bandas equilibraron pronto el duelo. Luvumbo abrió el marcador tras una asistencia de Jan Virgili, en una acción que reflejó la ambición de un equipo dispuesto a competir sin complejos.
Virgili fue el gran protagonista de la primera parte. El extremo catalán amplió la ventaja con una precisa vaselina después de combinar con Darder y Fuentes, y convirtió su actuación en una declaración de intenciones ante una grada que le pidió que se quedara. El Mallorca no solo resistió al campeón europeo: lo obligó a defender durante largos tramos y cerró el primer tiempo con una superioridad evidente.
El tercer gol llegó al inicio de la segunda mitad, con un centro medido de Álex Sala que Raíllo transformó de cabeza. A partir de ese momento, el PSG perdió el control y el Mallorca administró el encuentro con personalidad. Antonio Sánchez rozó el cuarto y Fuentes tuvo otra ocasión clara, mientras el conjunto parisino apenas inquietó, salvo por un disparo de Mayulu detenido por el ‘Pichu’ Cuéllar.
El marcador no debe ocultar que el PSG presentó una alineación condicionada por los descansos y las rotaciones, pero sí confirma el impacto inmediato del nuevo Mallorca. La victoria combina eficacia ofensiva, intensidad y conexión con la afición, tres señales especialmente relevantes para un equipo que busca reconstruir su identidad. Luvumbo recibió el MVP, aunque el triunfo fue, sobre todo, una actuación colectiva de alto nivel.
