El torneo celebrado en Estados Unidos, México y Canadá concluyó el 19 de julio con la victoria de España, pero las semanas posteriores han estado marcadas por un intenso debate sobre el papel de la FIFA en contextos geopolíticos complejos. Gianni Infantino optó por responder a través de redes sociales, invitando a la reflexión y defendiendo el ambiente pacífico que, según él, predominó en las dieciséis sedes. Su intervención no se limitó a replicar críticas puntuales sobre arbitraje o visados, sino que situó el evento dentro de una narrativa más amplia de unión entre naciones enfrentadas.
Para comprender el alcance de esta postura conviene remontarse a las decisiones que precedieron al torneo. La elección de tres países norteamericanos como anfitriones ya implicaba desafíos logísticos y políticos distintos a los de ediciones anteriores. La presencia de una selección iraní en territorio estadounidense reavivó tensiones diplomáticas históricas entre Teherán y Washington, especialmente tras años de sanciones y restricciones migratorias. Al mismo tiempo, la designación de un árbitro somalí que finalmente no pudo ingresar al país añadió otra capa de fricción con las políticas de visado norteamericanas.

Raíces históricas de la politización del fútbol
La relación entre fútbol y política no es nueva. Desde los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 hasta el Mundial de Argentina en 1978, las grandes competiciones han servido como escenarios donde los gobiernos proyectan poder blando. En el caso de Qatar 2022, las acusaciones de deportaciones laborales y falta de libertades sindicales generaron un precedente que los críticos del torneo norteamericano retomaron con rapidez. Infantino, al mencionar el ingreso sin incidentes de Irán, parece buscar contrarrestar esa línea argumental recordando que el fútbol puede funcionar como puente incluso cuando las cancillerías mantienen posturas rígidas.
Sin embargo, el silencio sobre las quejas iraníes respecto a los visados y sobre la exclusión del árbitro somalí Omar Artan revela una estrategia selectiva. La FIFA ha preferido destacar los aspectos positivos de la logística mientras evita confrontar directamente las decisiones soberanas de Estados Unidos. Esta aproximación recuerda la postura adoptada durante el Mundial de Rusia 2018, cuando la organización evitó pronunciarse sobre la anexión de Crimea para no comprometer la continuidad del evento.
Repercusiones en la diplomacia deportiva
El mensaje de Infantino subraya que el fútbol puede contribuir a reducir divisiones entre países en conflicto. No obstante, los casos concretos del torneo de 2026 muestran límites claros. La intervención del presidente Donald Trump para anular la expulsión de Folarin Balogun introdujo un elemento de injerencia política directa en las reglas del juego, algo que los organismos deportivos internacionales suelen rechazar en público. Al calificar de “curioso” que las críticas provengan de naciones donde prácticas similares son habituales, Infantino insinuó una equivalencia moral que muchos observadores consideraron problemática.
En términos prácticos, esta dinámica podría afectar la credibilidad de la FIFA como árbitro neutral en futuras candidaturas. Países que enfrentan sanciones internacionales podrían verse incentivados a presentar candidaturas conjuntas con potencias occidentales para sortear restricciones de visado, pero también podrían surgir nuevas tensiones si las federaciones locales perciben que la organización prioriza la imagen de unidad por encima de la defensa de derechos de sus delegaciones.
Consecuencias para la gobernanza futura del fútbol
A largo plazo, la respuesta de Infantino apunta a un modelo donde la FIFA se presenta como entidad por encima de las disputas nacionales. Esta narrativa choca con la realidad de que los grandes torneos dependen de infraestructuras y marcos legales proporcionados por los países anfitriones. Cuando esos marcos entran en conflicto con las selecciones participantes, como ocurrió con los visados iraníes o la prohibición al árbitro somalí, la organización se encuentra ante un dilema entre defender sus principios de universalidad o aceptar las condiciones impuestas por el Estado receptor.
El precedente de 2026 podría influir en las candidaturas para 2030 y 2034. Federaciones europeas y sudamericanas ya han expresado reservas sobre la concentración de eventos en Norteamérica y Asia, argumentando que la distribución geográfica afecta tanto al acceso de aficionados como a la equidad competitiva. Si la FIFA insiste en priorizar mensajes de unidad sin abordar las restricciones concretas que sufren ciertas delegaciones, el riesgo de boicots parciales o de menor participación de árbitros y oficiales de países sancionados aumenta.
Además, la creciente intervención de líderes políticos en decisiones arbitrales o disciplinarias, como la protagonizada por Trump, plantea interrogantes sobre la autonomía del deporte. Históricamente, la FIFA ha defendido la independencia de sus reglamentos frente a presiones externas, pero el caso Balogun muestra que esa independencia puede verse erosionada cuando el anfitrión es una potencia con capacidad de influir en el desarrollo del torneo. Las federaciones más pequeñas podrían interpretar esta situación como una señal de que las reglas se aplican de forma desigual según el peso político de cada nación.
Perspectivas de evolución en el ecosistema futbolístico
El mensaje de Infantino sobre la necesidad de amor frente al odio y de tolerancia frente a la división busca reposicionar la narrativa tras un torneo que, pese a su éxito de audiencia, dejó un saldo de controversias no resueltas. Sin embargo, el fútbol profesional depende cada vez más de acuerdos comerciales y de la estabilidad geopolítica de sus sedes. Si las críticas se centran únicamente en el tono de las publicaciones en redes sociales y no en los mecanismos institucionales que permitieron las restricciones de visado o la injerencia política, el debate podría repetirse en ediciones futuras con mayor intensidad.
En este sentido, el torneo de 2026 marca un punto de inflexión donde la FIFA debe decidir si profundiza su papel de mediador diplomático informal o si refuerza los protocolos internos para proteger la integridad arbitral y la igualdad de condiciones entre participantes. La experiencia de Irán y Somalia sugiere que, sin cambios estructurales, los mensajes de unidad seguirán coexistiendo con exclusiones puntuales que erosionan la percepción de neutralidad del organismo rector del fútbol mundial.
