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El regreso de Gamero reabre una vieja pregunta en Millonarios: por qué los segundos ciclos rara vez terminan mejor

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Alberto Gamero vuelve a Millonarios en uno de los momentos de mayor presión reciente para el club. Su regreso no ocurre desde la nostalgia ni como una apuesta de transición: llega con el antecedente de haber conquistado la estrella del torneo 2023-I, precisamente contra Atlético Nacional, y con la obligación inmediata de devolver al equipo a los primeros lugares. En las dos últimas Ligas, Millonarios ni siquiera logró entrar entre los ocho mejores, una caída competitiva que explica la magnitud de la expectativa alrededor de su retorno.

La historia del club muestra que los regresos de entrenadores no han sido excepcionales. Gabriel Ochoa Uribe, Jorge Luis Pinto, Luis Augusto “Chiqui” García, Miguel Ángel “Nano” Prince, Norberto Umaña, Eduardo Retat y Hernán Torres forman parte de una secuencia de técnicos que tuvieron más de una etapa en el banquillo azul. El balance es desigual: hubo títulos, campañas internacionales relevantes, clasificaciones valiosas y también salidas abruptas, conflictos internos y proyectos que se agotaron rápidamente.

Ese recorrido permite formular una pregunta más exigente que la habitual discusión sobre si un técnico “conoce la casa”: ¿qué condiciones deben cambiar para que un segundo ciclo no sea simplemente una repetición del primero? En Millonarios, la respuesta no depende únicamente de la capacidad del entrenador. También intervienen el estado de la plantilla, la relación con los directivos, el margen para renovar el grupo y la forma en que la hinchada transforma los recuerdos exitosos en una exigencia permanente.

El precedente más poderoso: Ochoa convirtió el regreso en una era, no en una revancha

El caso de Gabriel Ochoa Uribe es el argumento más sólido a favor de los regresos. Se estrenó como técnico de Millonarios y ganó su primera estrella en 1959. Un año después renunció tras una derrota en casa contra Unión Magdalena, cuando el equipo ocupaba el octavo puesto entre doce participantes. La directiva llamó a Julio Cozzi, pero su rendimiento no convenció y Ochoa fue convocado nuevamente.

La segunda oportunidad produjo el tramo más exitoso de su relación con el club: tres campeonatos consecutivos, en 1961, 1962 y 1963. La salida de comienzos de 1964 estuvo marcada por un conflicto con los dirigentes alrededor de la contratación de Marino “Pintuco” Aguirre. No se trató, por tanto, de un fracaso deportivo que invalidara su trabajo, sino de una ruptura en la relación de poder entre entrenador y administración.

Ochoa volvió en octubre de 1970 y obtuvo la décima estrella en 1972. Además, condujo al equipo a dos semifinales de la Copa Libertadores, en 1973 y 1974. Su último retorno, en 1977, no alcanzó el mismo nivel. La trayectoria deja una primera conclusión: un regreso puede ser extraordinariamente productivo cuando el club no solo recupera al técnico, sino que también reconstruye un entorno compatible con su método y le entrega una estructura competitiva suficiente.

La lección no es que la familiaridad garantice títulos. Ochoa logró sus mejores resultados en el segundo y tercer periodos porque las circunstancias deportivas y dirigenciales permitieron que su autoridad se tradujera en continuidad. El cuarto ciclo, en cambio, no repitió la fórmula. La memoria del éxito ayudó a abrirle la puerta, pero no pudo sustituir las condiciones materiales que habían hecho posible aquella etapa.

El regreso de Gamero reabre una vieja pregunta en Millonarios: por qué los segundos ciclos rara vez terminan mejor

La mayoría de los regresos produjo competitividad, pero no estabilidad

Jorge Luis Pinto tuvo tres etapas en Millonarios y su balance muestra una constante: sus equipos fueron capaces de competir, pero no siempre de sostener el rendimiento en los momentos decisivos. En 1984 fue subcampeón y perdió el título en la última fecha del octogonal, tras caer 1-0 contra Junior en Barranquilla. La eliminación en la fase de grupos de la Libertadores de 1985 y la imposibilidad de disputar las bonificaciones del primer torneo de ese año provocaron su salida.

Su regreso de 1998, después del turbulento paso de Francisco Maturana, alcanzó los cuadrangulares y las semifinales de la recién creada Copa Merconorte. Sin embargo, el flojo primer semestre de 1999 volvió a costarle el puesto. En 2019, reemplazó a Miguel Ángel Russo y estuvo cerca de llevar al equipo a la final del primer torneo: una derrota inesperada contra América en la última fecha del cuadrangular acabó con esa posibilidad. En el segundo campeonato, los problemas internos terminaron debilitando el proyecto.

El caso de Pinto evidencia que el resultado de un regreso no se explica solo por la posición final en la tabla. En tres momentos distintos, sus equipos alcanzaron fases relevantes, pero la eliminación puntual o la crisis interna pesaron más que el rendimiento acumulado. Para una institución sometida a una evaluación semanal, llegar cerca del objetivo puede ser insuficiente si la expectativa se construye alrededor del título.

El “Chiqui” García presenta una combinación distinta. En su primer periodo, iniciado en 1987, ganó los títulos de 1987 y 1988 y tenía al equipo clasificado para la final de 1989, torneo que fue cancelado. También llevó a Millonarios hasta los cuartos de final de la Libertadores de ese año, en una serie polémica contra Nacional. En su regreso del segundo semestre de 1999, el club alcanzó un invicto de 29 fechas en el fútbol colombiano, 23 de ellas con García como entrenador, aunque el equipo se desinfló en los cuadrangulares semifinales.

Su tercera etapa, entre 2001 y 2002, produjo la única corona internacional de Millonarios: la Copa Merconorte de 2001. Pero el rendimiento en la Liga local fue insuficiente. Su último periodo, entre 2009 y 2010, terminó de manera calamitosa. La paradoja es evidente: un entrenador puede asociarse con récords y trofeos históricos y, aun así, cerrar su relación con el club por una etapa posterior negativa.

El recuerdo ayuda a regresar, pero también eleva el umbral de tolerancia

Miguel Ángel Prince tuvo una primera etapa en 1992, cuando asumió una situación crítica tras el mal comienzo de Moisés Pachón, incluida la histórica derrota 3-7 contra Santa Fe. Prince levantó al equipo y lo clasificó a los cuadrangulares durante dos años consecutivos. En 1996 volvió para reemplazar a Vladimir Popovic y, apoyado en una base de divisiones menores y en el breve paso exitoso de Ricardo Lunari, condujo a Millonarios al subcampeonato y a la clasificación para la Libertadores.

No alcanzó a dirigir esa competencia. El pésimo comienzo de la temporada 1996/97, con quince fechas sin ganar, provocó su salida. En 2006 regresó y clasificó al equipo a los cuadrangulares semifinales en el primer semestre, pero el arranque irregular del segundo torneo terminó con su ciclo. Prince muestra cómo una etapa positiva puede ser utilizada como capital político para un nuevo regreso, aunque ese capital se consume con rapidez cuando no aparecen resultados.

Norberto Umaña alcanzó los octavos de final de la Libertadores en su primera etapa, en 1997, y quedó fuera de la final de la Liga por diferencia de goles. Volvió en 2000, reemplazó a Jaime Rodríguez y alcanzó la final de la Merconorte, que perdió contra Nacional. No entrar a las finales locales de ese año y un inicio débil en 2001 terminaron con su segundo proceso.

Hernán Torres ofrece el ejemplo más reciente de una vuelta condicionada por un éxito anterior. Después de haberle dado a Millonarios una estrella tras 24 años de espera, regresó el año pasado para sustituir a David González. El peso de la expectativa era considerable, pero el equipo no entró a las finales. El mal comienzo de 2026 precipitó su salida y abrió espacio para Fabián Bustos. En este caso, el título previo no funcionó como garantía de autoridad indefinida; por el contrario, convirtió cada mal resultado en una comparación directa con el pasado.

La primera conclusión crítica es que la memoria en Millonarios opera en dos direcciones. Protege al entrenador durante la negociación de su regreso, porque sus logros anteriores ofrecen credibilidad, pero al mismo tiempo reduce el margen de tolerancia. La hinchada no compara al técnico retornado con cualquier antecesor: lo mide contra su mejor versión, contra el título que ya ganó y contra la posibilidad de repetirlo rápidamente.

Gamero regresa con una ventaja real y un riesgo mayor

Gamero dispone de un activo que no todos los técnicos de la lista tuvieron: su vínculo más reciente con Millonarios está asociado a un campeonato relativamente cercano y a una identidad futbolística reconocible. La estrella de 2023-I no es un recuerdo remoto. Es el último título que aparece en el escudo y el punto de referencia con el que los hinchas evalúan el presente. Su retorno, por eso, tiene una legitimidad deportiva que trasciende el afecto.

Pero esa misma ventaja puede transformarse en un problema. El entrenador no vuelve para iniciar una relación con el club, sino para responder por la distancia entre aquel campeón y el equipo que quedó fuera de los ocho en las dos últimas Ligas. Si la plantilla conserva parte de la base anterior, deberá demostrar que existe capacidad de renovación competitiva. Si fue modificada de manera profunda, Gamero tendrá que reconstruir automatismos y jerarquías sin disponer necesariamente de un periodo largo de adaptación.

La segunda conclusión es que el éxito del retorno dependerá menos de la cantidad de jugadores conocidos que de la posibilidad de corregir los factores que deterioraron el ciclo previo. Un entrenador familiarizado con la institución puede ahorrar tiempo en la comunicación y entender mejor la presión externa, pero también puede heredar vicios, relaciones desgastadas y decisiones de mercado tomadas bajo criterios de continuidad emocional. Sin cambios estructurales, el regreso corre el riesgo de convertirse en una operación sentimental con fecha de vencimiento.

Para la dirección del club, la responsabilidad es especialmente alta. Llamar de nuevo a un técnico exitoso puede ser una decisión razonable, pero no debe utilizarse para desplazar la discusión sobre la conformación del plantel, la gestión de lesiones, la política de contrataciones o la estabilidad del proyecto deportivo. La experiencia de Ochoa demuestra que los dirigentes pueden potenciar un segundo ciclo; la de García, Prince, Umaña y Torres confirma que el nombre del entrenador no compensa por sí mismo las debilidades institucionales.

La disputa invisible: resultados inmediatos contra construcción de proyecto

Los aficionados tienen un argumento legítimo: Millonarios es un club grande y dos torneos consecutivos sin entrar entre los ocho constituyen un retroceso difícil de aceptar. Desde esa perspectiva, el regreso de Gamero debe producir una respuesta rápida. La clasificación a las fases finales no sería un logro extraordinario, sino el punto mínimo para recuperar la normalidad competitiva.

La administración, sin embargo, puede sostener que el rendimiento no depende únicamente del entrenador. Un proyecto requiere tiempo para ajustar la nómina, integrar jóvenes y reemplazar referentes. El conflicto aparece cuando el club comunica una apuesta de mediano plazo, pero mantiene decisiones de corto plazo: si se contrata a un técnico identificado con una etapa ganadora, la opinión pública exigirá resultados desde las primeras jornadas, no al final de un proceso de reconstrucción.

Los jugadores también enfrentan una presión específica. El retorno de Gamero puede reordenar jerarquías, modificar roles y elevar la competencia interna. Para los futbolistas que participaron en el título de 2023, el regreso será una oportunidad de recuperar confianza, pero también una prueba de que no viven únicamente de aquel campeonato. Para los jóvenes, puede significar continuidad si el entrenador apuesta por la base, aunque cualquier error será interpretado dentro de la urgencia por volver a ganar.

La tercera conclusión es que Millonarios necesita definir qué considera éxito en este retorno. Si el único indicador es el título inmediato, incluso una campaña sólida puede ser presentada como fracaso. Si se establecen metas escalonadas —volver a los ocho, competir por el campeonato, recuperar consistencia defensiva y consolidar una plantilla—, el club tendrá mejores herramientas para separar un proceso de una crisis. La transparencia en esos objetivos no elimina la presión, pero reduce la arbitrariedad con la que suelen evaluarse los ciclos técnicos.

Qué puede ocurrir a partir de ahora

El escenario más favorable es que Gamero recupere rápidamente la organización colectiva que caracterizó a su equipo campeón, aproveche el conocimiento de la institución y encuentre una plantilla con suficiente equilibrio entre experiencia y renovación. En ese caso, la clasificación a los cuadrangulares podría funcionar como primer punto de estabilización y abrir la puerta a una pelea real por el título.

Un segundo escenario, más ambiguo, es el de una mejora parcial: Millonarios vuelve a competir, pero sin alcanzar la final. Ese resultado podría ser interpretado de dos maneras. Para algunos, demostraría que el club salió del deterioro reciente; para otros, confirmaría que el regreso no reprodujo el nivel de 2023. La reacción dependerá de la calidad del juego, de la distancia respecto del campeón y de la manera en que se produzcan las eliminaciones.

El riesgo más alto es que el equipo no mejore en el corto plazo y la nostalgia se convierta en un mecanismo de desgaste. Cada derrota alimentaría la comparación con el título anterior, mientras los dirigentes quedarían atrapados entre sostener a un técnico al que ellos mismos fueron a buscar o admitir que la fórmula del retorno no resolvió el problema de fondo. También existe el peligro de que se atribuya toda la responsabilidad a Gamero y se postergue la revisión de la política deportiva.

La historia de Millonarios sugiere que los regresos pueden ganar campeonatos, récords e incluso la única copa internacional del club, pero no producen estabilidad de manera automática. Ochoa fue la excepción más brillante porque sus retornos estuvieron acompañados por condiciones competitivas favorables. La mayoría de los demás casos terminó mostrando que el pasado puede abrir una puerta, pero no garantiza que el presente esté preparado para cruzarla.

Gamero vuelve, entonces, con una oportunidad excepcional y una carga proporcional. Su desafío no consiste únicamente en volver a ser campeón, sino en demostrar que el título de 2023 puede convertirse en el punto de partida de una nueva etapa y no en el último capítulo de una relación marcada por la repetición. Para Millonarios, el verdadero examen será comprobar si aprendió algo de sus anteriores regresos. Si no lo hizo, el club habrá recuperado un nombre conocido, pero seguirá sin resolver la pregunta esencial: cómo construir un equipo capaz de sostener el éxito cuando la memoria deja de jugar a favor.

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