El VAR y Di Carlo

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La jugada anulada en el empate 1-1 entre Platense y Boca no quedó como una simple incidencia reglamentaria. Terminó convertida en un caso de lectura política, de sensibilidad institucional y de exposición pública del arbitraje argentino. La revisión que invalidó el segundo gol de Luciano Giménez, por una mano previa considerada de inmediatez, abrió una discusión más amplia: qué se revisa, hasta dónde se retrocede y quién fija el umbral de intervención cuando una acción altera el resultado de un partido.

El punto más sensible no fue solo la decisión de Lucas Novelli desde el VAR, sino la secuencia elegida para justificarla. Jorge Baliño no fue al monitor porque la intervención se resolvió como un hecho factual, pero Martín Palermo sostuvo que el análisis debió retroceder también a la mano previa de Dylan Gorosito. Ese matiz técnico es central: en el fútbol moderno, la diferencia entre una revisión aceptada y una revisión cuestionada suele residir menos en la norma escrita que en la consistencia con la que se aplica. Cuando esa consistencia falla, el debate deja de ser arbitral y se vuelve reputacional.

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La reacción de Stefano Di Carlo, presidente de River, al darle “me gusta” a una publicación con las críticas de Palermo, agrega una capa que ya no pertenece al juego sino al ecosistema del fútbol argentino. En redes sociales, una acción mínima puede ser leída como toma de posición. No prueba una conspiración ni modifica el resultado, pero sí revela algo verificable: los dirigentes entienden que la disputa por el sentido del arbitraje también se libra en la esfera pública. En un entorno donde cada gesto se archiva y se interpreta, la neutralidad digital empieza a tener valor político.

Hay un primer aprendizaje de fondo que va más allá de este partido. El VAR no elimina la controversia; la desplaza. Antes, la discusión se concentraba en el juez de campo. Hoy se distribuye entre asistentes, sala de revisión, criterios de intervención y edición mental del espectador, que intenta reconstruir qué tramo de la jugada importa realmente. La tecnología redujo algunos errores groseros, pero amplificó un problema más delicado: la expectativa de precisión total. Cuando esa expectativa no se cumple, la sospecha crece con más fuerza que antes, porque el sistema prometió objetividad y entregó interpretaciones.

En ese contexto, la queja de Palermo tiene eficacia porque toca un nervio sensible: la sensación de que la revisión no siempre avanza hacia atrás con el mismo rigor. Si el contacto previo de Giménez con la pelota se volvió decisivo, ¿por qué la mano inicial de Gorosito no recibió el mismo tratamiento? Esa pregunta no necesita de una teoría conspirativa para ser relevante. Basta con aceptar que el arbitraje contemporáneo se sostiene sobre cadenas de causalidad cada vez más finas, y que una pequeña diferencia de criterio puede torcer no solo una jugada, sino la confianza en el sistema.

El impacto para los clubes es concreto. Para Platense, la anulación del gol significó perder la posibilidad de administrar una ventaja que ya parecía consolidada. Para Boca, el empate final alivió el costo deportivo de una acción que pudo haberlo dejado en desventaja. Para River, la publicación de Di Carlo exhibe cómo un club rival puede capitalizar simbólicamente una controversia ajena sin necesidad de intervenir de manera formal. Ese tipo de conductas, habituales en la era de las redes, refuerzan una dinámica peligrosa: cada decisión arbitral se convierte en insumo de disputa entre hinchadas, dirigentes y comentaristas, lo que eleva la temperatura del torneo y vuelve más difícil cualquier corrección técnica serena.

También hay una lectura institucional menos visible pero más importante. Cuando un presidente de club aparece asociado a un gesto sobre una polémica arbitral que involucra a terceros, aunque sea por una reacción en redes, el sistema queda expuesto a una percepción de alineamientos cruzados. No hace falta que exista un acuerdo explícito para que el público vea intereses. En el fútbol argentino, donde la credibilidad del arbitraje ya arrastra años de desgaste, esa percepción basta para agravar el problema. La institución arbitral necesita no solo ser correcta, sino parecer consistentemente transparente, porque en este terreno la confianza es un activo frágil.

Hay datos comparativos que ayudan a dimensionar el fenómeno. Las ligas que incorporaron VAR hace más de una década, como la Premier League o la Bundesliga, no eliminaron las polémicas, pero sí aprendieron a blindar mejor sus protocolos, con explicaciones públicas más sistemáticas y criterios de intervención relativamente estables. Incluso así, los debates persisten cuando la jugada entra en zonas grises: manos involuntarias, contactos previos, interpretaciones sobre inmediatez. El caso Platense-Boca encaja en esa zona intermedia donde la regla existe, pero su aplicación abre más preguntas que respuestas. Allí es donde se juega la legitimidad del sistema.

La discusión futura no debería limitarse a si la mano de Giménez era sancionable o si la de Gorosito debió ser considerada antes. La cuestión de fondo es otra: qué nivel de explicabilidad necesita el arbitraje para no quedar rehén de la sospecha permanente. Si la revisión es suficiente para invalidar un gol, pero insuficiente para convencer a jugadores, técnicos y público, el fútbol seguirá acumulando una brecha entre la decisión técnica y la aceptación social. Esa brecha es hoy el riesgo principal. No compromete solo un partido; compromete la autoridad de cada decisión que dependa de un monitor.

La secuencia deja además una advertencia para los dirigentes. La tentación de usar las polémicas como capital discursivo es alta, sobre todo cuando el rival o un tercero aparece beneficiado o perjudicado. Pero esa estrategia tiene un costo: alimenta el cinismo general y reduce el margen para exigir mejoras reales. Si todo error se interpreta como maniobra, se vuelve más difícil pedir protocolos claros, capacitación arbitral o trazabilidad en las revisiones. El ruido permanente puede servir para la batalla del día, pero degrada el terreno donde se corrigen los problemas de verdad.

Lo que quedó expuesto en Avellaneda, o más precisamente en la secuencia entre Platense y Boca, es una verdad incómoda para el fútbol argentino: el VAR no está fallando solo como herramienta, sino como narrativa institucional. Mientras no logre explicar con nitidez por qué una jugada se corta en un punto y no en otro, seguirá produciendo una sospecha doble. La primera, sobre el criterio técnico. La segunda, sobre las intenciones que cada actor le atribuye al sistema. En ese clima, un simple “me gusta” ya no es una anécdota menor; es una señal de cómo se discute poder en el fútbol actual.

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