Keyne, hermano menor de Lamine Yamal, se ha convertido en foco de atención durante el Mundial. Con menos de cuatro años, sus gestos y celebraciones circulan por televisiones y redes sin que medie su consentimiento. Las cámaras lo localizan en cada partido, transformando su presencia en material de entretenimiento.

La situación revela una brecha legal clara. En España la legislación protege la anonimato infantil y limita el uso comercial de menores, mientras que el Mundial en Estados Unidos opera con reglas más permisivas. La madre de ambos, Sheila Ebana, alimenta perfiles propios con imágenes de sus hijos, amplificando la visibilidad antes incluso de que llegara el torneo.
Keyne ya apareció en una campaña publicitaria de una cadena de hamburguesas. La Fiscalía de Menores suele actuar ante sobreexposiciones con fines mercantiles que afecten el desarrollo del niño. Aunque el caso actual no alcanza extremos graves, marca un precedente que cuestiona dónde termina el interés familiar y empieza la explotación mediática.
La paradoja es evidente: se debate restringir redes sociales a menores de 16 años por salud mental, pero se tolera que adultos utilicen a un niño de tres años como reclamo de likes y contratos. Keyne no es figura pública; es un menor que merece crecer al margen de teleobjetivos. La reflexión sobre los límites de la exposición infantil resulta ineludible.
