La defensa pública de Joseph Blatter a favor de que una mujer asuma la presidencia de la FIFA introduce un elemento nuevo en una sucesión que, hasta ahora, parecía dominada por la continuidad de Gianni Infantino. El expresidente del organismo no se limitó a reclamar una mayor presencia femenina: señaló directamente a Lise Klaveness, exfutbolista y actual presidenta de la Federación Noruega de Fútbol, como una posible dirigente capaz de encarnar ese cambio. La propuesta llega después de la retirada del proyecto FIFA Forward Enterprise y en un momento en que varias confederaciones y federaciones nacionales han expresado una pérdida de confianza en Infantino.
La relevancia de esta intervención no reside únicamente en el nombre sugerido. También revela que el debate sobre el futuro de la FIFA se está desplazando desde la gestión de torneos y recursos hacia la legitimidad del modelo de poder. Una eventual candidatura femenina podría ser presentada como una renovación institucional, pero su recorrido dependerá de alianzas entre confederaciones, de la capacidad para construir una mayoría electoral y de la voluntad de afrontar intereses comerciales y geopolíticos que exceden ampliamente la cuestión de género.
Una señal de cambio con capacidad para ampliar el debate
La llegada de una mujer a la presidencia de la FIFA tendría un impacto simbólico evidente. El fútbol mundial continúa siendo una estructura dirigida mayoritariamente por hombres, pese al crecimiento de la participación femenina en el deporte, la expansión de las competiciones de mujeres y el aumento de la inversión en sus ligas. Una presidenta podría reforzar la percepción de que la máxima institución del fútbol está dispuesta a corregir una desigualdad histórica y a incorporar experiencias distintas en la toma de decisiones.
Ese efecto no sería meramente reputacional. La presencia de una mujer al frente del organismo podría acelerar políticas relacionadas con la profesionalización del fútbol femenino, la protección de las jugadoras, la conciliación, la prevención del acoso y la distribución de recursos entre competiciones. También abriría la posibilidad de revisar cómo se seleccionan las sedes, cómo se evalúan los conflictos de interés y qué mecanismos de rendición de cuentas se aplican a los altos cargos.
Sin embargo, la elección de una presidenta no garantizaría por sí sola una transformación. El poder real de la FIFA se reparte entre el Consejo, las confederaciones continentales, las asociaciones nacionales y las redes comerciales que sostienen los grandes torneos. Si el cambio se redujera a sustituir a un dirigente por una dirigente sin modificar la transparencia financiera, el sistema electoral ni la supervisión independiente, la novedad podría convertirse en una operación de imagen. El género de la persona elegida sería importante, pero no suficiente para medir la renovación.

Klaveness aporta credibilidad, pero también fricciones
Klaveness reúne atributos que pueden resultar atractivos para quienes reclaman una dirección más crítica con las decisiones de la FIFA. Su trayectoria como futbolista le permite hablar desde el conocimiento directo del terreno de juego, mientras que su experiencia al frente de la Federación Noruega le proporciona una perspectiva institucional. Blatter destacó precisamente que, a su juicio, fue la dirigente que mantuvo una postura clara sin dejarse arrastrar por la corriente dominante.
Su posicionamiento sobre la exclusión de Israel de las competiciones internacionales por la guerra de Gaza, así como sus críticas a determinadas decisiones de la FIFA y a Infantino, pueden fortalecer su imagen entre sectores que desean que el organismo adopte una posición más exigente en materia de derechos humanos. También pueden convertirla en una figura capaz de canalizar el descontento de federaciones europeas que se han mostrado especialmente preocupadas por la concentración de poder y por el rumbo comercial de la organización.
La misma independencia que le proporciona visibilidad puede convertirse en un obstáculo electoral. La FIFA agrupa a 211 asociaciones nacionales con intereses políticos, económicos y deportivos muy diferentes. Una posición firme sobre un conflicto internacional podría ser interpretada por algunas federaciones como una defensa de principios y por otras como una politización del fútbol. El precedente de debates sobre Rusia, Ucrania, Israel y otros asuntos demuestra que las sanciones deportivas rara vez generan consenso mundial.
Además, la opinión de Blatter no equivale a una candidatura formal. El exdirigente conserva notoriedad, pero su propio legado está asociado a una etapa de profundas controversias de gobernanza y a la crisis que desembocó en su salida. Su respaldo puede ayudar a colocar a Klaveness en el centro de la conversación, aunque también podría ofrecer munición a quienes quieran presentar su eventual campaña como vinculada a estructuras del pasado. La dirigente noruega necesitaría definir con precisión su propia agenda y evitar que su proyecto quedara subordinado a la intervención de su predecesor.
El fracaso de FFE cambia el equilibrio de poder
La cancelación de FIFA Forward Enterprise constituye el contexto más inmediato de la crisis. La iniciativa pretendía crear una filial controlada por la FIFA y abrir la puerta a inversores privados para participar en activos vinculados a torneos como el Mundial o el Mundial de Clubes. La oposición de la CONMEBOL, la CONCACAF y la AFC, seguida de la advertencia de la UEFA y sus 55 federaciones miembros de no participar en competiciones FIFA si el proyecto continuaba, mostró los límites de una estrategia que no contaba con respaldo suficiente entre los principales actores continentales.
La retirada evita, al menos por ahora, una confrontación que habría podido paralizar el calendario internacional y provocar pérdidas económicas considerables. Para las selecciones y los clubes, la suspensión reduce el riesgo inmediato de boicots, litigios y conflictos contractuales. También ofrece a la FIFA la oportunidad de rediseñar cualquier plan de financiación con consultas más amplias, reglas de transparencia y garantías sobre el destino de los ingresos.
Pero el retroceso puede tener un coste político. Si las confederaciones interpretan que la propuesta fue abandonada únicamente por la presión pública, podrían concluir que la dirección de la FIFA intenta ampliar sus competencias sin un acuerdo institucional previo. En ese caso, el episodio no sería un accidente aislado, sino una prueba de que el modelo de liderazgo vigente tiene dificultades para generar confianza. La elección presidencial de 2027 quedará inevitablemente vinculada a esta discusión, aunque los votantes también valorarán los ingresos distribuidos, la estabilidad de los torneos y la influencia internacional de cada región.
Existe asimismo un riesgo comercial. La FIFA necesita recursos para financiar competiciones, programas de desarrollo y ayudas a las federaciones. La apertura a capital privado podía aumentar la capacidad de inversión, pero planteaba preguntas sobre el control de los activos, el reparto de beneficios y la posible influencia de los inversores en el calendario deportivo. Cancelar el proyecto elimina esas dudas en el corto plazo, pero no resuelve la presión financiera ni la búsqueda de nuevas fuentes de ingresos. Un futuro liderazgo deberá demostrar que puede atraer inversión sin convertir el interés comercial en el criterio dominante.
La elección puede convertirse en un plebiscito institucional
El mayor desafío para una candidatura alternativa será convertir el malestar en una coalición organizada. Las críticas de la UEFA, de la Federación Inglesa y de la Federación Alemana tienen peso mediático y deportivo, pero la elección de la FIFA exige negociar con asociaciones de todos los continentes. Europa puede impulsar una figura de ruptura, pero no dispone por sí sola de los votos necesarios. África, Asia, América del Sur, CONCACAF y Oceanía buscarán garantías sobre financiación, plazas en los torneos, desarrollo de infraestructuras y presencia en los órganos de decisión.
Una candidatura de Klaveness tendría que responder a una pregunta central: qué significa exactamente cambiar el liderazgo. Si su programa se limita a oponerse a Infantino, será vulnerable a la acusación de representar una coalición negativa. Para consolidarse, necesitaría proponer un sistema claro de control sobre operaciones comerciales, límites a la concentración de competencias, publicación de contratos relevantes, mecanismos de protección para denunciantes y una relación más equilibrada entre la FIFA y las confederaciones.
También debería abordar la tensión entre principios universales y neutralidad política. Defender los derechos humanos puede mejorar la legitimidad del fútbol, pero aplicar criterios distintos a países con aliados diferentes alimentaría acusaciones de doble rasero. La FIFA necesitaría reglas públicas, verificables y aplicables a todos los casos, con procedimientos de investigación independientes y derecho de audiencia. Sin ese marco, una presidenta podría heredar el mismo problema que sus antecesores: la presión para pronunciarse sobre conflictos internacionales sin contar con instrumentos aceptados por toda la membresía.
Un cambio de liderazgo no elimina la incertidumbre
La principal incertidumbre es que todavía no se conoce la lista real de candidatos ni el calendario definitivo de alianzas. El respaldo de federaciones críticas puede diluirse si Infantino logra recomponer relaciones, presenta un nuevo plan comercial más consensuado o utiliza la capacidad de la FIFA para distribuir recursos como argumento de continuidad. La retirada de FFE puede ser interpretada como una derrota, pero también como una pausa táctica antes de formular una iniciativa diferente.
Para clubes y jugadores, una disputa prolongada entre la FIFA y las confederaciones implicaría riesgos concretos: calendarios más inestables, negociaciones sobre derechos audiovisuales, incertidumbre en los formatos de las competiciones y posibles conflictos sobre la liberación de internacionales. Las federaciones con menos recursos podrían quedar atrapadas entre bloques rivales, especialmente si las ayudas económicas se convierten en un instrumento de presión electoral.
Para el fútbol femenino, el debate ofrece una oportunidad y una advertencia. Una presidenta podría situar sus necesidades en el centro de la agenda, pero también existe el peligro de que se utilice su candidatura como símbolo sin compromisos presupuestarios verificables. La credibilidad se medirá por decisiones concretas: calendarios protegidos, mejores condiciones laborales, inversión sostenida y participación de las jugadoras en las políticas que afectan a sus competiciones.
El episodio confirma que la FIFA se aproxima a una elección más abierta y políticamente sensible de lo previsto. La posibilidad de una mujer al frente puede renovar la imagen del organismo y estimular reformas, pero solo será una señal de cambio si va acompañada de reglas transparentes y de una coalición internacional suficientemente amplia. En los próximos meses, más que los pronunciamientos individuales, habrá que observar quién controla las alianzas continentales, qué garantías ofrece cada proyecto y si la FIFA logra transformar la retirada de FFE en un proceso real de consulta. La disputa por la presidencia será, en última instancia, una disputa sobre el tipo de institución que el fútbol mundial quiere construir.
