Robert Gesink ha vuelto a describir el ambiente que encontró cuando llegó al ciclismo profesional, una etapa en la que el dopaje formaba parte de las conversaciones y de la preparación cotidiana de numerosos equipos. En una intervención en el pódcast Bahamontes, el excorredor neerlandés aseguró que recibió propuestas para utilizar sustancias dopantes, pero decidió rechazarlas con el apoyo de las personas de su entorno.
“Cuando me uní al pelotón el dopaje era la norma”, afirmó Gesink al recordar sus primeros años entre los profesionales. Su testimonio no constituye una acusación directa contra un corredor concreto, pero sí ofrece una descripción del clima de desconfianza que, según explicó, dominaba el pelotón a finales de la década de 2000. La presión no procedía únicamente de los resultados: también estaba relacionada con la sensación de que algunos competidores podían disponer de métodos de preparación inaccesibles para los demás.
La sospecha acompañaba cada resultado
Gesink formaba parte del equipo Rabobank, pero no se encontraba en el Tour de France de 2007 cuando Michael Rasmussen fue expulsado de la carrera. El danés, entonces líder de la prueba, fue retirado por su equipo después de que salieran a la luz incumplimientos relacionados con su localización para los controles antidopaje. Aquel episodio se convirtió en uno de los momentos más controvertidos de una edición marcada por la incertidumbre y por la crisis de credibilidad que atravesaba el ciclismo.
“No fueron los mejores años, había mucha desconfianza, envidia e incertidumbre”, recordó el neerlandés. Según su relato, cada buen resultado podía generar sospechas entre los propios corredores. “Cada vez que alguien conseguía buenos resultados los demás pensaban inmediatamente que había descubierto algo nuevo”, explicó. Esa reacción reflejaba una lógica perversa: el rendimiento excepcional dejaba de interpretarse únicamente como fruto del talento, el entrenamiento o la planificación y podía convertirse en una señal de ventaja farmacológica.
El problema, añadió, afectaba especialmente a los jóvenes que llegaban al profesionalismo. En lugar de recibir únicamente consejos sobre entrenamiento, descanso o alimentación, algunos podían encontrarse con indicaciones sobre el uso y las dosis de eritropoyetina, conocida como EPO. “En lugar de entrenar más duro, la gente también recurría a sustancias dopantes”, señaló. La afirmación sitúa la práctica no como una decisión aislada, sino como parte de una cultura que podía transmitirse entre generaciones dentro de los equipos.

El respaldo que le permitió mantenerse al margen
Gesink reconoció que, durante su juventud, llegó a pensar que tendría que hacer lo mismo que otros corredores para alcanzar el máximo nivel. “Cuando era joven pensaba que si quería ser tan bueno debía hacer lo mismo”, confesó. A su juicio, la influencia de su entorno fue decisiva para evitarlo: “Por suerte la gente que me rodeaba me ayudó a mantenerme en el buen camino”. La declaración pone el foco en la dimensión colectiva del dopaje, tanto por la presión que podía ejercer el grupo como por la protección que también podía ofrecer.
La trayectoria posterior del neerlandés reforzó el valor de aquel relato. Gesink terminó dos veces entre los diez primeros del Tour de France y se mantuvo durante casi dos décadas en el pelotón internacional. Sus resultados, precisamente por situarlo entre los mejores, también despertaron dudas en determinados sectores, pero nunca apareció relacionado con una investigación por dopaje ni fue sancionado por una infracción de ese tipo.
El caso ilustra una de las dificultades recurrentes al analizar aquella época: la ausencia de una sanción no permite reconstruir por sí sola todo lo que ocurría dentro de los equipos, pero tampoco autoriza a convertir cualquier resultado destacado en una prueba de fraude. Gesink ha defendido su decisión personal y ha descrito el contexto en el que tuvo que tomarla sin presentar su experiencia como una acusación general contra todos sus antiguos compañeros.
La influencia de los referentes
En su relato, el excorredor también destacó el papel de los líderes de cada generación. Mencionó a Michael Boogerd, uno de los principales referentes neerlandeses de su época, para explicar cómo un corredor consagrado podía orientar la carrera de un joven recién llegado. “Podría haberme apadrinado fácilmente durante mi primer campamento de entrenamiento, y lo habría seguido con entusiasmo, porque en el fondo quería ser tan bueno como él”, afirmó.
La observación ayuda a entender por qué las prácticas del pelotón podían mantenerse durante años. La autoridad de los veteranos no se limitaba a la carretera: también influía en las rutinas, las decisiones médicas y la forma de interpretar los límites aceptables. Cuando una conducta se percibe como necesaria para competir, la capacidad individual de rechazarla disminuye, especialmente en los corredores que buscan consolidarse en sus primeros contratos profesionales.
Una transformación cultural, no solo médica
Gesink se retiró en 2024 y ha podido comparar desde dentro la mentalidad de distintas generaciones. Considera que el ciclismo actual es mucho más limpio que el de sus primeros años, aunque rechaza cualquier triunfalismo. “Por supuesto que siempre habrá quienes hagan trampa”, advirtió. Su valoración coincide con la evolución de los controles, la vigilancia sobre los equipos y una preparación deportiva que concede más importancia a la nutrición, el trabajo en altura, la medición del esfuerzo y la tecnología.
La principal transformación, sin embargo, parece situarse en la cultura del rendimiento. Las ganancias marginales y la planificación científica ya existían antes, pero durante años convivieron con una normalización de la medicina aplicada al dopaje. Hoy, la mejora del entrenamiento limpio ofrece más herramientas para competir al máximo nivel y reduce, al menos en parte, la justificación de que las sustancias sean imprescindibles. El testimonio de Gesink recuerda que el cambio no se produjo de un día para otro: fue el resultado de controles más estrictos, nuevas prácticas profesionales y una modificación gradual de aquello que el pelotón estaba dispuesto a aceptar.
