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¿Podría Pogacar ganar el Tour femenino?

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La pregunta parece provocadora, pero encierra un debate mucho más serio que una comparación imposible entre dos campeones: si Tadej Pogacar compitiera como mujer, ¿ganaría el Tour de Francia femenino? La respuesta más rigurosa es que probablemente no vencería automáticamente a Marlen Reusser, aunque conservaría un talento excepcional. El motivo no está en una supuesta inferioridad deportiva de las mujeres, sino en una combinación concreta de fisiología, masa muscular, hemoglobina, años de entrenamiento y contexto competitivo.

El dato que activa la discusión procede de la contrarreloj de la Vuelta a Suiza disputada el 20 de junio. Reusser ganó los 23,7 kilómetros de Aarburgo en 29 minutos y 36 segundos. Horas después, Pogacar cubrió el mismo recorrido en 26 minutos y 38 segundos. La diferencia fue de 2 minutos y 58 segundos: aproximadamente un 10%. Es una brecha coherente con la distancia media observada entre el rendimiento masculino y femenino de elite en esfuerzos de resistencia, pero no permite convertir una sola crono en una ley universal ni calcular qué haría un individuo concreto después de cambiar de sexo biológico.

El cronómetro señala una brecha, no una respuesta

La contrarreloj es especialmente útil para comparar capacidades porque reduce la influencia de la táctica, los relevos y la dinámica de un pelotón. Aun así, el resultado depende de la posición aerodinámica, el material, el viento, la estrategia de ritmo y el estado físico de ese día. Reusser y Pogacar no afrontaron necesariamente idénticas condiciones ambientales ni utilizaron la misma configuración técnica. La diferencia cronométrica constituye, por tanto, un punto de partida, no una prueba definitiva.

La médica del Movistar Mar Sempere sitúa el asunto en su justa dimensión. En una hipótesis puramente fisiológica, una versión femenina de Pogacar tendría, tras la pubertad, más grasa corporal, menor concentración de hemoglobina, menor volumen de masa muscular y un consumo máximo de oxígeno inferior. También debería gestionar las variaciones hormonales del ciclo menstrual, el riesgo de déficit de hierro y las consecuencias de una disponibilidad energética insuficiente. Todos esos elementos pueden reducir la potencia absoluta, pero no determinan por sí solos quién gana una carrera.

El fisiológo Pedro Valenzuela aporta una precisión decisiva. Investigaciones dirigidas por José López Calbet con ciclistas y triatletas analizaron el consumo de oxígeno mientras los deportistas pedaleaban a máxima intensidad, incluso mediante catéteres en las arterias y venas femorales y biopsias musculares. La diferencia de VO2max se explicaba en gran medida por la cantidad de masa muscular activa. Cuando los datos se ajustaban a la masa muscular y no al peso corporal total, la distancia entre hombres y mujeres se reducía notablemente. El “casi” restante, sin embargo, sigue siendo relevante: alrededor de un 10% puede decidir una victoria en una prueba de media hora.

La testosterona explica una parte; la historia deportiva, otra

La testosterona marca una diferencia importante a partir de la pubertad. En los hombres favorece una mayor masa muscular, un volumen sanguíneo más elevado y una concentración superior de hemoglobina, la proteína que transporta oxígeno hacia los músculos. Más glóbulos rojos permiten sostener una producción de potencia mayor durante esfuerzos intensos. No se trata de una característica abstracta: en una crono de 29 minutos, una pequeña ventaja fisiológica acumulada puede traducirse en cientos de metros al cruzar la meta.

Pero reducir el debate a la testosterona sería un error analítico. El segundo gran factor, menos visible y probablemente subestimado, es la exposición al entrenamiento. Marlen Reusser estudió Medicina durante seis años y solo se dedicó plenamente al ciclismo desde los 27. Su rendimiento actual demuestra que el techo de una deportista no puede inferirse de la edad a la que comenzó la profesionalización. También demuestra que muchas ciclistas han llegado a la elite después de una trayectoria incompleta, con menos años de preparación estructurada que sus equivalentes masculinos.

David Barranco, entrenador del Movistar, resume el cambio de época al afirmar que el ciclismo femenino ya no es “un ciclismo de segunda”. La frase no es solo institucional. Las grandes vueltas han aumentado los kilómetros y el desnivel; las etapas reúnen más intensidad y densidad competitiva; y las ciclistas del WorldTour ya no necesitan combinar el deporte con un empleo o unos estudios. La profesionalización ha convertido el entrenamiento en una actividad de jornada completa, con mejores equipos médicos, nutrición, recuperación y planificación.

La consecuencia es una de las ideas más importantes que deja este caso: parte de la brecha histórica no era biológica, sino organizativa. Si una atleta dispone de menos años de entrenamiento, menos carreras, menos dinero y menor acceso a especialistas, su rendimiento no puede compararse limpiamente con el de un hombre formado desde adolescente en un sistema profesional. La biología fija una diferencia media; las instituciones han amplificado durante décadas esa diferencia.

Reusser representa una generación que todavía está creciendo

Reusser mide 1,80 metros, pesa menos de 70 kilos y tiene 34 años. Su perfil combina una gran capacidad aeróbica, potencia sostenida y una especialización tardía. Frente a ella aparecen corredoras como Demi Vollering, Paula Blasi o Paula Ostiz, que han acumulado antes una base de resistencia y competición. Blasi, de 23 años, procede del triatlón; Ostiz, de 19, compite en bicicleta desde las categorías infantiles. Son trayectorias distintas, y esa diversidad impide hablar de “la mujer ciclista” como si fuera un bloque homogéneo.

Mar Sempere observa además una diferencia generacional. Muchas ciclistas de más de 25 años estudiaron Fisioterapia, Psicología, Medicina o Veterinaria porque durante años no existía una carrera profesional suficientemente segura. Las más jóvenes empiezan a plantearse, después del bachillerato, si pueden dedicar un periodo completo al ciclismo. El cambio revela una oportunidad, pero también una transición todavía incompleta: las nuevas generaciones dispondrán de más tiempo de entrenamiento, aunque no necesariamente de contratos largos, salarios equivalentes o la misma infraestructura que los hombres.

Mi primera conclusión es que el crecimiento del ciclismo femenino puede cerrar más brecha de la que sugieren las comparaciones fisiológicas actuales. Si las niñas comienzan antes, si las adolescentes reciben cargas bien diseñadas y si las profesionales entrenan durante quince o veinte años con apoyo médico, nutricional y económico, aumentará el nivel medio y también el número de corredoras capaces de alcanzar resultados extraordinarios. No desaparecerá la diferencia sexual promedio, pero el rendimiento de las mejores mujeres puede acercarse mucho más a su potencial individual.

Las carreras ya no ofrecen una explicación fácil

Durante años se afirmó que las mujeres competían como los júniors: carreras con cambios bruscos, intervalos de intensidad y periodos de espera. Esa descripción ha perdido vigencia. Las etapas femeninas siguen siendo, en general, más cortas, pero suelen durar entre tres horas y media y cuatro horas y media, con ataques, ascensiones y finales tácticamente complejos. El incremento de la densidad competitiva ha obligado a entrenar para responder repetidamente a esfuerzos cercanos al límite.

Ese cambio afecta a la comparación con Pogacar. La capacidad de ganar el Tour no se decide únicamente en una contrarreloj. Cuenta la recuperación entre etapas, la tolerancia al calor, la resistencia a la fatiga acumulada, la lectura táctica, la habilidad para descender, el trabajo del equipo y la capacidad de mantener la concentración durante tres semanas. Un corredor dominante en el pelotón masculino no trasladaría automáticamente todos sus atributos a una competición femenina, porque la carrera no es un laboratorio: es una sucesión de decisiones tomadas bajo condiciones concretas.

En una carrera de vueltas, la potencia absoluta es esencial en las subidas y las cronos, pero la eficiencia relativa al peso puede alterar el resultado en la montaña. Una corredora con menos vatios totales puede ser extraordinariamente competitiva cuando la pendiente aumenta y el peso corporal tiene más influencia. Del mismo modo, una especialista como Reusser puede perder tiempo en una ascensión larga y recuperar una ventaja decisiva en una crono llana. La victoria no pertenece siempre al motor más potente, sino al conjunto más adecuado al recorrido.

El debate también cuestiona cómo se mide el talento

La hipótesis de Pogacar convertido en mujer resulta atractiva porque parece aislar el talento. En realidad, no lo hace. Cambiar el sexo biológico implicaría modificar masa muscular, hematología y potencia, pero no permitiría conservar intactos los años de aprendizaje, la estructura corporal ni la experiencia competitiva. Si se conserva su biografía deportiva masculina, la comparación es incoherente; si se reemplaza también su trayectoria por una equivalente femenina, ya no se está hablando del mismo atleta.

Ahí aparece una segunda conclusión: la discusión debería desplazarse del “¿quién ganaría?” al “¿qué condiciones producen una campeona?”. El foco en el talento individual puede ocultar el trabajo de las federaciones y los equipos. La pregunta útil para el sector es si una niña con características excepcionales dispone hoy de entrenadores especializados, calendario suficiente, seguimiento de hierro y salud menstrual, material competitivo y una vía económica sostenible. Si la respuesta varía según el país o la familia, la industria todavía está desperdiciando talento.

Las ciclistas tienen también una objeción legítima. Compararlas permanentemente con los hombres puede reforzar la idea de que su deporte necesita una validación externa. El crecimiento del Tour femenino debería medirse por la calidad de sus carreras, su audiencia, su impacto comercial y la profundidad de su participación, no solo por la distancia respecto al Tour masculino. Para los equipos, en cambio, la comparación puede servir para demostrar que la inversión produce resultados: más volumen de entrenamiento y mejores contratos ya están elevando el espectáculo.

Los organizadores y patrocinadores tienen intereses distintos. Aumentar kilómetros, premios y cobertura televisiva mejora la legitimidad de la competición, pero eleva costes y riesgos. Las corredoras necesitan más oportunidades; los equipos necesitan ingresos estables; las cadenas buscan audiencias; y los patrocinadores exigen visibilidad. El equilibrio no se resolverá únicamente con carreras más largas. Será necesario construir un calendario que permita competir sin saturar a las atletas y que distribuya mejor los recursos entre las grandes figuras y las formaciones pequeñas.

La profesionalización trae beneficios, pero también nuevas amenazas

El aumento de las cargas de entrenamiento puede producir una mejora rápida del rendimiento, aunque no es gratuito. En el ciclismo femenino existe un riesgo particular de baja disponibilidad energética: ingerir menos energía de la que exige el entrenamiento y la competición. Esa situación puede alterar el ciclo menstrual, debilitar los huesos, reducir las defensas y comprometer la recuperación. La obsesión por el peso, trasladada sin criterio desde la escalada o la montaña, puede convertir una ventaja aerodinámica aparente en una lesión de larga duración.

El hierro es otro punto crítico. Las pérdidas menstruales, la hemólisis asociada al impacto y la elevada demanda de la resistencia pueden provocar deficiencia de hierro, incluso antes de que aparezca una anemia manifiesta. Si los equipos utilizan únicamente el peso, la potencia o el VO2max para seleccionar talento, ignorarán indicadores decisivos de salud. La medicina deportiva femenina deberá dejar de ser una adaptación tardía de protocolos masculinos y convertirse en una disciplina con seguimiento específico.

También existe el riesgo de que la profesionalización profundice la desigualdad. Las corredoras de los equipos más ricos pueden contar con nutricionistas, ginecólogos, fisiólogos y análisis frecuentes, mientras las demás afrontan las mismas exigencias con menos apoyo. La brecha competitiva podría crecer dentro del propio pelotón femenino aunque se reduzca frente al masculino. El desarrollo sostenible exigirá estándares mínimos de atención médica, salarios y protección contractual, no solo más etapas televisadas.

Qué puede cambiar en la próxima década

La tendencia más probable es una nueva reducción del diferencial de rendimiento entre ambos sexos en las disciplinas de resistencia, impulsada por una base de entrenamiento femenina más temprana y extensa. Veremos más corredoras que, como Ostiz, lleguen a la elite con una década de experiencia específica; y más atletas que, como Reusser, descubran tarde un potencial que antes no podía desarrollarse por falta de tiempo o de recursos. El resultado será un pelotón más profundo, con mayor competencia por los puestos de honor.

La tecnología acelerará el proceso, aunque no eliminará la fisiología. La aerodinámica, los sensores de potencia, la modelización de la recuperación y los planes nutricionales pueden recortar segundos valiosos, pero están disponibles para hombres y mujeres. Las ganancias relativas serán mayores allí donde existía más margen de profesionalización. En ese sentido, la innovación no sustituirá a la inversión: hará más productivos los recursos cuando los equipos puedan aplicarla de manera continuada.

Respecto a la pregunta inicial, una versión femenina de Pogacar podría dominar el ciclismo femenino si mantuviera una combinación extraordinaria de talento, tolerancia al sufrimiento, inteligencia táctica y disciplina. Pero no hay base científica para afirmar que ganaría a Reusser solo por llamarse Pogacar. En una contrarreloj de media hora, la menor potencia vinculada a la fisiología femenina probablemente sería decisiva; en una gran vuelta, el recorrido, la estrategia, la experiencia y la calidad del equipo podrían alterar el pronóstico. La verdadera noticia no es que la biología siga marcando una distancia, sino que el ciclismo femenino está reduciendo con rapidez la parte de esa distancia que durante décadas fue creada por la falta de oportunidades.

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