Gianni Infantino comunicó de forma oficial que la FIFA abandona el proyecto de privatizar los derechos comerciales de los Mundiales. La decisión llegó tras el rechazo masivo de las federaciones miembro, que temían una pérdida de soberanía y un vínculo riesgoso con fondos privados vinculados al entorno de la familia Trump.

El plan FIFA Forward Enterprise pretendía vender cerca del 20 % de las acciones de una nueva sociedad anónima a inversores externos para recaudar más de 4 000 millones de dólares. Esa suma se redistribuiría entre las 211 asociaciones a través del programa FIFA Fast Forward. Sin embargo, la amenaza de boicot de las principales confederaciones europeas y americanas, sumada al retiro de los propios fondos interesados, hizo inviable la operación en menos de una semana.
Respaldo institucional debilitado
Infantino justificó la marcha atrás señalando que el proyecto había generado divisiones que ya no servían al interés original de fortalecer a las federaciones. La rapidez con la que se desactivó la iniciativa revela la fragilidad real del poder central de la FIFA frente a la presión colectiva de sus miembros. En lugar de imponer un modelo de negocio, el organismo se ve obligado a convocar diálogos futuros para evitar fracturas mayores antes del próximo Mundial.
El episodio deja en evidencia que cualquier intento de mercantilizar el torneo más importante del fútbol internacional tropieza con límites políticos y éticos que las federaciones no están dispuestas a cruzar. La FIFA deberá ahora reconstruir confianza interna sin el respaldo de los recursos extraordinarios que el proyecto prometía.
