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Infantino enfrenta una crisis política rumbo a 2027

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La pérdida sucesiva del respaldo de Gales, Serbia y Suecia coloca a Gianni Infantino ante el desafío político más serio desde que asumió la presidencia de la FIFA. No se trata todavía de una derrota electoral ni de una ruptura generalizada dentro del fútbol internacional, pero sí de una señal relevante: federaciones que antes acompañaban su continuidad ahora consideran necesario marcar distancia. En una organización cuyo poder depende en gran medida de la capacidad de construir mayorías entre asociaciones nacionales y confederaciones, la confianza política constituye un activo tan importante como los resultados económicos o la expansión de sus torneos.

El momento resulta especialmente delicado porque las elecciones están previstas para el 18 de marzo de 2027, en Rabat. Aunque falta tiempo para la votación, el calendario ya entró en una etapa en la que los apoyos comienzan a adquirir valor estratégico. Las decisiones de las federaciones británicas, nórdicas y balcánicas pueden estimular a otras asociaciones a revisar sus compromisos, sobre todo si perciben que el costo de respaldar públicamente a Infantino es mayor que el beneficio de mantener una relación cercana con la dirigencia de Zúrich.

Una señal política que trasciende tres votos

El retiro del apoyo de cada federación tiene un peso formal limitado: la elección se define en el Congreso de la FIFA, donde las asociaciones cuentan con un voto cada una. Sin embargo, su impacto político puede ser mayor que su efecto aritmético inmediato. Gales, Serbia y Suecia no solo representan tres posiciones individuales; también expresan el malestar de sectores europeos que cuestionan la forma en que se toman decisiones, se administran los proyectos comerciales y se comunican las prioridades del organismo.

La referencia repetida a problemas de gobernanza, transparencia, liderazgo y gestión de las partes interesadas muestra que la discusión dejó de centrarse exclusivamente en una iniciativa concreta. El proyecto Forward Enterprise, que buscaba incorporar inversores privados para gestionar parte de las competiciones de la FIFA, funcionó como detonante de una desconfianza acumulada. La decisión de dar marcha atrás puede evitar, en el corto plazo, una confrontación mayor, pero también expone que el plan avanzó sin el consenso suficiente entre quienes debían sostenerlo institucionalmente.

Una pancarta sobre Ceuta y Melilla reabre el debate político en un estadio de Fez

Para Infantino, el problema no consiste únicamente en recuperar adhesiones. También deberá explicar por qué un proyecto considerado estratégico fue presentado, defendido y luego retirado en un contexto de fuerte oposición. Si las federaciones interpretan ese episodio como una muestra de improvisación o de concentración excesiva del poder, cualquier nueva propuesta comercial podría enfrentar una resistencia preventiva, incluso aunque tenga fundamentos financieros sólidos.

El efecto dominó y sus límites

La eventual decisión de la Asociación Inglesa de Fútbol de retirar su respaldo elevaría considerablemente la dimensión simbólica de la crisis. Inglaterra posee una influencia histórica y mediática que supera el valor de un voto. Su alineamiento con Gales y Suecia podría reforzar la percepción de que existe un frente europeo dispuesto a exigir cambios en la conducción de la FIFA. Además, una postura británica crítica probablemente tendría eco en el debate público, en los patrocinadores y en los organismos que participan de la organización de las competiciones.

Sin embargo, el efecto dominó no debe darse por asegurado. Las federaciones nacionales evalúan también sus intereses deportivos, sus relaciones con la FIFA y el acceso a programas de desarrollo, torneos y recursos financieros. Una asociación puede expresar reservas sobre el liderazgo presidencial y, al mismo tiempo, mantener abierta la posibilidad de apoyar la reelección si obtiene garantías concretas o si no aparece una candidatura alternativa con capacidad real de competir.

La estructura electoral de la FIFA favorece precisamente esa flexibilidad. En 2019 y 2023 Infantino fue el único candidato, por lo que no hubo una competencia efectiva. El escenario actual podría ser distinto, pero para que el descontento se convierta en una amenaza electoral será necesario que surja un rival viable, con reconocimiento internacional, recursos y una plataforma capaz de reunir apoyos fuera de una sola región. Sin esa alternativa, las críticas pueden producir una negociación interna más intensa sin desembocar necesariamente en un cambio de presidente.

Más control institucional, pero también más parálisis

Uno de los posibles efectos positivos de la crisis es que obligue a la FIFA a revisar sus mecanismos de consulta y rendición de cuentas. Si las asociaciones reclaman mayor transparencia y mejor gestión, el organismo podría responder con procesos más claros para aprobar proyectos comerciales, publicar evaluaciones de impacto y establecer límites precisos a la participación de inversores privados. Un marco más sólido ayudaría a proteger los intereses de las federaciones, los jugadores y las competiciones frente a decisiones adoptadas con información insuficiente.

También podría abrirse una discusión necesaria sobre la distribución de los ingresos y sobre el equilibrio entre crecimiento económico y protección de la identidad deportiva. La FIFA necesita generar recursos para financiar programas de desarrollo, fútbol femenino, formación juvenil e infraestructura en países con menor capacidad económica. Pero la búsqueda de capital no puede desligarse de preguntas esenciales: quién asumiría los riesgos, quién controlaría los activos, cómo se repartirían los beneficios y qué garantías existirían para evitar conflictos de interés.

El riesgo es que una reacción defensiva lleve a bloquear cualquier innovación financiera, incluso aquellas que podrían ser beneficiosas si se implementan con controles adecuados. La incertidumbre política puede retrasar inversiones, complicar acuerdos comerciales y hacer más lenta la planificación de futuros torneos. Entre una expansión sin suficientes salvaguardas y una paralización absoluta existe un espacio intermedio: proyectos transparentes, auditables y sometidos a la aprobación de las partes afectadas.

La tensión con UEFA puede cambiar el tablero

La posibilidad de que la UEFA demande a la FIFA por el plan fallido añade una dimensión jurídica al conflicto. Una disputa formal podría obligar a precisar las competencias de cada institución, el alcance de los derechos comerciales y los límites de la FIFA para intervenir en la administración de competiciones. Incluso si el proceso no prosperara, sus documentos y declaraciones podrían prolongar la presión sobre Infantino y exponer diferencias que hasta ahora se negociaban en privado.

Una confrontación abierta entre la FIFA y la UEFA tendría consecuencias que exceden la carrera electoral. Europa concentra asociaciones con considerable influencia económica y deportiva, además de clubes con enorme capacidad de negociación. Si el conflicto se extiende, podrían aparecer problemas en la coordinación de calendarios, en la comercialización de torneos y en la relación con patrocinadores. Los principales perjudicados serían los aficionados y los participantes, que quedarían expuestos a decisiones superpuestas, amenazas de sanciones o cambios de última hora.

También existe una posibilidad menos negativa: que la presión conduzca a un acuerdo institucional. Una negociación entre ambas entidades podría establecer reglas más previsibles para los nuevos modelos de financiación y evitar que las competiciones se conviertan en el terreno de una disputa de poder. Para eso, las dos partes deberían aceptar controles independientes y renunciar a presentar el conflicto como una lucha personal entre dirigentes.

Los riesgos para las federaciones y el fútbol mundial

Las asociaciones que retiran su apoyo asumen ciertos riesgos. La FIFA puede seguir siendo un socio central para la financiación, la organización de torneos y la implementación de programas de desarrollo. Una relación deteriorada podría dificultar el acceso a determinados proyectos o aumentar la tensión en decisiones futuras. Aunque cualquier represalia sería políticamente costosa, las federaciones pequeñas y medianas tienen motivos para actuar con cautela: necesitan defender su autonomía sin perder canales de cooperación.

Para los jugadores, entrenadores y clubes, la incertidumbre puede traducirse en calendarios menos previsibles y negociaciones más complejas sobre competiciones internacionales. Los cambios impulsados por la FIFA, como la expansión de torneos o la búsqueda de nuevos formatos de explotación comercial, afectan directamente la carga de partidos, los descansos y la distribución de ingresos. Si las disputas institucionales se combinan con una agenda cada vez más amplia, aumentará el riesgo de saturación física y de conflictos laborales.

Los patrocinadores también observarán la evolución del caso. Las marcas buscan asociarse con organizaciones capaces de ofrecer estabilidad, alcance global y una reputación controlable. Una crisis de gobernanza puede elevar los costos de cumplimiento, exigir auditorías adicionales y reducir el atractivo de acuerdos de largo plazo. En cambio, una respuesta transparente, con investigaciones independientes y reglas públicas, podría transformar la presión actual en una oportunidad para recuperar credibilidad.

La elección dependerá de hechos, no solo de declaraciones

Durante los próximos meses, la disputa estará marcada por tres variables. La primera será la cantidad de federaciones que abandonen formalmente a Infantino y la región a la que pertenezcan. La segunda será la aparición de un candidato alternativo con capacidad de reunir apoyos en África, Asia, América y Europa, ya que una oposición concentrada en un solo bloque difícilmente alcanzaría la mayoría. La tercera será la respuesta de la FIFA a las críticas: una defensa cerrada puede consolidar a los disconformes, mientras que reformas verificables podrían recomponer parte del respaldo perdido.

La retirada de Gales, Serbia y Suecia no demuestra por sí misma que la reelección de Infantino esté en peligro. Sí confirma, en cambio, que su candidatura ya no puede apoyarse únicamente en la ausencia de rivales y en los acuerdos previos. Cada respaldo deberá ser renovado en un contexto más exigente, con preguntas sobre la gobernanza y sobre el destino de los proyectos comerciales que la dirigencia pretenda impulsar.

La principal incertidumbre reside en saber si esta crisis será el comienzo de una competencia electoral auténtica o apenas una etapa de negociación antes de un nuevo consenso. El desenlace dependerá menos de la cantidad de comunicados que de la capacidad de las federaciones para coordinar una posición y de la voluntad de la FIFA para aceptar controles que limiten la discrecionalidad presidencial. Si el organismo logra convertir el conflicto en reformas concretas, la presión podría fortalecer su legitimidad. Si responde con confrontación o decisiones opacas, el malestar puede extenderse mucho más allá de las tres asociaciones que ya le retiraron la mano.

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