Con la subida de las temperaturas y la llegada de episodios de calor más intensos, mantener la vivienda en condiciones habitables vuelve a situarse entre las prioridades de los hogares. El aire acondicionado sigue siendo la respuesta más inmediata para combatir el calor, pero su uso continuado no siempre resulta asumible por coste, consumo eléctrico o disponibilidad. En ese contexto, el arquitecto Juan Pacheco sostiene que mantener la casa fresca sin aire acondicionado “no requiere milagros” ni obliga a grandes desembolsos, una idea que desplaza el foco hacia el diseño, la ventilación y la gestión cotidiana de los espacios.
Pacheco expuso estas pautas en el portal de la revista española Arquitectura y Diseño, donde defendió que una vivienda puede adaptarse mejor al calor si se actúa sobre los mecanismos que regulan la temperatura interior. Su planteamiento parte de una premisa básica: no todos los factores dependen de la obra o de la orientación del edificio, pero sí hay decisiones de uso y distribución que pueden amortiguar el impacto térmico de forma apreciable.

Ventilación y circulación del aire
Entre las medidas más relevantes, el arquitecto sitúa la renovación del aire interior. Su recomendación pasa por favorecer diferencias de presión dentro de la vivienda para provocar el movimiento del aire acumulado, una estrategia que permite expulsar calor retenido y sustituirlo por aire más fresco cuando las condiciones exteriores lo permiten. En la práctica, esto se traduce en aprovechar mejor puertas, ventanas y recorridos internos para que la circulación no quede bloqueada.
La ventilación cruzada aparece como una de las herramientas más eficaces dentro de ese esquema. No depende de tecnologías complejas, sino de contar con entradas y salidas de aire bien dispuestas y de saber abrir y cerrar los espacios de forma coherente a lo largo del día. La idea no es ventilar de manera indiscriminada, sino hacerlo en los momentos en que el exterior ofrece una temperatura más favorable y evitar que el aire caliente quede atrapado en el interior.
La arquitectura también pesa
Más allá de las rutinas de uso, Pacheco recuerda que hay condiciones estructurales que condicionan el comportamiento térmico de una casa. La orientación, por ejemplo, viene determinada desde el proyecto y no puede modificarse con facilidad. Sin embargo, otros elementos constructivos sí influyen en la percepción del calor. Los techos altos ayudan porque el aire caliente asciende y se mantiene alejado de las zonas de ocupación habitual, mientras que los espacios abiertos facilitan la renovación y reducen la acumulación térmica.
También concede importancia a los muros. Según explicó, las paredes de mayor grosor retrasan la entrada del calor exterior porque absorben energía durante más tiempo antes de transmitirla al interior. Frente a una pared fina, que se calienta y enfría con rapidez, una más maciza actúa como barrera térmica más estable. Ese comportamiento no elimina el calor, pero puede suavizar los picos de temperatura y hacer más llevaderos los días más duros sin depender de forma constante del aire acondicionado.
Soluciones pensadas para presupuestos ajustados
El diagnóstico del arquitecto también conecta con una realidad económica cada vez más extendida. Muchos hogares trabajan con márgenes reducidos y no pueden asumir reformas amplias ni un uso intensivo de climatización eléctrica. Por eso, Pacheco subraya que el objetivo debe ser encontrar soluciones proporcionadas, capaces de mejorar el confort sin exigir inversiones elevadas. En ese marco cobran valor fenómenos físicos como la radiación, la conducción y la convección, que ayudan a explicar por qué una vivienda puede responder mejor o peor al calor según su construcción y su uso.
La lectura de fondo es clara: en un escenario de veranos más exigentes y facturas eléctricas al alza, el confort doméstico ya no depende solo del aparato más potente, sino de decisiones más pequeñas y sostenidas. Ajustar la ventilación, entender cómo se comportan los materiales y aprovechar mejor la distribución de la casa puede no resolver por completo el problema del calor, pero sí rebajar su intensidad sin trasladar todo el coste al consumo energético.
