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La ACB domina la nueva Euroliga

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La Euroliga afrontará otra temporada marcada por la velocidad, la incertidumbre y una rotación extraordinaria en los banquillos. El cierre del mercado de entrenadores, culminado el pasado miércoles 22 con los nombramientos de Aleksander Sekulic en el Barcelona y Maxime Lefevre en el París Basketball, ha dejado una fotografía reveladora: la Liga Endesa ya no es únicamente una competición nacional de referencia, sino uno de los principales viveros de poder técnico del baloncesto europeo.

El dato más significativo no está en un fichaje concreto, sino en la acumulación. Hasta quince entrenadores vinculados a los veinte equipos de la Euroliga han desarrollado en algún momento parte de su carrera en la ACB. Siete son españoles. Algunos llegaron desde clubes de primer nivel; otros se formaron en proyectos modestos, en cuerpos técnicos o incluso sobre la pista. El resultado es una red profesional que conecta Madrid, Valencia, Barcelona, Málaga, Manresa, Murcia, Vitoria y otras plazas españolas con Belgrado, Estambul, Milán, Múnich, Bolonia o Dubái.

Un calendario que ha convertido la estabilidad en excepción

La magnitud del desafío ayuda a explicar este terremoto. La Euroliga volverá a contar con veinte participantes y un sistema de todos contra todos de 38 jornadas, equivalente a 380 partidos de fase regular. A ese volumen se añadirán los encuentros del play-in, los cuartos de final y la Final Four. La cifra total oscilará entre 398 y 406 partidos, dependiendo de la duración de las eliminatorias.

No se trata solo de una cuestión estadística. El calendario europeo se superpone con las ligas nacionales, las copas, las ventanas internacionales y los desplazamientos entre países con husos horarios y condiciones logísticas distintas. Los clubes necesitan competir casi cada semana en dos escenarios simultáneos, mientras los jugadores acumulan cargas físicas que obligan a modificar entrenamientos, rotaciones y métodos de recuperación.

La temporada anterior ya ofreció una señal contundente: diez equipos cambiaron de entrenador durante la competición. Este verano, el movimiento ha alcanzado a otra decena de clubes, hasta completar veinte relevos. En otras palabras, la Euroliga ha sustituido o alterado a todos sus responsables técnicos en un periodo muy corto. La continuidad ha dejado de ser la norma y se ha convertido en un activo reservado para proyectos con resultados excepcionales, respaldo institucional o una relación especialmente sólida entre dirección y banquillo.

Los cinco supervivientes de una revolución

Solo cinco equipos repiten jefe de operaciones en el banquillo: el campeón Olympiacos, con Georgios Bartzokas; el Fenerbahçe de Sarunas Jasikevicius; el Hapoel de Dimitris Itoudis; el Zalgiris de Tomas Masiulis y el recién incorporado Besiktas de Dusan Alimpijevic. La lista reúne perfiles muy diferentes, pero todos comparten una circunstancia: han conseguido convencer a sus clubes de que su método puede resistir un entorno sometido a resultados inmediatos.

Bartzokas representa el caso más sólido. Permanece en Olympiacos desde 2020 y ha construido una identidad reconocible alrededor de la disciplina táctica, la circulación de balón y la competitividad defensiva. Alimpijevic y Jasikevicius asumieron sus cargos en 2023, aunque sus trayectorias no son idénticas: el serbio inició la campaña en Turquía, mientras el técnico lituano llegó al Fenerbahçe en diciembre, después de la destitución de Itoudis. Masiulis e Itoudis mantienen una relación más reciente con sus respectivos proyectos, desde 2025.

Estos cinco casos permiten distinguir entre continuidad real y simple permanencia contractual. Un entrenador puede conservar su puesto porque ha ganado títulos, como Bartzokas; porque sostiene un proyecto competitivo en un mercado menos poderoso, como Masiulis en Kaunas; o porque su llegada todavía está en fase de evaluación. La estabilidad, por sí sola, no garantiza resultados, pero sí facilita una planificación que el calendario actual hace cada vez más necesaria.

La escuela española cruza las fronteras

La influencia de la ACB se entiende mejor al observar las trayectorias individuales. Pedro Martínez dirige al Real Madrid, mientras Xavi Albert se encuentra al frente del Valencia Basket. Pablo Laso controla el Anadolu Efes turco y Xavi Pascual dirige al Dubai Basketball de los Emiratos Árabes Unidos, después de abandonar antes de tiempo el Barcelona. Joan Peñarroya se hizo cargo del Partizán de Belgrado tras reemplazar a Zeljko Obradovic a mitad de la temporada pasada, e Ibon Navarro afronta en el Estrella Roja su primera experiencia fuera de España.

La lista se completa con Álex Mumbrú, que regresará al banquillo de la Virtus Bolonia una vez superados sus problemas de salud, y con técnicos que llegaron a la élite desde caminos menos convencionales. Anton Gavel, actual entrenador del Bayern, jugó dos temporadas en Murcia. Peppe Poeta, responsable del Armani Milan, pasó por Baxi Manresa y Kosner Baskonia como jugador antes de convertirse en entrenador. Esa transición demuestra que la aportación de la ACB no se limita a exportar entrenadores españoles: también forma profesionales extranjeros que incorporan sus códigos competitivos y su conocimiento del juego a otros mercados.

El fenómeno tiene una explicación estructural. La Liga Endesa combina una exigencia alta, una tradición táctica muy desarrollada y una convivencia constante entre jugadores jóvenes, veteranos y talento internacional. Un técnico que trabaja en España debe gestionar vestuarios heterogéneos, competir con presupuestos desiguales y adaptarse a un reglamento y a una cultura de preparación muy exigentes. Esa experiencia funciona como una credencial cuando los clubes de Euroliga buscan soluciones capaces de rendir desde el primer día.

Más que una cantera de técnicos

La presencia de tantos entrenadores vinculados a la ACB también refleja el peso de sus clubes en la circulación europea del conocimiento. Las organizaciones españolas exportan sistemas de scouting, metodologías de trabajo, estructuras de cantera y modelos de preparación física. Un entrenador no viaja solo: con frecuencia se lleva asistentes, analistas y contactos acumulados durante años en la competición.

El Real Madrid y el Barcelona siguen siendo plataformas de máxima visibilidad, pero no son los únicos puntos de origen. Manresa, Murcia, Baskonia o Valencia han ofrecido a muchos profesionales un espacio para asumir responsabilidades antes de dar el salto internacional. En ese sentido, la ACB actúa como una escuela descentralizada. La formación no depende exclusivamente de los gigantes económicos, sino de una cadena de oportunidades en la que un técnico puede crecer en clubes con recursos limitados y, después, competir por títulos continentales.

La consecuencia para la propia liga española es ambivalente. Por un lado, su reputación aumenta: contar con entrenadores que después dirigen al campeón de Europa o a dos de los gigantes serbios refuerza la imagen de la competición. Por otro, la ACB corre el riesgo de perder talento en la dirección técnica justo cuando necesita consolidar proyectos y atraer atención internacional. Si la Euroliga continúa absorbiendo a sus mejores entrenadores, los clubes españoles tendrán que acelerar la promoción de nuevas generaciones y mejorar sus condiciones para evitar que la salida se produzca demasiado pronto.

El coste de cambiar tanto

La renovación masiva puede producir una inyección de ideas, pero también multiplica los riesgos. Un nuevo entrenador suele modificar sistemas ofensivos, responsabilidades defensivas, jerarquías y criterios de fichajes. En una competición de 38 jornadas, el tiempo para construir esos automatismos es muy limitado. Los equipos que empiecen mal no dispondrán de un margen amplio para corregir, porque cada derrota afecta a la clasificación y condiciona el acceso al play-in o a los cuartos de final.

El problema se agrava cuando el cambio llega durante la temporada. La destitución de Itoudis y la posterior llegada de Jasikevicius al Fenerbahçe muestran cómo una decisión de emergencia puede terminar alterando por completo la planificación. A corto plazo, un relevo puede provocar una reacción emocional positiva; a medio plazo, sin embargo, obliga a revisar contratos, roles y prioridades deportivas. Repetir este mecanismo diez veces en una sola campaña convierte la gestión técnica en un factor de inestabilidad permanente.

También existe una dimensión económica. Cada ruptura implica indemnizaciones, nuevas incorporaciones y, en ocasiones, la reconstrucción de un cuerpo técnico completo. Los clubes con propietarios sólidos pueden asumir ese coste, pero no todos cuentan con la misma capacidad financiera. La presión por ganar en un calendario cada vez más largo puede acabar ampliando la brecha entre entidades respaldadas por grandes inversiones y aquellas que necesitan acertar con su primera elección.

La próxima batalla será por el modelo

La decisión de aplazar para este curso el proyecto de conferencias mantiene intacto el formato de liga única, pero no resuelve el debate de fondo. La Euroliga debe decidir si su crecimiento se apoyará en más partidos, más participantes y mayor exposición comercial, o si priorizará la salud de los jugadores y la calidad de la competición. El número de entrenadores despedidos funciona como un indicador indirecto de esa tensión: cuando el sistema exige rendimiento inmediato durante casi todo el año, la paciencia institucional se reduce.

La ACB, mientras tanto, ha adquirido una influencia que va más allá de sus resultados directos. Sus entrenadores ocupan banquillos en clubes históricos, en proyectos emergentes y en mercados alejados de Europa. Esa expansión puede consolidar una identidad común en el baloncesto continental, pero también plantea una pregunta para los próximos años: si la liga española es capaz de formar a los técnicos que gobiernan la Euroliga, ¿podrá conservar los recursos, el tiempo y las estructuras necesarios para seguir formándolos?

La respuesta dependerá de cómo reaccionen los clubes ante la fuga de talento y de cómo la Euroliga gestione su propia expansión. En una competición cercana a los cuatrocientos partidos por temporada, el entrenador ya no es solo el responsable de diseñar jugadas: es el administrador de la fatiga, el mediador de los vestuarios y el garante de una identidad que debe sobrevivir a la acumulación de viajes y partidos. La ascendencia de la ACB se explica precisamente porque su ecosistema lleva años preparando profesionales para esa complejidad. Ahora tendrá que demostrar que puede hacerlo sin quedar vaciada por el éxito de sus propios discípulos.

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