InicioDeportesFútbolLa FIFA enfrenta su crisis política más profunda

La FIFA enfrenta su crisis política más profunda

Fecha:

Artículos relacionados

El oro de 2006 dejó una herencia decisiva, pero también una exigencia nueva para el baloncesto español

Veinte años después, el Mundial conquistado por España en Saitama sigue siendo mucho más que el primer gran título de la selección abso

Ter Stegen convierte la ausencia de su padre en una lección sobre la familia

Marc-André ter Stegen ha explicado que su padre abandonó a la familia cuando él tenía diez años y que nunca volvió a verlo. E

El récord de Flick redefine el debate sobre el nuevo modelo competitivo del Barcelona

El Barcelona de Hansi Flick ha convertido las cuatro primeras jornadas de LaLiga en una declaración de intenciones. Cuatro victorias, 17

Leclerc queda pendiente de autorización médica tras su accidente en Monza antes del estreno del Madring

Ferrari mantiene todas sus previsiones abiertas sobre la participación de Charles Leclerc en el regreso de la Fórmula 1 a

Una pancarta sobre Ceuta y Melilla reabre el debate político en un estadio de Fez

Los aficionados del Magreb de Fez, conocido como MAS Fez, exhibieron este domingo una gran pancarta con el lema «Ceuta y Melilla,

La reunión de emergencia convocada por Gianni Infantino para este miércoles en Rabat no es una cita rutinaria de coordinación interna. Es el intento de la dirigencia de la FIFA por contener una crisis que dejó de ser exclusivamente comercial y se convirtió en un problema de autoridad, confianza y sucesión política. El fracaso del proyecto FIFA Forward Enterprise (FFE), las renuncias de figuras cercanas al presidente y la presión creciente de varias federaciones europeas han abierto una disputa sobre el rumbo del organismo a menos de un año de que comience a definirse la elección presidencial de 2027.

El episodio revela una tensión acumulada durante años: la FIFA ha buscado ampliar sus ingresos y centralizar la gestión de sus activos comerciales, mientras las confederaciones y federaciones nacionales reclaman mayor transparencia y participación en las decisiones estratégicas. En ese contexto, la propuesta de crear una empresa para administrar los derechos comerciales de los torneos y vender una participación del 20 por ciento a inversionistas privados fue interpretada por sus detractores no sólo como una operación financiera, sino como un posible desplazamiento del poder institucional hacia una estructura menos sometida al control político tradicional del fútbol.

El proyecto que convirtió las finanzas en una batalla de poder

FIFA Forward Enterprise pretendía reorganizar la explotación comercial de los principales productos de la FIFA. Sobre el papel, una empresa especializada podía facilitar la obtención de capital, diversificar los ingresos y acelerar la expansión de competiciones, contenidos digitales y acuerdos globales. La lógica es similar a la de otros grandes grupos deportivos: separar determinadas actividades comerciales, atraer inversión y utilizar los recursos para financiar nuevas operaciones.

Sin embargo, el modelo planteaba preguntas decisivas. ¿Quién habría controlado la nueva sociedad? ¿Cómo se habría valorado el 20 por ciento ofrecido a inversores privados? ¿Qué derechos habrían quedado fuera de la estructura de la FIFA y cuáles seguirían bajo supervisión de sus órganos electivos? La ausencia de respuestas convincentes, según la información difundida por Sky Sports y retomada por Goal.com, favoreció la resistencia de confederaciones y federaciones nacionales.

En una organización donde los derechos comerciales sostienen buena parte de los programas de desarrollo y de la influencia política del presidente, cualquier modificación de ese circuito altera el equilibrio entre las distintas regiones. Los recursos de la FIFA no son percibidos únicamente como ingresos corporativos: también funcionan como instrumentos de negociación, apoyo institucional y construcción de alianzas. Por eso, una reforma financiera puede tener consecuencias electorales inmediatas.

La retirada del FFE evitó una confrontación mayor en el corto plazo, pero también dejó al descubierto la fragilidad del proceso de toma de decisiones. Una iniciativa presentada como uno de los proyectos más ambiciosos de la actual administración terminó siendo abandonada ante la oposición interna y externa. El mensaje para las federaciones fue claro: la presidencia puede impulsar transformaciones de gran alcance, pero no necesariamente cuenta con el consenso suficiente para ejecutarlas.

Las grietas dentro del círculo presidencial

La crisis se agravó porque las objeciones no procedieron solamente de actores externos. Arsenè Wenger, director de Desarrollo Global del Fútbol de la FIFA, afirmó que no participó en la elaboración del proyecto y consideró “absolutamente necesaria” su retirada. La declaración fue especialmente significativa por el peso de Wenger dentro de la estructura del organismo. Su distanciamiento sugiere que el FFE no logró integrar a dirigentes con autoridad técnica y política, o que la administración prefirió avanzar sin construir una base interna suficientemente amplia.

También Mattias Grafström, secretario general de la FIFA, reconoció en un mensaje interno que los últimos días habían sido difíciles y agradeció al personal por mantenerse al margen de una crisis política que, según señaló, no había sido provocada por los trabajadores. La formulación puede parecer administrativa, pero encierra un problema de gobernanza: cuando los empleados deben ser protegidos de una disputa entre dirigentes, la frontera entre gestión institucional y lucha política ya ha sido rebasada.

La renuncia de Carlos Cordeiro tuvo un impacto todavía más directo. Como uno de los asesores más cercanos a Infantino, su decisión y su descripción del FFE como “un mal acuerdo para el fútbol” alimentaron la percepción de que existen desacuerdos sustantivos en el núcleo presidencial. En las organizaciones internacionales, las renuncias de personas próximas al máximo dirigente suelen tener un efecto doble: debilitan la coordinación interna y ofrecen a los opositores una evidencia visible de que la coalición gobernante no es monolítica.

Europa transforma el desacuerdo en presión institucional

La posición de la UEFA es el elemento con mayor capacidad para prolongar la crisis. La confederación europea confirmó que estudia posibles acciones legales vinculadas con el proyecto y pidió preservar la documentación y las comunicaciones relacionadas con la iniciativa. Aunque una eventual demanda dependería de los hechos y de las jurisdicciones involucradas, la solicitud de conservar archivos eleva el conflicto a un nivel distinto: ya no se trata sólo de una discrepancia política, sino de una controversia que podría ser examinada formalmente.

La presión europea también tiene una dimensión electoral. Inglaterra y Gales comenzaron a retirar su respaldo a una eventual reelección de Infantino en 2027, mientras otras federaciones analizan adoptar una postura semejante. Europa no controla por sí sola el resultado de una elección de la FIFA, pero su capacidad financiera, mediática y organizativa puede influir en la formación de alianzas. Si la oposición se coordina, el debate presidencial podría convertirse en un plebiscito sobre la concentración de poder y el manejo de los recursos comerciales.

La respuesta de las federaciones europeas debe leerse, además, en el contexto de tensiones anteriores sobre el calendario internacional, la expansión de los torneos y la distribución de ingresos. Cada reforma que incrementa las competiciones globales afecta los espacios reservados a los campeonatos nacionales y continentales. El FFE llegó, por tanto, a un escenario donde ya existía desconfianza sobre la capacidad de la FIFA para equilibrar sus intereses comerciales con los de las confederaciones.

La sucesión de 2027 ya empezó

Las declaraciones de Sepp Blatter, quien respaldó a Lise Klaveness como posible candidata y sostuvo que ha llegado el momento de que una mujer encabece la FIFA, introducen una dimensión simbólica en la disputa. Klaveness, presidenta de la Federación Noruega, se ha distinguido por sus críticas a determinadas decisiones del organismo y por reclamar mayor rendición de cuentas. Su eventual candidatura no está confirmada, pero su nombre permite articular una alternativa basada en reformas de gobernanza, igualdad y mayor independencia de las federaciones.

La acusación formulada por Ali bin Al Hussein, presidente de la Federación Jordana, añade un riesgo especialmente delicado. El dirigente afirmó que la FIFA habría condicionado apoyo institucional para resolver problemas administrativos y financieros a cambio de respaldo a la reelección de Infantino. Se trata de señalamientos graves que deben ser investigados y no presentados como hechos probados. No obstante, incluso sin una conclusión jurídica, su difusión puede deteriorar la legitimidad del sistema de ayudas y generar dudas sobre si los programas de desarrollo se utilizan con criterios técnicos o como herramientas de influencia electoral.

Ese punto es crucial porque FIFA Forward fue diseñado para distribuir fondos a las federaciones afiliadas y financiar infraestructura, formación y competiciones. Si los beneficiarios perciben que la asistencia depende de su alineamiento político, el programa pierde credibilidad y se debilita la autonomía de las asociaciones más pequeñas. La relación de dependencia económica puede convertir una política de desarrollo en un mecanismo de disciplina institucional, exactamente el tipo de percepción que las acusaciones actuales amenazan con reforzar.

Qué está en juego más allá de Infantino

La primera consecuencia probable será una pausa en las grandes operaciones corporativas de la FIFA. Después del fracaso del FFE, cualquier nueva propuesta para captar capital privado o reordenar los derechos comerciales enfrentará un escrutinio mayor. Eso puede proteger a las federaciones de decisiones apresuradas, pero también limitar la capacidad del organismo para financiar proyectos de expansión y responder a competidores privados en el mercado audiovisual y digital.

La segunda consecuencia afecta a los patrocinadores y a los inversores potenciales. Las empresas que compran derechos globales necesitan previsibilidad, claridad contractual y estabilidad reputacional. Una disputa política prolongada puede elevar el costo de las negociaciones y hacer más difícil valorar activos cuya administración depende de acuerdos entre múltiples órganos. El fútbol internacional seguirá siendo atractivo, pero las marcas pueden exigir cláusulas más estrictas de cumplimiento, auditorías independientes y garantías frente a cambios de gobierno.

La tercera se relaciona con la legitimidad social. La FIFA no administra únicamente un negocio de entretenimiento: regula el deporte más extendido del mundo y decide sobre calendarios, competiciones, sanciones y programas de desarrollo. Cuando las decisiones financieras se perciben como opacas o vinculadas a la permanencia de un dirigente, el daño trasciende a los despachos. Aficionados, jugadores y organizaciones civiles pueden reclamar que la expansión comercial no se produzca a costa de la salud de los futbolistas, la igualdad competitiva o la representación democrática.

La reunión de Rabat puede servir para contener la fractura si produce compromisos verificables: publicación de documentos, revisión independiente del FFE, reglas claras para cualquier futura asociación con capital privado y garantías de que los fondos de desarrollo se asignarán sin condicionamientos políticos. Un mensaje de unidad sin mecanismos de control tendría un efecto limitado, porque la crisis actual no nació de un problema de comunicación, sino de la falta de consenso sobre quién decide y con qué controles.

Infantino conserva herramientas importantes: la estructura global de la FIFA, el respaldo de numerosas asociaciones y el poder de convocar una agenda internacional. Pero el retiro del proyecto, las críticas de dirigentes de su propio entorno y la movilización europea han reducido el margen para gobernar mediante decisiones centralizadas. Desde ahora, cada iniciativa será evaluada también como una señal de cara a 2027.

El desenlace dependerá de si la FIFA convierte el revés en una reforma institucional o se limita a recomponer alianzas temporales. Si prevalece la segunda opción, la elección presidencial podría convertirse en una batalla de bloques marcada por acusaciones y desconfianza. Si se adoptan controles transparentes y una participación real de las confederaciones, la crisis podría abrir la puerta a un modelo más equilibrado. La reunión de Rabat será importante, pero la prueba definitiva estará en las decisiones que la organización tome después de cerrar sus puertas.

Últimas noticias