La decimotercera etapa de la Vuelta a España llevará la carrera desde Almuñécar hasta Loja a través de algunos de los paisajes y carreteras más frecuentados por los aficionados al ciclismo de la provincia de Granada. Serán 192,8 kilómetros con 3.404 metros de desnivel positivo, una combinación que dibuja una jornada exigente, irregular y difícil de controlar para los equipos de los principales favoritos.
El recorrido no conecta esta vez la capital granadina con Sierra Nevada, los dos grandes referentes de la provincia en la historia reciente de la carrera. Su singularidad reside precisamente en unir dos municipios granadinos distintos, ambos alejados de esos escenarios tradicionales, y en atravesar de forma sucesiva la Costa, el valle de Lecrín y el Poniente. La etapa funciona así como una extensa muestra del territorio ciclista provincial y como un homenaje indirecto a quienes entrenan habitualmente en estas carreteras.
Una salida diseñada para romper la calma
La neutralización en Almuñécar será corta. El pelotón no recorrerá las playas ni completará el trazado urbano que inicialmente se había planteado, y la salida lanzada se producirá a la altura de la urbanización Alfa Mar, en la N-340. Desde ese momento, el terreno quebrado favorecerá los primeros movimientos. La proximidad de Salobreña, el paso por el llano del Guadalfeo y los tajos no ofrecen una dificultad montañosa decisiva, pero sí suficientes cambios de ritmo para que los corredores intenten formar una fuga antes de que el pelotón encuentre una estructura estable.
La primera selección importante llegará con la Venta de la Cebada, puerto de primera categoría de 14,1 kilómetros y una pendiente media del 5,1%. El dato medio oculta una subida más exigente en su parte central: a partir del séptimo kilómetro aparecen cuatro kilómetros consecutivos por encima del 6%, con rampas que alcanzan el 12% y el 13%. Los descansillos reducen la dureza global, pero también pueden fragmentar los grupos y permitir que los corredores más resistentes administren mejor sus fuerzas.

La subida comienza en el puente de La Bernardilla, con rampas iniciales de hasta el 9%, y alcanza su tramo más selectivo después del desvío de Guájar Fondón. En Guájar Faragüit, un giro de 180 grados precede a la parte en la que la pendiente media aumenta del 4,8% al 8,3%. El buen estado del asfalto puede favorecer la velocidad, aunque la ausencia de vegetación en los kilómetros finales, marcada por el incendio de septiembre de 2022, dejará a los corredores expuestos al calor y al viento. La cima se encuentra a 824 metros de altitud.
El Legionario y una carrera de desgaste
Tras el descenso hacia Pinos del Valle y el rodeo del embalse de Béznar, la etapa seguirá por Restábal, Melegís y Lecrín. El paso por Dúrcal, Marchena y Padul conducirá al inicio de la carretera de La Cabra, donde se afrontará el puerto del Legionario. Sus 15,6 kilómetros presentan una media moderada del 3,1%, pero la longitud y la exposición pueden tener más importancia que los porcentajes.
Los primeros kilómetros de esta carretera son anchos, abiertos y habitualmente ventosos, con escasa vegetación. La subida se vuelve más favorable para el ciclismo cuando se supera la cantera, aunque los numerosos descansos impiden hablar de una ascensión regular. La cima, situada en el cruce de Jayena y junto al comienzo de una zona boscosa, puede servir para consolidar una fuga amplia o para endurecer la persecución, pero difícilmente decidirá por sí sola al ganador.
El factor determinante será la acumulación. Entre la Venta de la Cebada y el Legionario se suceden kilómetros de ascenso, descenso y falsos llanos que obligan a mantener la concentración. En una etapa así, la diferencia no siempre la marca el puerto más duro, sino la capacidad de cada corredor para responder a los cambios de ritmo, protegerse del viento y reservar energía para la última parte.
El Poniente deja abierta la batalla táctica
Superado Jayena, el itinerario bordeará el pantano de Los Bermejales, pasará por la presa y alcanzará Cacín por una carretera estrecha. Después llegará una zona relativamente tranquila por el valle, con paso por El Turro, Moraleda de Zafayona y Loreto. Este tramo, más llano, puede ofrecer una oportunidad para reorganizar los grupos, pero también será el espacio en el que los equipos deberán decidir si invierten recursos para neutralizar la escapada.
La última dificultad puntuable será el llamado Puerto de Granada, la conexión entre el Poniente y Montefrío. Tiene segunda categoría, 7,4 kilómetros al 5,6% de media y varios repechos de cierta entidad. La carretera, descrita como agradecida para el ascenso, puede beneficiar a los corredores que todavía conserven capacidad para atacar. Sin embargo, la cima queda a 37,4 kilómetros de la meta, una distancia suficiente para que un movimiento aislado sea neutralizado si existe una persecución organizada.
Loja, una llegada que premia la iniciativa
El descenso hacia Montefrío será rápido y dará paso a las carreteras de Milanos y del valle del Genil, junto a los arroyos del Chorro y del Vilano. El recorrido evitará entrar en Huétor Tájar y continuará hacia La Fabriquilla antes de alcanzar la zona de Loja. Desde Montefrío predominarán las tendencias descendentes, mientras que los últimos kilómetros combinarán tramos llanos con una aproximación favorable para quienes hayan logrado mantener una ventaja.
La llegada a Loja tendrá además un perfil inédito: será la primera vez que la localidad albergue el final de una etapa de la Vuelta, después de haber sido salida de una jornada en 1990 con meta en Ubrique. El paso por el barrio de La Esperanza y el puente nuevo sobre el Genil precederá a la rampa de la avenida Rafael Pérez del Álamo. Ese desnivel, dentro del último kilómetro, ofrece el punto natural para un ataque tardío. Los últimos 200 metros, ya llanos en la avenida de Andalucía, permitirán rematar la ofensiva o disputar la victoria entre los supervivientes.
Por la distribución de las dificultades y por la distancia entre la última cima y la meta, el escenario más probable es el triunfo de una escapada. Una llegada masiva exigiría que el pelotón mantuviera un control constante desde la costa, una tarea costosa en un recorrido con tantos cambios de terreno. La etapa no parece concebida para una resolución al sprint, sino para una carrera abierta en la que la selección inicial, la gestión del esfuerzo y la audacia en los últimos kilómetros pesarán tanto como la fuerza en las subidas.
