Luis García celebró con prudencia su estreno oficial al frente del Real Mallorca, saldado con una victoria que rompe una sequía relevante: es el primer técnico bermellón que gana en su debut liguero desde Vicente Moreno. El entrenador asturiano subrayó que el resultado adquiere mayor valor después del descenso, en una categoría donde, según advirtió, cada partido exige un esfuerzo máximo: «Bienvenidos a Segunda División, aquí ganar cuesta una barbaridad».
El técnico atribuyó buena parte del triunfo al apoyo de Son Moix, cuya insistencia durante los 90 minutos, a su juicio, empujó al equipo cuando más lo necesitaba. Su lectura no fue complaciente: reconoció que el Mallorca estuvo desacertado en la primera parte, especialmente por atacar con demasiada rapidez, pero destacó la reacción tras el descanso. Esa capacidad para corregirse durante el encuentro aparece como una de las primeras señales del modelo que pretende consolidar.

García insistió en que la victoria pertenece al conjunto de la plantilla y a la afición, no a nombres individuales. El protagonismo del balón parado, decisivo en el desarrollo del partido, reforzó además su idea de que los detalles tienen un peso creciente en el fútbol actual. Por eso pidió interpretar la temporada como una carrera de fondo: quedan 41 jornadas y cualquier minuto, incluso para un jugador que salga desde el banquillo, puede alterar el resultado.
Pablo Torre asume el protagonismo
Entre las actuaciones destacadas estuvo la de Pablo Torre, autor del primer gol con un lanzamiento directo de falta. García valoró tanto la calidad técnica del centrocampista como su disposición para asumir responsabilidades y anunció que seguirá exigiéndole para desarrollar todo su potencial. El entrenador también citó la actitud de Ousmane Dembélé en el Paris Saint-Germain como ejemplo de compromiso colectivo: incluso un Balón de Oro debe apoyar al equipo cuando deja el campo.
El mensaje del Mallorca tras la primera jornada combina satisfacción y cautela. García considera que el cuerpo técnico solo debe orientar a los jugadores, mientras que el mérito real corresponde a quienes compiten y a quienes sostienen al equipo desde la grada. Su prioridad ya está fijada en la segunda jornada, una forma de evitar que el primer triunfo oculte las exigencias de una temporada larga y especialmente competitiva.
