El primer partido oficial de Kiat Lim como presidente del Valencia quedó marcado por una protesta directa de la afición contra la propiedad del club. En cuanto el dirigente singapurense ocupó su asiento en Mestalla, junto al presidente del Barcelona, Joan Laporta, el estadio respondió con un grito unánime: «Fuera, fuera». El mensaje no se dirigía únicamente al nuevo presidente, sino a la continuidad del proyecto encabezado por su padre, Peter Lim, máximo accionista de la entidad.
La escena resumió el clima que rodea al Valencia. Kiat Lim acudió al estadio para ejercer públicamente por primera vez su nuevo cargo, pero su presencia terminó funcionando como un amplificador del descontento acumulado. La grada aprovechó la relevancia institucional del momento para trasladar, sin intermediarios, una exigencia que continúa presente en Mestalla: la salida de la familia Lim del club.
Una bienvenida que fue mucho más que un reproche puntual
Antes incluso de que apareciera el presidente, la afición ya había mostrado su malestar con una intensidad poco habitual. El anuncio del once inicial de Carlos Corberán fue recibido con una pitada generalizada. La única excepción señalada por la grada fue Otorbi, canterano que debutó como titular en la tarde del domingo. La reacción reflejó que la frustración no se limita a los despachos: también alcanza al rendimiento deportivo y a las decisiones que rodean al equipo.
Durante los primeros minutos se repitieron los cánticos contra la propiedad y volvieron a verse numerosos carteles amarillos con el lema «Lim go home». Hacía tiempo que no se concentraban tantos mensajes de ese tipo en el viejo estadio de la Avenida de Suecia. El ambiente se tensó todavía más después del segundo gol del Barcelona, finalmente anulado, cuando apareció otro cántico conocido: «Corberán dimisión».

La protesta no vació Mestalla, pero sí ocupó todo su espacio
Algunos colectivos habían planteado la posibilidad de abandonar las gradas hasta el minuto 19 como forma de protesta. La iniciativa, sin embargo, no llegó a producir un vacío significativo. Mestalla presentó una entrada cercana al lleno desde el comienzo, con apenas algunas localidades desocupadas hasta que transcurrió ese periodo. La Curva Nord sí secundó casi por completo la convocatoria.
El dato resulta relevante porque muestra la doble dimensión de la relación entre el Valencia y su afición. La protesta no implica necesariamente desentenderse del equipo. Muchos seguidores mantienen el vínculo con la competición y acuden al estadio, pero utilizan precisamente esa presencia masiva para hacer visible su rechazo. El estadio lleno no significó respaldo a la gestión; en esta ocasión, ofreció una audiencia mayor a la crítica.
El contexto deportivo ha acelerado el desgaste
Kiat Lim podía prever que su estreno institucional no sería sencillo, aunque difícilmente podía ignorar la magnitud de la respuesta. El presidente apareció por sorpresa junto al resto del equipo y del CEO de Fútbol, Ron Gourlay, en una llegada atípica. A pesar de la numerosa presencia de aficionados en la Avenida de Suecia, no se produjo el habitual impulso colectivo que en otras épocas acompañaba al conjunto valencianista antes de los partidos.
El mal inicio liguero ha reducido el margen de paciencia de una afición que ya arrastraba años de desconfianza. A esa situación se sumó la comparecencia de Gourlay durante la semana, que no logró contener las críticas y terminó reforzando la percepción de distancia entre la dirección y las gradas. Cuando los resultados no ofrecen alivio, cada declaración institucional, cada decisión deportiva y cada aparición de los dirigentes adquieren una carga política mayor.
La protesta, por tanto, no puede interpretarse únicamente como una reacción a un mal partido o a una alineación concreta. La pitada a Corberán expresa una demanda de respuestas inmediatas en el terreno de juego, pero los cánticos contra Lim apuntan a una cuestión más profunda: quién define el rumbo del Valencia, con qué objetivos y hasta cuándo la propiedad seguirá sin recuperar la confianza de sus aficionados.
El nuevo presidente hereda un problema de credibilidad
El debut de Kiat Lim deja una conclusión incómoda para la dirección valencianista. El cambio de rostro en la presidencia no ha producido, al menos de momento, un cambio en la percepción de la propiedad. Para una parte significativa de la afición, el nuevo dirigente aparece ligado al mismo modelo que identifica con Peter Lim, de modo que la sucesión formal no se traduce automáticamente en legitimidad.
La respuesta del estadio también condiciona cualquier intento de reconstrucción institucional. La directiva necesitará resultados deportivos, pero difícilmente bastarán si no se acompañan de señales visibles de transparencia, planificación y conexión con la masa social. Mestalla demostró que el conflicto continúa abierto y que la paciencia se encuentra en un punto límite. Con más de 30 grados de temperatura y una sensación térmica cercana a los 34, el calor físico convirtió el partido en una caldera; el malestar de la grada, sin embargo, venía de mucho antes.
