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Nueva York decide el tercer anillo de Rahm

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El LIV Golf llega a Nueva York envuelto en una contradicción que define su momento actual: sobre el campo mantiene una competición de alto nivel, con una clasificación apretada y un título individual de enorme valor deportivo; fuera de él, persisten las dudas sobre su calendario, su financiación y la continuidad de algunas sedes. Jon Rahm afronta en el Trump National Bedminster una segunda oportunidad para cerrar por tercer año consecutivo el campeonato de la orden del mérito, después de haber dejado escapar la primera en Inglaterra. El torneo, penúltima cita individual prevista, puede acabar siendo mucho más que otra parada del circuito: podría convertirse en el último examen de una etapa marcada por la incertidumbre institucional.

Un circuito nacido de la ruptura

LIV Golf comenzó en 2022 con un modelo diseñado para alterar las reglas tradicionales del golf profesional. Respaldado principalmente por el fondo soberano saudí, el circuito ofreció contratos garantizados, premios elevados y un formato reducido de 54 hoyos, sin corte y con competiciones individuales y por equipos. La respuesta del PGA Tour fue inmediata: sanciones para los jugadores que abandonaron sus torneos sin autorización, restricciones de acceso y una guerra de legitimidad que dividió al deporte.

La disputa no se limitó a los despachos. El fichaje de figuras como Phil Mickelson, Dustin Johnson, Cameron Smith, Brooks Koepka y, posteriormente, Jon Rahm trasladó al público una pregunta esencial: ¿podía una liga financiada por un actor estatal competir de forma estable con el circuito histórico estadounidense? LIV consiguió atraer talento y crear una marca global, pero no ha logrado borrar las dudas sobre su reconocimiento deportivo ni sobre la capacidad de sostener un calendario amplio cuando el apoyo financiero y las alianzas institucionales están bajo escrutinio.

El acuerdo anunciado en junio de 2023 entre el PGA Tour, el DP World Tour y el Fondo de Inversión Pública saudí abrió la puerta a una integración comercial que nunca terminó de concretarse. La falta de un acuerdo definitivo mantuvo separados los calendarios y prolongó la rivalidad. En ese contexto, cada cancelación, modificación de sede o reducción del número de pruebas adquiere una dimensión mayor: no se interpreta solo como una decisión logística, sino como una señal sobre el futuro del proyecto.

La carrera que Rahm casi cerró en Inglaterra

Rahm llega a Bedminster con 938,44 puntos, frente a los 719,40 de Bryson DeChambeau. La diferencia de 219,04 puntos es significativa, pero no suficiente para permitirle relajarse, porque una victoria concede 200 puntos y la posición final de cada aspirante modifica de manera decisiva el cálculo. Lucas Herbert, tercero con 531,23, ya no puede alcanzar a ninguno de los dos después de su triunfo en Rochester, logrado con una tarjeta récord de treinta golpes bajo par.

La situación resulta especialmente llamativa porque Rahm tuvo en Inglaterra su peor resultado desde que compite en LIV: terminó vigésimo tercero. Antes de ese torneo, la combinación necesaria para asegurar el título era extremadamente exigente: el español debía ganar y DeChambeau no podía acabar segundo. En Nueva York, en cambio, el abanico se amplía. Un triunfo de Rahm liquidaría cualquier posibilidad matemática del estadounidense; si termina segundo, le bastaría con que DeChambeau no iguale o mejore su resultado. Incluso una tercera plaza sería suficiente si su rival queda cuarto o peor.

La tabla también muestra hasta qué punto el sistema premia la regularidad y no únicamente las victorias. Rahm puede proclamarse campeón con posiciones mucho más retrasadas, siempre que DeChambeau no firme un resultado destacado. Si el vizcaíno acaba entre el cuarto y el décimo puesto, el estadounidense tendría que quedar fuera de los cinco primeros; entre el undécimo y el decimocuarto, necesitaría terminar sexto o peor. El margen se estrecha a medida que Rahm desciende, pero continúa existiendo incluso en puestos alejados del podio.

Bedminster, un escenario con carga política

El Trump National Golf Club de Bedminster acogerá 72 hoyos sobre un recorrido de par 71 y 6.996 metros. Rahm nunca ha competido allí, una circunstancia menor en apariencia que puede adquirir importancia en un formato sin corte, donde cuatro jornadas de consistencia son más valiosas que una actuación aislada. El campo ya fue sede de LIV en 2022 y 2023, con victorias de Henrik Stenson y Cameron Smith, de modo que no es un territorio completamente desconocido para la mayoría de sus rivales.

La sede tiene además una dimensión política y comercial difícil de separar del torneo. Es propiedad de Donald Trump, nacido en Nueva York y presidente de Estados Unidos, y pertenece a una red de instalaciones que han servido para mantener vínculos entre el circuito saudí y el mercado estadounidense. La elección de estos campos ofrece a LIV visibilidad y capacidad de negociación, pero también expone al torneo a un debate que va más allá del golf: la utilización del deporte como herramienta de reputación, influencia y diplomacia económica.

La historia del complejo refuerza esa mezcla de deporte y marca. Bedminster fue sede de dos torneos LIV y también acogió dos campeonatos júnior de Estados Unidos en 2009, ganados por Jordan Spieth y Amy Anderson. El evento de mayor rango celebrado allí fue el US Open femenino de 2017, conquistado por Park Sung-hyun. Esa trayectoria permite al club presentarse como una instalación competitiva consolidada, aunque su asociación política introduce una polarización que otras sedes no afrontan con la misma intensidad.

La clasificación española busca algo más

La atención española no se reduce a Rahm. Sergio García, undécimo en la tabla, todavía puede aspirar al tercer puesto general, una posición que ya alcanzó en 2024, por detrás de Rahm y del chileno Joaquín Niemann. El dato revela la profundidad de la representación española en LIV, pero también una paradoja: García conserva opciones de podio sin haber convertido la temporada en una sucesión de victorias, mientras que otros compatriotas llegan con una prioridad distinta, la de estrenarse como campeones.

David Puig ocupa el octavo lugar con 301,24 puntos y Josele Ballester es decimocuarto con 207,73. Ambos compartieron con Rahm el podio nacional en México después del Masters, una imagen que ayudó a consolidar la presencia española en el nuevo circuito. Su evolución será relevante para medir si LIV puede crear una cantera propia o si continúa dependiendo de nombres consagrados procedentes del PGA Tour y del golf universitario internacional.

Luis Masaveu, situado en el puesto 47 con 73,86 puntos, afronta una batalla diferente: salir de la zona de descenso. La existencia de ascensos y descensos introduce una lógica de permanencia semejante a la de otras ligas deportivas, pero también evidencia una tensión estructural. El circuito promete estabilidad a sus grandes estrellas mediante contratos y equipos, mientras somete a los jugadores menos consolidados a una presión competitiva mucho más directa. Esa brecha puede favorecer la creación de relatos deportivos, aunque dificulta presentar la liga como un ecosistema plenamente equilibrado.

El coste de un calendario incierto

Tras Nueva York solo está prevista la cita de Indianápolis, entre el 20 y el 23 de agosto. El torneo de Michigan de la semana siguiente aparece rodeado de rumores de cancelación. Si finalmente se suspendiera, Indianápolis podría transformarse en la final por equipos y Bedminster sería el último torneo individual de la temporada. La decisión, según el escenario descrito, no se conocería hasta después de la prueba neoyorquina. Para los jugadores, eso significa competir por un campeonato cuyo marco definitivo todavía no está completamente fijado.

La incertidumbre tiene efectos concretos. Los deportistas y sus equipos planifican vuelos, preparación física, compromisos comerciales y distribución de personal con meses de antelación. Los patrocinadores necesitan saber cuántos mercados recibirán cobertura y qué valor tendrá cada aparición. Las ciudades anfitrionas, por su parte, basan parte de su promoción turística en fechas y participantes que no deberían modificarse a última hora. Una cancelación aislada puede ser asumible; varias alteraciones consecutivas erosionan la confianza de todos los actores que sostienen un circuito internacional.

También se resiente la credibilidad competitiva. En una liga joven, el calendario es parte del producto: determina la posibilidad de recuperar puntos, condiciona la clasificación y ayuda al público a entender la temporada. Si el número de torneos individuales cambia sobre la marcha, el campeón seguirá siendo legítimo dentro de las reglas aplicadas, pero la comparación con campañas anteriores será más difícil. El tercer anillo de Rahm tendría entonces un valor deportivo indiscutible y, al mismo tiempo, quedaría asociado a una temporada cuyo formato pudo variar en pleno desenlace.

La batalla por la audiencia aún no está resuelta

LIV ha logrado una concentración de estrellas que garantiza interés entre los aficionados más especializados, pero todavía debe convertir esa atención en una audiencia estable y masiva. El formato corto, la ausencia de corte y la competición por equipos buscan ofrecer un espectáculo más fácil de consumir. Sin embargo, esos mismos elementos reducen parte de la tensión histórica del golf: un mal comienzo no elimina a un jugador, y la clasificación por equipos puede diluir la rivalidad individual que el público reconoce con mayor rapidez.

El duelo entre Rahm y DeChambeau ofrece una solución narrativa inmediata. El español busca su tercer título consecutivo de la orden del mérito; el estadounidense, ganador del US Open de 2024 y uno de los rostros más visibles del proyecto, necesita convertir su cercanía en una remontada. Una definición ajustada puede atraer espectadores y reforzar el valor de la clasificación. Pero si la audiencia depende únicamente de dos figuras, el circuito seguirá siendo vulnerable cuando una de ellas falte, atraviese una mala racha o decida modificar su calendario.

Lo que está en juego después de Bedminster

Una victoria de Rahm en Nueva York resolvería el campeonato antes de la última prueba individual y permitiría a LIV vender una imagen de continuidad: una estrella internacional, un título reconocible y una temporada con desenlace claro. Un triunfo de DeChambeau, acompañado por un retroceso del español, mantendría la competición abierta y aumentaría el interés por Indianápolis. Pero ninguna de esas dos posibilidades resolverá por sí sola la pregunta principal: si LIV puede consolidarse como una liga duradera sin cerrar su relación con el PGA Tour y sin despejar las dudas sobre su respaldo financiero.

El desenlace también influirá en la posición negociadora de los jugadores. Rahm llegó al circuito como uno de los fichajes más importantes de su historia y dos o tres títulos consecutivos reforzarían la idea de que las estrellas pueden construir allí una carrera deportiva autónoma. Para los jóvenes, el caso de Puig o Ballester será igualmente significativo: si consiguen acercarse al podio y competir por victorias, LIV podrá argumentar que no es solo un refugio para veteranos, sino una plataforma de desarrollo. Esa evolución dependerá de que el calendario sea estable y de que los torneos tengan una relevancia comparable entre sí.

Bedminster, por tanto, no es únicamente el lugar donde Rahm intenta asegurar otros quince millones de euros y el tercer anillo de su carrera en LIV. Es una prueba de resistencia para todo el modelo. El resultado individual resolverá una clasificación; la organización del torneo y la claridad de los próximos pasos determinarán cuánto tarda el circuito en dejar de ser una ruptura provisional para convertirse en una institución permanente dentro del golf profesional.

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