El Granada CF sufrió en Ipurua su primera derrota de la temporada, pero el 3-0 frente al Eibar dejó una preocupación que va más allá del marcador. El equipo dirigido por Pacheta fue ampliamente superado, mostró escasa capacidad para discutir el control del partido y terminó ofreciendo una imagen alejada de la competitividad que había sostenido en sus compromisos anteriores. El técnico rojiblanco no buscó atenuantes tras el encuentro: admitió que su equipo estuvo “a merced del Eibar” y subrayó que perder de esa manera “duele mucho”.

La lectura de Pacheta fue especialmente severa porque el Granada no consiguió ejecutar prácticamente ninguno de los elementos previstos en su planteamiento. El entrenador reconoció que “no ha salido nada” y que el Eibar completó un partido sólido ante un rival sin ritmo de balón, sin presencia suficiente en el área y con dificultades para imponer su juego. La derrota, por tanto, no se explica únicamente por la eficacia del conjunto armero, sino por una desconexión general del Granada en las fases que determinan el pulso de un encuentro: la presión, las segundas jugadas, la continuidad de las posesiones y la respuesta tras pérdida.
Un equipo sin control ni respuesta sostenida
El 3-0 retrata una tarde en la que el Granada no encontró mecanismos para salir de la iniciativa del Eibar. Pacheta sí identificó un tramo de alrededor de veinte minutos en el que sus jugadores pudieron igualar el partido cuando el marcador era de 1-0. Ese detalle sitúa una de las claves del análisis: incluso en un duelo mal planteado o mal ejecutado, el equipo tuvo una ventana para alterar el guion, pero no logró convertirla en ocasiones decisivas ni en dominio territorial. La falta de continuidad impidió que esa reacción parcial se transformara en una amenaza real.
En el fútbol de competición, los partidos no siempre se resuelven por la calidad aislada de una plantilla, sino por la capacidad de sostener acciones simples con intensidad y coordinación. El Granada perdió demasiados segundos balones y no tuvo la presencia ofensiva necesaria para fijar a la defensa rival. Esa combinación facilitó que el Eibar recuperara con rapidez y atacara desde posiciones favorables. Cuando un equipo no logra retener el balón ni ganar las disputas posteriores, queda expuesto a defender durante demasiado tiempo, una dinámica que desgasta física y mentalmente.
La autocrítica evita desplazar el foco hacia el arbitraje
Pacheta fue preguntado por la polémica del segundo gol, una acción que, según explicó, le pareció falta. Sin embargo, el técnico rechazó convertir esa jugada en la explicación de la derrota. “No es hoy el día de hacer ningún análisis del árbitro”, afirmó, antes de insistir en que el Granada perdió porque no estuvo bien. La posición del entrenador es relevante porque preserva una línea de responsabilidad interna: cuestionar una decisión concreta puede ser legítimo, pero no altera el hecho de que el equipo fue inferior durante la mayor parte del encuentro.
Ese enfoque también transmite un mensaje al vestuario. Tras una derrota amplia, el riesgo no consiste solo en perder puntos, sino en instalar una narrativa externa que oculte deficiencias propias. El cuerpo técnico entiende que el resultado debe servir para revisar comportamientos colectivos, no para buscar una causa puntual. La corrección deberá partir de aspectos observables: mejorar la activación en las disputas, encontrar más apoyos en salida, aumentar la velocidad de circulación y recuperar presencia cerca del área rival.
La intensidad, una cuestión de lectura competitiva
El entrenador evitó simplificar el problema bajo la etiqueta de falta de intensidad. Pacheta recordó que los futbolistas “siempre quieren”, aunque admitió que, cuando las cosas no salen, puede ser necesario “querer de otra manera”. La frase apunta a una cuestión más compleja que el esfuerzo individual: la intensidad no solo se mide en kilómetros recorridos o en entradas disputadas, sino en la rapidez para interpretar que el partido exige cambiar de registro. Si se pierden los segundos balones, si el rival domina las zonas de contacto o si la presión llega tarde, la respuesta debe ser colectiva e inmediata.
El Granada se encuentra todavía en un proceso de construcción, según su entrenador, y esa condición invita a no sobredimensionar una derrota aislada. No obstante, el tropiezo de Ipurua sí funciona como una prueba de exigencia para un equipo que venía mostrando señales competitivas. La evolución no dependerá de negar el mal partido, sino de identificar por qué se rompieron las conexiones que habían permitido al grupo ofrecer una versión más fiable. Pacheta defendió que la plantilla posee recursos, pero recalcó que aún queda recorrido para consolidar la línea de juego deseada.
La preocupación añadida por Diego Hormigo
Al revés deportivo se sumó la inquietud por Diego Hormigo, que abandonó el terreno de juego visiblemente afectado por un problema en la rodilla. Pacheta reconoció que la imagen televisiva no le gustó, aunque trasladó una cautela razonable ante la falta de un diagnóstico definitivo. Los médicos manejaban inicialmente la posibilidad de que no fuera una lesión grave, pero el club deberá esperar a las pruebas y a la evolución del futbolista antes de valorar el alcance real de la incidencia.
La posible baja de Hormigo tendría relevancia por la consideración que el técnico le otorga dentro del grupo. Pacheta lo definió como un jugador importante, de modo que cualquier ausencia obligaría a reajustar una estructura que ya necesita recuperar consistencia tras la goleada. El siguiente reto del Granada será doble: responder competitivamente después de una actuación inoperante y confirmar que el golpe sufrido en Ipurua no deja consecuencias mayores en una plantilla que necesita estabilidad para continuar creciendo.
