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Pékerman y la continuidad perdida de Colombia

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Ocho años después de abandonar la selección colombiana, José Pékerman volvió a referirse públicamente a las razones que precipitaron su salida y al presente del equipo dirigido por Néstor Lorenzo. En diálogo con ESPN, el entrenador argentino no presentó su partida como una ruptura provocada por un único episodio, sino como el resultado de un desgaste institucional y deportivo: la sensación de que el proyecto había alcanzado sus objetivos inmediatos, mientras alrededor de la selección crecían presiones, opiniones externas y expectativas difíciles de administrar.

Sus declaraciones adquieren relevancia porque Pékerman no habla desde una etapa cualquiera de la historia del fútbol colombiano. Bajo su conducción, Colombia regresó a un Mundial de mayores en Brasil 2014, después de dieciséis años de ausencia, y volvió a clasificarse para Rusia 2018. Esos dos torneos modificaron la relación del país con su selección: la participación dejó de ser una aspiración excepcional y pasó a convertirse, para buena parte de la afición, en una obligación periódica. Allí comenzó una tensión que todavía acompaña al equipo: el éxito que consolida una expectativa también puede transformarse en una exigencia que debilita los procesos.

El ciclo que cambió la escala de las expectativas

La etapa de Pékerman estableció una referencia difícil de ignorar. Colombia no solo volvió a los Mundiales, sino que alcanzó una actuación histórica en Brasil 2014 y construyó una identidad competitiva alrededor de futbolistas como James Rodríguez, Juan Guillermo Cuadrado, Radamel Falcao García y David Ospina. El equipo recuperó confianza, mejoró su reconocimiento internacional y convirtió la clasificación mundialista en parte de su horizonte normal.

Sin embargo, ese avance también alteró el criterio con el que se juzgaría a los entrenadores posteriores. Antes de 2014, clasificar era un logro extraordinario; después de 2018, no hacerlo comenzó a interpretarse como un fracaso estructural. Pékerman aludió precisamente a ese cambio cuando cuestionó la idea de que, por haber alcanzado dos Mundiales consecutivos, ya no fueran necesarios mayores esfuerzos o transformaciones. La lógica es relevante: una selección no conserva su nivel únicamente por haber obtenido resultados en el pasado. Requiere renovar jugadores, actualizar métodos, fortalecer la formación y sostener una dirección institucional coherente.

La ausencia de Colombia en Catar 2022 ilustró el costo de perder esa continuidad. Durante el camino hacia ese torneo hubo cambios en el banquillo y una sucesión de decisiones que impidieron consolidar una ruta estable. El resultado no fue solamente quedar fuera de la competencia; también se interrumpió la exposición internacional de una generación y se debilitó la certeza de que el país podía mantenerse entre las selecciones competitivas de Sudamérica. Para una federación, cada eliminación tiene consecuencias deportivas, económicas y simbólicas: afecta la planificación, reduce partidos de alto nivel y amplifica el malestar de la opinión pública.

Las “voces extrañas” y el problema del entorno

Uno de los conceptos centrales de la reflexión de Pékerman fue la presencia constante de “voces extrañas” en el entorno del fútbol. La expresión no identifica a una persona o institución concreta, pero apunta a un fenómeno frecuente en las selecciones nacionales: dirigentes, medios, representantes, exjugadores, patrocinadores y sectores de la afición intentan influir sobre decisiones que deberían responder a una planificación deportiva.

La presión externa no es necesariamente negativa. La prensa cumple una función de control y la crítica pública puede revelar errores que una estructura cerrada preferiría ocultar. El problema aparece cuando la evaluación se reduce al resultado del último partido. En ese escenario, una derrota puede provocar cambios que contradicen la planificación anterior, mientras una victoria permite postergar reformas necesarias. Pékerman recordó que un solo encuentro llegó a generar una crisis en la que comenzó a exigirse exclusivamente la conquista del Mundial, aunque entre una clasificación y un título existe una distancia enorme.

Ese salto de expectativas tiene una explicación social. La selección funciona como uno de los pocos espacios capaces de producir una identidad colectiva inmediata en Colombia. Sus triunfos son celebrados como acontecimientos nacionales y sus derrotas se convierten en debates políticos y culturales. El entusiasmo, no obstante, puede producir una lectura simplificada del rendimiento: si el equipo representa al país, cualquier tropiezo parece una falla de carácter nacional. Esa carga emocional favorece los juicios absolutos y dificulta distinguir entre un problema puntual, una mala planificación y una crisis institucional.

Lorenzo, heredero de una idea y no de una fórmula

La defensa de Néstor Lorenzo por parte de Pékerman tiene un valor particular. Lorenzo fue su asistente durante dos ciclos mundialistas y conoce desde dentro la metodología que permitió reconstruir la selección. Tras dirigir a Melgar de Perú, asumió el mando de Colombia con la tarea de recuperar competitividad, pero también con la responsabilidad de no limitarse a reproducir mecánicamente el pasado.

Pékerman sostuvo que Lorenzo “volvió a encarrilar al equipo” mediante una buena preparación y una destacada Copa América. Su respaldo puede interpretarse como una reivindicación de la continuidad: el actual seleccionador representa una conexión entre la etapa que devolvió a Colombia a los grandes torneos y el intento de levantar al equipo después de la ausencia en Catar. Esa conexión no garantiza resultados, pero sí ofrece una ventaja que los cambios constantes suelen destruir: conocimiento acumulado.

El desafío de Lorenzo consiste en convertir esa herencia en una estructura propia. Mantener una idea no significa conservar intactos los nombres, los sistemas o las jerarquías de una generación anterior. El fútbol internacional cambia con rapidez y obliga a integrar nuevos jugadores, revisar funciones y responder a rivales que ya conocen las fortalezas del equipo colombiano. La continuidad solo es productiva cuando incluye capacidad de adaptación. De lo contrario, se transforma en nostalgia.

Qué revela la experiencia sobre la gestión deportiva

La discusión trasciende el nombre de un entrenador. En una selección, el técnico suele ser la figura más visible, pero la calidad del proceso depende de decisiones que abarcan varios niveles: elección de rivales para los amistosos, coordinación con los clubes, seguimiento de futbolistas, formación de entrenadores, análisis de rendimiento y definición de objetivos realistas. Si cada cambio de entrenador implica comenzar desde cero, la federación pierde información, los jugadores reciben mensajes contradictorios y los ciclos de preparación se vuelven reactivos.

El caso colombiano ofrece una lección concreta. Dos clasificaciones consecutivas construyeron una base de confianza, pero esa base no se tradujo automáticamente en una política permanente de desarrollo. La falta de clasificación a Catar demostró que los resultados de una era no sustituyen la existencia de mecanismos institucionales. Un proyecto sólido debe sobrevivir a la salida de su principal responsable, porque de lo contrario depende demasiado de una personalidad y queda expuesto a cualquier desacuerdo.

También resulta necesario diferenciar entre continuidad y permanencia indefinida. Respaldar a un entrenador no significa concederle inmunidad. Significa establecer indicadores que permitan valorar el trabajo: evolución del juego, incorporación de jóvenes, rendimiento en competencias oficiales, respuesta ante lesiones y capacidad para competir contra rivales de distintos estilos. Esa evaluación ofrece una alternativa a los extremos habituales, que van del apoyo incondicional a la destitución inmediata.

El impacto sobre los jugadores y la afición

La inestabilidad afecta directamente a los futbolistas. Cada nuevo cuerpo técnico modifica convocatorias, roles y criterios de rendimiento. Un jugador puede ser considerado indispensable por un entrenador y quedar fuera del siguiente ciclo sin que exista una explicación deportiva transparente. Esa incertidumbre dificulta la construcción de sociedades dentro del campo y puede acelerar conflictos entre generaciones: los veteranos defienden una identidad conocida, mientras los jóvenes buscan espacio en un equipo que cambia de prioridades.

Para la afición, el efecto es igualmente profundo. El regreso a los Mundiales generó una expectativa de pertenencia permanente a la élite, pero la eliminación de Catar recordó que la clasificación no está garantizada. La respuesta social puede orientarse hacia dos caminos. Uno es la presión inmediata, que convierte cada empate en una crisis y favorece decisiones impulsivas. El otro consiste en exigir explicaciones de largo plazo: cómo se forman los jugadores, qué criterios se aplican para elegir técnicos y qué mecanismos existen para proteger el trabajo frente a los cambios de humor.

La segunda opción no implica reducir la ambición. Colombia puede aspirar a ganar una Copa del Mundo, pero la ambición necesita una secuencia verificable de pasos. Primero, competir regularmente; después, sostener un nivel que permita superar las eliminatorias; finalmente, llegar a los torneos con una estructura capaz de responder a partidos decisivos. Pékerman insistió en que un título mundial no se consigue de un día para otro. Esa afirmación puede parecer prudente, pero en realidad plantea una exigencia más dura: trabajar de manera constante incluso cuando los resultados inmediatos no alimentan la euforia.

La decisión que definirá la próxima etapa

El debate abierto por Pékerman llega en un momento en que Colombia necesita convertir una buena etapa de resultados en una política deportiva duradera. El respaldo a Lorenzo puede servir para proteger un proceso frente a las crisis episódicas, siempre que la dirigencia acompañe esa decisión con planificación y rendición de cuentas. Si el equipo vuelve a ser juzgado únicamente por un partido, la selección corre el riesgo de repetir el circuito que ya conoció: ilusión, presión desmedida, cambio de entrenador y reconstrucción desde el principio.

La verdadera influencia del antiguo seleccionador no estará en recuperar exactamente el fútbol de 2014 o 2018, sino en recordar por qué aquella etapa fue sostenible durante varios años. La estabilidad, el conocimiento del grupo y la claridad de objetivos permitieron que Colombia dejara de mirar los Mundiales como una excepción. El desafío actual consiste en que esa transformación no dependa de una sola generación ni de la autoridad personal de un técnico. El futuro de la selección se decidirá tanto en los estadios como en la capacidad de sus dirigentes para resistir las voces que exigen resultados instantáneos y construir, en cambio, un proyecto que pueda ser evaluado a lo largo del tiempo.

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