River Plate recuperó algo más que una victoria. El 2-0 ante Argentinos Juniors, líder y dueño de un funcionamiento más consolidado, puso fin a una crisis que había vuelto insostenible el clima en el Monumental: cuatro derrotas consecutivas en el Clausura, la eliminación ante Aldosivi en la Copa Argentina y una sequía de 399 minutos sin marcar.
La sociedad que cambió el ánimo
La primera titularidad conjunta de Thiago Almada y Ángel Correa ofreció la señal que River necesitaba. Las dos incorporaciones de mayor jerarquía del mercado aportaron desparpajo, conducción y capacidad para asumir responsabilidades en un equipo condicionado por los nervios. Almada participó en la jugada del 1-0 y Correa intervino en ambos goles: generó acciones de peligro, fue derribado en el penal y lo convirtió para sentenciar el partido.

El primer gol llegó por intermedio de Gonzalo Montiel, que apareció en el área como un delantero para aprovechar una pelota suelta. La definición cortó una racha negativa que ya reflejaba la impotencia ofensiva del equipo y devolvió al estadio una celebración que se había transformado en protestas.
River no tuvo una actuación plenamente convincente. Durante buena parte del primer tiempo volvió a mostrar poca fluidez y, tras el descanso, protegió la ventaja con cautela. Argentinos estrelló un remate en el travesaño y amenazó con aprovechar los temores de un rival desacostumbrado a ganar. Coudet respondió con cambios defensivos para sostener el resultado, una decisión que expuso la fragilidad todavía existente.
La diferencia, sin embargo, estuvo en la aparición de sus figuras. La inversión récord por Almada —20 millones de dólares, la contratación más cara de la historia del fútbol argentino— comenzará a justificarse si su conexión con Correa se transforma en una fuente estable de juego y confianza. El triunfo no resuelve la crisis, pero modifica el punto de partida: River dejó de padecer su contexto y encontró, en sus dos estrellas, una sociedad capaz de devolverle iniciativa y esperanza.
