En la antesala de la final del Mundial entre España y Argentina, la atención se centra en un espectador singular que seguirá el encuentro desde su apartamento en Manhattan. Rogelio Álvarez, nacido hace casi 94 años, representa el vínculo más antiguo entre la comunidad española de Nueva York y el fútbol internacional. Su trayectoria abarca migraciones transatlánticas, trabajos extenuantes y una pasión inquebrantable por el deporte que le ha acompañado desde la infancia.
Una trayectoria marcada por tres continentes
Rogelio nació en Buenos Aires, donde sus padres habían emigrado antes de la Guerra Civil española. La familia regresó a Galicia cuando él era niño, pero pronto volvió al Río de la Plata. Tras varios traslados, Rogelio partió solo hacia Nueva York en 1956, a bordo de un barco que transportaba a numerosos inmigrantes europeos en busca de oportunidades. Este periplo personal refleja el destino de miles de gallegos que se establecieron en la ciudad durante las décadas posteriores a la posguerra.
Al llegar, se instaló en el barrio conocido como Little Spain, alrededor de la calle 14. Allí encontró un espacio de apoyo mutuo en La Nacional, la Spanish Benevolent Society fundada en 1868. Durante años, el local funcionó como punto de reunión para inmigrantes asturianos, gallegos y andaluces, y Rogelio acudía regularmente para ver partidos del Barcelona y de la selección española.
El fútbol como hilo conductor de la vida
Los primeros recuerdos futbolísticos de Rogelio se remontan a un partido del Barcelona en Vigo, donde viajó con primas desde Celanova. Ese encuentro lo marcó para siempre y lo convirtió en seguidor del club catalán. Paralelamente, conserva un vínculo especial con San Lorenzo de Almagro, equipo del que su padre fue socio en Buenos Aires. Recuerda con detalle los duelos en el Viejo Gasómetro y cita a jugadores como Ernesto Picot y Oscar Basso como referentes de su juventud.
En Nueva York, el fútbol también le proporcionó momentos de esparcimiento. Jugaba en Randalls Island con otros europeos y se desempeñaba como extremo derecho o mediapunta. Esos partidos contrastaban con jornadas laborales de doce a catorce horas en restaurantes, donde llegó a regentar su propio negocio, El Mediterráneo. El deporte actuó como válvula de escape ante la dureza de la vida inmigrante.

La final como encuentro generacional
Este domingo, Rogelio se sentará en el sofá de su apartamento de la calle 17 junto a su esposa Rosina, hijos y nietos. Aunque admite que preferiría asistir al estadio, seguirá el partido por televisión. Su esposa, también gallega, comparte la afición y ha apostado cien dólares por la selección española. La pareja se conoció gracias a un partido del Real Madrid en Nueva York, donde Rogelio se unió a la familia de Rosina y terminó conquistándola.
La final adquiere un significado especial porque enfrenta dos selecciones que forman parte de su biografía. Rogelio nació en Argentina y conserva recuerdos de San Lorenzo, pero declara su apoyo a España. Esta dualidad no genera conflicto en él; más bien ilustra cómo el fútbol puede integrar identidades múltiples sin exigir exclusividad.
El legado de Little Spain en la actualidad
El barrio que Rogelio conoció ha cambiado notablemente. Los negocios españoles han desaparecido en su mayoría y muchos inmigrantes se trasladaron a los suburbios. Sin embargo, La Nacional sigue siendo un refugio para la comunidad. Rogelio valora el lugar como una segunda casa, donde se preserva la memoria de quienes llegaron con escasos recursos y construyeron una red de apoyo que perdura.
En la selección española actual, Rogelio destaca a Lamine Yamal por su calidad y a Mikel Oyarzabal por su capacidad de definir en momentos clave. Estos jugadores representan la continuidad de una afición que ha atravesado décadas y continentes. Su historia demuestra que el vínculo con el fútbol puede sostenerse más allá de las fronteras y de las etapas de la vida.
La experiencia de Rogelio invita a reflexionar sobre el papel del deporte en los procesos migratorios. Para muchos inmigrantes españoles de su generación, el fútbol no solo ofrecía entretenimiento, sino también un sentido de pertenencia en entornos desconocidos. En vísperas de la final, su figura resume la resiliencia de quienes cruzaron océanos y mantuvieron vivas sus raíces a través del balón.
