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Strumia sostuvo a Godoy Cruz

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Godoy Cruz ganó, pero la escena que terminó definiendo la tarde no fue el arranque convincente ni la ventaja temprana: fue la última acción, cuando Juan Strumia evitó el empate de Chaco For Ever y convirtió una victoria trabajada en un alivio tangible. Ese cierre dice más del partido que el 2-1 final. El Tomba había mostrado una versión sólida durante buena parte del encuentro, construida desde la eficacia ofensiva y el control territorial, pero volvió a exponer una fragilidad conocida: su dificultad para administrar ventajas cuando el desarrollo deja de favorecerlo. La intervención del arquero no solo rescató tres puntos; también dejó al descubierto una tensión que atraviesa a este equipo cada vez que parece tener el control.

El valor real del resultado está en el contexto. En una categoría donde los márgenes son estrechos y donde la localía suele ser un activo estratégico, sostener una racha positiva en casa no es un dato menor. Desde la llegada de Pablo de Muner, Godoy Cruz transformó el Feliciano Gambarte en un espacio de mayor confiabilidad competitiva, algo clave para un equipo que necesita sumar con continuidad si quiere estabilizar su campaña. La secuencia frente a Chaco For Ever encaja en esa lógica: dos goles rápidos, dominio inicial y una posterior caída en el ritmo que pudo haber costado caro. En términos de rendimiento, el equipo mostró dos identidades en un mismo partido, y esa dualidad explica tanto la victoria como la incomodidad posterior.

Hay un punto que merece atención y que va más allá de la anécdota del arco salvado: el equipo todavía no parece haber resuelto la gestión del resultado. En el fútbol de ascenso, esa carencia suele ser más costosa que una falla de elaboración. Un conjunto puede vivir con lapsos de imprecisión en campo rival, pero no con la incapacidad de cerrar partidos ganados. La reacción de Chaco For Ever en el segundo tiempo no fue casual; se apoyó en un retroceso del local, en una pérdida de control emocional y en la decisión de adelantar líneas sin sostener la presión alta. Cuando un equipo se repliega demasiado temprano, la defensa queda expuesta a segundas jugadas, pelotazos frontales y duelos individuales. La última acción del partido fue la síntesis de ese desgaste.

La autocrítica de Strumia, lejos de ser una frase de ocasión, revela una madurez competitiva importante. El arquero habló de un triunfo necesario, pero también de un “sabor semi amargo” por haber dejado crecer a un rival que parecía controlado. Esa lectura interna tiene valor porque desplaza el foco del resultado al proceso. Para un plantel que aspira a crecer, ganar no alcanza si la forma de hacerlo alimenta los mismos riesgos de siempre. La fortaleza de un equipo no se mide solo por su capacidad para golpear primero, sino por su habilidad para sostener el plan cuando el partido cambia de temperatura. En ese punto, Godoy Cruz todavía depende demasiado de respuestas individuales, y la de Strumia fue decisiva porque tapó una debilidad colectiva que se repite.

También hay una dimensión institucional y competitiva que conviene no perder de vista. Los clubes de la Primera Nacional viven bajo una presión permanente: cada punto tiene peso de clasificación, de ánimo y de credibilidad ante la tribuna. Una victoria sufrida en casa puede fortalecer la confianza, pero también instala exigencias. La próxima cita frente a Deportivo Maipú agrava esa tensión porque se trata de un clásico mendocino, un tipo de partido donde la jerarquía emocional suele pesar tanto como la táctica. Para Godoy Cruz, el desafío no será solo repetir la intensidad del arranque ante Chaco For Ever, sino evitar el tramo en que el equipo se desordena y entrega metros. En un clásico, esas licencias se pagan más rápido y con mayor visibilidad pública.

Desde la perspectiva del cuerpo técnico, la lectura es clara: el equipo tiene herramientas para competir arriba, pero aún no consolidó una mecánica confiable para cerrar partidos. Eso obliga a pensar el próximo tramo con una lógica de ajuste fino. De Muner puede celebrar la continuidad de los triunfos en casa, pero también necesita convertir esa fortaleza en un patrón estable, no en una sucesión de rescates. La diferencia entre un equipo que aspira a pelear y uno que solo suma buenos pasajes está en la repetición de conductas bajo presión. Si Godoy Cruz consigue reducir los minutos de zozobra al final, el impacto será inmediato en la tabla y en la autoestima del plantel.

La figura de Strumia deja, además, una señal de orden futbolístico que suele pasar inadvertida. Los arqueros no solo resuelven situaciones límite; también estabilizan a un equipo entero. Cuando un arquero responde en una acción decisiva, mejora la confianza de la última línea, permite que los centrales jueguen unos metros más arriba y condiciona la percepción del rival sobre lo que todavía puede conseguir. En ese sentido, la atajada final no fue únicamente una intervención técnica: fue un mensaje competitivo. Godoy Cruz puede seguir apoyándose en su localía y en su capacidad para pegar de entrada, pero el verdadero salto de calidad llegará cuando no necesite de una salvada extrema para defender una ventaja que ya había construido.

Lo que se perfila hacia adelante es una prueba de maduración. Si el Tomba corrige la administración de los partidos, podrá transformar victorias ajustadas en una tendencia más sólida y menos dependiente del azar. Si no lo hace, seguirá alternando tramos de autoridad con cierres frágiles que reducen el valor de sus buenos pasajes. El arco en cero aparece entonces como algo más que un objetivo defensivo: es una herramienta para ordenar el juego, bajar la ansiedad y evitar que cada final se convierta en un examen. Strumia, con una sola acción, recordó que los campeonatos también se construyen sobre estas fronteras mínimas entre control y desborde.

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