El tenis profesional ha perdido una de sus tradiciones más duraderas. La derrota de Stefanos Tsitsipas ante el estadounidense Ben Shelton en los octavos de final del US Open, por 6-2, 6-3 y 6-4 en una hora y 52 minutos, dejó al circuito masculino sin ningún jugador de revés a una mano en las semifinales de un Grand Slam durante la temporada 2026.
La eliminación del griego tiene una dimensión que va más allá de su resultado individual. Desde Wimbledon de 1877, primer torneo de la historia, siempre había llegado al menos un tenista con este golpe a la penúltima ronda de uno de los cuatro grandes del año. Esa secuencia se había mantenido durante 149 años y se rompe ahora en Nueva York, precisamente cuando Tsitsipas era el último representante de una técnica cada vez menos habitual en la élite.
Una tradición que sobrevivió hasta la última generación
El revés a una mano fue durante décadas una de las señas de identidad del tenis competitivo. Su capacidad para generar variedad, cambios de altura y golpes de aproximación lo convirtió en un recurso central en las primeras etapas del deporte. Sin embargo, el aumento de la velocidad de la pelota, la exigencia física de los intercambios y la necesidad de responder con estabilidad desde posiciones defensivas han favorecido progresivamente el revés a dos manos.
La diferencia no es solo estética. El golpe a dos manos ofrece mayor control en la devolución, más solidez ante pelotas altas y una respuesta más sencilla frente a los servicios veloces. En un circuito en el que los puntos se juegan con una intensidad creciente y desde zonas cada vez más retrasadas, esas ventajas han reducido el espacio competitivo para el estilo clásico.

En el cuadro masculino del US Open quedaban ocho jugadores que no utilizaban las dos manos para golpear de revés: Tsitsipas, Lorenzo Musetti, Denis Shapovalov, Daniel Altmaier, Giovanni Mpetshi Perricard, Aleksandar Kovacevic y Christopher O’Connell, además del último representante que completaba esa relación. Todos fueron eliminados antes de los octavos salvo Tsitsipas, que terminó cargando con una responsabilidad histórica que no podía resolver por sí solo.
Tsitsipas y Musetti, los últimos guardianes
Durante las últimas temporadas, el griego y Musetti habían mantenido viva la presencia del golpe a una mano en las rondas decisivas. Tsitsipas lo hizo en el Abierto de Australia de 2023, mientras que el italiano alcanzó las semifinales de Roland Garros en 2025 y también fue el último superviviente de ese estilo en Wimbledon de 2024. La continuidad de la racha dependía cada año de actuaciones aisladas, una señal de que la tradición ya no descansaba sobre una generación amplia de especialistas.
El legado cuenta con nombres de enorme peso. Roger Federer fue su defensor más exitoso en el siglo XXI, acompañado por Stan Wawrinka, que se retirará al final de esta temporada, y por campeones como Gastón Gaudio, Albert Costa y Àlex Corretja. Antes de ellos destacaron Pete Sampras, Stefan Edberg, Boris Becker, John McEnroe, Rod Laver, Manuel Santana, Gustavo Kuerten, Pat Rafter, Thomas Muster y muchos otros jugadores que construyeron parte de la historia del deporte con una sola mano.
“Es una pena perderlo”, reconoce el griego
Tsitsipas no presentó la desaparición del golpe como una amenaza para el tenis, pero sí como una pérdida cultural. Después de su derrota, explicó que en las décadas de 1950 y 1960 aproximadamente el 97% o el 98% de los jugadores empleaban el revés a una mano, mientras que en la actualidad la proporción se habría reducido a alrededor del 2% o el 3%.
“Es un tiro clásico y tradicional, y es una pena perderlo”, señaló el ateniense. Al mismo tiempo, relativizó el alcance del cambio: aunque el circuito quede dominado por los reveses a dos manos, el tenis seguirá siendo reconocible y competitivo. Su lectura resume el dilema: el deporte no pierde eficacia ni espectáculo de forma inmediata, pero sí una parte de la diversidad técnica que lo distinguió durante más de un siglo.
Estados Unidos toma el control del torneo
La jornada también reforzó el protagonismo local en Nueva York. Estados Unidos ya tiene cinco representantes en los cuartos de final: Jessica Pegula y Emma Navarro en el cuadro femenino, y Frances Tiafoe, Ben Shelton y Alex Michelsen en el masculino. Además, el país se aseguró otra plaza porque Coco Gauff e Iva Jovic se enfrentan en los octavos de final. Learner Tien también aspira a ampliar la presencia estadounidense ante el ruso Karen Khachanov.
La distribución del cuadro garantiza al menos dos estadounidenses en las semifinales. Tiafoe y Michelsen competirán por una plaza masculina, mientras que Pegula y Navarro se medirán por otra en el torneo femenino. Shelton, verdugo de Tsitsipas, queda así situado como uno de los principales símbolos de una generación estadounidense que busca convertir el factor local en una candidatura real al título.
La carrera femenina por el número uno sigue abierta
La lucha por la primera posición mundial femenina permanece sin resolución. Elena Rybakina ocupa virtualmente el número uno y necesita alcanzar las semifinales para certificar esa posición provisional. Aryna Sabalenka, Pegula y Gauff todavía conservan opciones, aunque las tres dependen de ganar el torneo para superar la combinación de resultados que mantiene a la kazaja al frente.
Sabalenka derrotó a la local Taylor Townsend por 6-4 y 6-3 y se enfrentará a la checa Linda Noskova, vencedora ante Marta Kostyuk. Pegula superó a Sorana Cirstea por 6-3 y 6-4, en el último partido de la rumana en el torneo antes de su retirada, y jugará contra Navarro, que venció a Anna Kalinskaya por 6-4 y 6-2. Rybakina se medirá con Naomi Osaka, mientras Gauff afrontará el duelo estadounidense ante Jovic.
El US Open deja así dos historias paralelas: la consolidación de una nueva fuerza local y el final de una racha que había resistido desde los orígenes del tenis. La eliminación de Tsitsipas no convierte al revés a una mano en una pieza del pasado de manera inmediata, pero confirma que su presencia en la cima depende ya de excepciones individuales y no de una corriente dominante.
