InicioDeportesFútbolUltra violencia empaña el regreso del Dépor

Ultra violencia empaña el regreso del Dépor

Fecha:

Artículos relacionados

El oro de 2006 dejó una herencia decisiva, pero también una exigencia nueva para el baloncesto español

Veinte años después, el Mundial conquistado por España en Saitama sigue siendo mucho más que el primer gran título de la selección abso

Ter Stegen convierte la ausencia de su padre en una lección sobre la familia

Marc-André ter Stegen ha explicado que su padre abandonó a la familia cuando él tenía diez años y que nunca volvió a verlo. E

El récord de Flick redefine el debate sobre el nuevo modelo competitivo del Barcelona

El Barcelona de Hansi Flick ha convertido las cuatro primeras jornadas de LaLiga en una declaración de intenciones. Cuatro victorias, 17

Leclerc queda pendiente de autorización médica tras su accidente en Monza antes del estreno del Madring

Ferrari mantiene todas sus previsiones abiertas sobre la participación de Charles Leclerc en el regreso de la Fórmula 1 a

Una pancarta sobre Ceuta y Melilla reabre el debate político en un estadio de Fez

Los aficionados del Magreb de Fez, conocido como MAS Fez, exhibieron este domingo una gran pancarta con el lema «Ceuta y Melilla,

La pelea entre seguidores radicales del Deportivo y del Genoa en la Plaza delle Erbe de Génova no fue un episodio aislado ni una simple trifulca nocturna: fue una señal de alerta sobre cómo la violencia asociada al fútbol sigue adaptándose a cualquier contexto de visibilidad, viaje y concentración de masas. Los vídeos difundidos por Efe muestran a decenas de personas enfrentándose con cascos y palos en una de las zonas más transitadas del centro histórico, con vecinos y turistas como testigos involuntarios. El choque se produjo además en vísperas de un amistoso, lo que agrava su lectura: no hubo disputa por puntos, pero sí una demostración de fuerza pensada para ser vista, registrada y amplificada.

La secuencia temporal importa. El Deportivo cerraba en Italia una gira de preparación y el incidente estalla apenas nueve días antes de su estreno liguero en Riazor ante el Elche, un partido simbólico por su regreso a Primera ocho años después. Esa coincidencia convierte un problema de orden público en un asunto institucional. La primera consecuencia no es deportiva, sino reputacional: la escena proyecta una imagen de vulnerabilidad en un momento en el que el club intentaba vender estabilidad, ilusión y normalidad. Para una entidad que vuelve a la élite, el margen de error en seguridad es muy pequeño, porque cada incidente reescribe la conversación pública sobre su capacidad de control.

Hay un punto más profundo que la anécdota violenta. El episodio evidencia que los grupos ultras no operan solo como aficiones radicalizadas, sino como actores que negocian poder con los clubes y con las autoridades a través del símbolo de la grada. La disputa que el Deportivo mantiene con la Federación de Peñas, Riazor Blues y Old Faces por el acceso a la Marathon Inferior revela hasta qué punto la gestión de seguridad ya no es un asunto técnico, sino un conflicto político interno. Exigir identificación para retirar el carné, bajo el criterio de que es “personal e intransferible”, puede parecer una medida administrativa; en realidad, altera equilibrios históricos entre club, peñas y grupos organizados.

Desde la perspectiva de LaLiga, la presión es comprensible. La patronal lleva años endureciendo exigencias sobre control de accesos, trazabilidad de abonados y separación de perfiles de riesgo, en parte por una lógica preventiva y en parte por la necesidad de blindar el producto ante patrocinadores, televisiones y familias. El fútbol profesional ya no se mide solo por resultados o asistencia, sino por su capacidad para ofrecer entornos seguros y previsibles. En ese contexto, un club que no adopta medidas estrictas puede quedar expuesto a sanciones, restricciones de aforo o mayores controles en partidos de alto riesgo. La violencia en Génova refuerza el argumento de que la tolerancia administrativa se paga caro.

También hay un coste para la propia base social del Deportivo. Las peñas cumplen una función que va mucho más allá del aliento en la grada: articulan identidad, viajes, memoria y pertenencia. Cuando el club introduce controles de acceso más rígidos sin una interlocución eficaz, la reacción inmediata suele ser la desconfianza. La última reunión sin acuerdo no es solo un fracaso de negociación; es el síntoma de una pérdida de capital social. Y ese capital no se reconstruye con comunicados. Si una parte significativa de la afición percibe que las medidas se aplican sin matices, el efecto puede ser el contrario al buscado: más resentimiento, más polarización y más dificultad para aislar a los violentos del resto.

La comparación con otros clubes europeos ayuda a dimensionar el problema. En ligas con fuerte tradición ultra, como la italiana o la griega, la coexistencia entre animación organizada y grupos violentos ha terminado, demasiadas veces, en fórmulas de control tardías, improvisadas o meramente represivas. Allí donde no se distingue con precisión entre aficionado, grupo de apoyo y núcleo de riesgo, la seguridad se convierte en un juego de reacción. La escena de Génova sugiere precisamente eso: un entorno urbano donde la violencia se desplaza con facilidad, aprovecha el anonimato de la ciudad y se produce lejos del estadio, antes de que los protocolos estén plenamente activos. Ese desplazamiento al exterior complica la prevención y obliga a pensar la seguridad como un circuito completo, no como un perímetro del campo.

El primer gran hallazgo de este caso es que la violencia ultra ha dejado de depender del día del partido. Puede aparecer en viajes, plazas, aeropuertos o zonas de ocio, y eso obliga a los clubes a coordinarse con policías locales, federaciones y operadores de transporte con una lógica de anticipación. El segundo es que la seguridad ya no puede resolverse solo con más vigilantes o más cámaras. Sin una base de datos confiable, sin venta de entradas nominativa y sin sanciones coherentes para quienes incumplen, el sistema se vuelve poroso. El tercero, más incómodo, es que la parte civil del fútbol también paga la factura: el abonado común, el peñista moderado y el vecino que acude al estadio ven cómo aumentan los controles y disminuye la espontaneidad de la experiencia.

El riesgo para el Deportivo es doble. A corto plazo, puede verse sometido a una mayor vigilancia institucional justo cuando necesita concentrarse en su regreso a Primera. A medio plazo, si no encauza el conflicto con sus peñas, corre el peligro de abrir una fractura duradera en la grada de Marathon Inferior, una zona que debería funcionar como soporte emocional y no como frente de batalla. En clubes con fuerte arraigo popular, la fractura interna suele dejar cicatrices más largas que una sanción federativa. La pérdida de confianza no se resuelve solo con ganar partidos.

La evolución probable pasa por una mayor normalización de los controles de acceso y por un endurecimiento del discurso oficial contra cualquier manifestación violenta, tanto dentro como fuera del estadio. Pero la tendencia será incompleta si no se acompaña de una política fina de interlocución con las peñas, diferenciando apoyo organizado de comportamiento de riesgo. La alternativa es conocida y poco deseable: más medidas homogéneas, más resistencia social y, al final, menos capacidad real para aislar a quienes usan el fútbol como excusa para la confrontación. El episodio de Génova deja una advertencia clara: cuando la violencia se desplaza con tanta facilidad, el problema no es solo quién pelea, sino qué sistema permite que la pelea siga encontrando escenario.

Últimas noticias