El montañista Warner Rojas Chinchilla, primer costarricense en alcanzar la cima del Everest, encabezó el pasado sábado una caminata de 38 kilómetros que unió a 26 personas en una romería tradicional hacia la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles en Cartago. El grupo partió desde Escazú y atravesó senderos de Tarbaca, el Hotel AltaVista, Jericó, la cumbre del cerro El Tablazo, Copalchí y Quebradilla antes de llegar al destino final. Esta ruta anual, impulsada por Rojas y un círculo cercano de amigos, combina el agradecimiento religioso con la exigencia física de recorrer terrenos montañosos entre San José y Cartago.
La iniciativa surgió hace varios años como una costumbre personal del montañista y se ha consolidado como una forma de renovar peticiones y agradecimientos ante la imagen de la Virgen de los Ángeles, conocida popularmente como La Negrita. Rojas explicó que cada participante lleva sus propias motivaciones, aunque la travesía también sirve para mantener la condición física en un entorno natural exigente. Las condiciones meteorológicas al inicio del recorrido incluyeron frío intenso y neblina en las zonas altas, factores que pusieron a prueba la preparación del grupo.

La participación de Ana Lorena Velásquez
Entre los integrantes destacó la chef Ana Lorena Velásquez, reconocida por su vínculo con la naturaleza y las expediciones. Dos años atrás, Velásquez completó la travesía hasta el campamento base del Everest, experiencia que la dotó de resistencia adicional para enfrentar los desniveles de esta romería. Rojas la describió como una persona muy fuerte en el trekking y subrayó la presencia de otros miembros con trayectoria consolidada, como Óscar Rodríguez, de 74 años y exsuperintendente general de entidades financieras.
La combinación de edades y perfiles dentro del grupo refleja la accesibilidad relativa de la actividad para quienes poseen preparación previa. Aunque la distancia total de 38 kilómetros representa un reto considerable, la organización anual permite que participantes con experiencia compartida asuman roles de apoyo mutuo durante el trayecto.
Contexto de la tradición y sus implicaciones
La romería por la montaña se diferencia de las peregrinaciones masivas que se realizan por carretera, ya que prioriza el contacto directo con el entorno natural y evita las rutas asfaltadas. Esta variante exige mayor planificación logística, incluyendo el transporte de suministros y la coordinación de horarios para completar el recorrido en un solo día. Rojas señaló que el grupo se reúne cada año con el mismo propósito, lo que ha generado un sentido de continuidad y pertenencia entre sus miembros.
Desde el punto de vista deportivo, la ruta acumula un desnivel significativo que contribuye al desarrollo de resistencia cardiovascular y muscular. La presencia de personas con antecedentes en alpinismo de altura, como Rojas y Velásquez, añade un componente de seguridad y orientación técnica durante los tramos más técnicos del sendero.
Perspectivas sobre la experiencia compartida
El evento ilustra cómo ciertas prácticas religiosas en Costa Rica se adaptan a contextos geográficos específicos y permiten integrar dimensiones físicas y espirituales. La elección de caminos de montaña no solo representa un desafío personal, sino también una forma de valorar el paisaje intermedio entre las provincias de San José y Cartago. Participantes consultados coincidieron en que la fatiga acumulada durante la jornada refuerza el carácter simbólico de la llegada a la basílica.
El registro de la caminata, documentado por el propio Rojas en declaraciones a medios locales, destaca la importancia de mantener esta costumbre como espacio de reflexión anual. La inclusión de perfiles diversos, desde montañistas experimentados hasta adultos mayores con trayectoria profesional, muestra que la actividad puede adaptarse a distintos niveles de condición física siempre que exista preparación adecuada.
La romería de este año se suma a una serie de iniciativas impulsadas por Rojas para promover el contacto responsable con la naturaleza costarricense. Aunque el foco principal sigue siendo el agradecimiento religioso, el formato montañés añade un elemento de preservación del bienestar físico que trasciende el momento puntual de la peregrinación.
